La France del apátrida que ponía España en primer lugar

France Mazin, ante un autorretrato de Jesse con dos momias de Palermo. France Mazin, ante un autorretrato de Jesse con dos momias de Palermo.

France Mazin, ante un autorretrato de Jesse con dos momias de Palermo. / Josué Correa

"Si algún día dejas de ser apátrida y pasas por París, podrías llamarme", le dijo al despedirse France Mazin, entregándole su número de teléfono. Fue en Puerto Rico, donde Jesse A. Fernández vivió en el primer tercio de los años 70, y a donde Mazin llegó en busca de especialistas en fotografía subacuática, para captar la imagen de un tractor bajo el agua, encargo del banco en el que trabajaba para una nueva campaña publicitaria.

No fue él quien se sumergió para las fotografías que hicieron viajar a France a San Juan, pero allí se conocieron y allí él mismo se presentó como "apátrida", concepto ajeno hasta entonces para esta licenciada en Ciencias Políticas, de familia acomodada -"burguesa", reconoce ella sin ambages- y que un tiempo después, tras el paso del fotógrafo por Madrid, recibió su llamada diciéndole que estaba en París y que esa noche cenaba con Néstor Almendros y François Truffaut. Era una invitación para ella, claro. "¡Imagina! ¡Con Truffaut y con Néstor Almendros!", recuerda todavía casi con la misma fascinación que le produjo entonces. Se casaron en 1977.

France Mazin habla de su marido con admiración y añoranza. Se le nota feliz hacerlo ante las mismas obras que ella lucha por conservar y reivindicar, como uno de los más grandes del siglo XX.

"No sólo les hacía fotografías, era amigo de ellos", cuenta Mazin de sus ilustres retratados. Cualquier día podía comentarle con total naturalidad que iba a casa a comer Buñuel o cualquier otro intelectual que jamás hubiese pensado conocer. "Sólo detestaba la estupidez", asegura de un hombre tremendamente sencillo, que salió "de lo más bajo" y que trataba a todos por igual.

Y algo debía tener cuando nadie le ponía impedimentos a que le retratara. Si Francis Bacon hacía esperar tres meses a Cartier-Bresson para una sesión de fotos, a Jesse A. Fernández le abría las puertas de su estudio en el momento que quisiera para una tarea que apenas le llevaba unos minutos. Él era así, cuenta Mazin. Porque huía del artificio, de los pretendidos posados de algunos personajes y sólo captaba imágenes con luz natural, sin efectos ni juegos, tratando de reflejar la esencia en los primeros disparos. Tampoco necesitaba más. Pura realidad, que le gustaba a él.

France Mazin contó una anécdota durante la presentación de ayer que había rescatado unos minutos antes en un paseo entre los cuadros: Jacques Chancel, ilustre presentador del programa francés Radioscopie, le entrevistó poco antes de morir y le preguntó en qué país sentía más suyo. ¿Cuba? "No, España". ¿Francia quizá, su última morada? "Que no, España", insistía. Lo había dicho antes su amigo Cabrera Infante, "la France de Jesse es Mazin, su mujer". Y Jesse sigue siendo la vida de France.

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