¿Filosofía dramático-musical?

Els Joglars cumple medio siglo y pone en escena la segunda versión de El nacional, una reflexión en torno a los despilfarros operísticos usando como temática al bufón más universal de la Historia de la ópera. Los excesos cometidos en el mundo del arte y la sobrevaloración hecha de grandes figuras construyen una obra cuyo protagonista, don José, agrupa a unos mendigos que se ilusionan por saborear las mieles del éxito. Presente y pasado giran voluptuosamente en reflejo de un mundo cínico que se autodestruye al confundir el desequilibrio con la sensatez. Don José se esfuerza en hacerse oír y justifica el calibre metafísico que vienen a tener las cosas cuando las razonamos sin prejuicios; tanto es así que las jerarquías acaban disolviéndose. Precisamente, en la frase: "La vida y el teatro son mentiras diferentes" se coronó una búsqueda incesante de lo auténtico; esto es: la esencia, que pone conclusión a esta frenética alternancia de apariencias y, así, el hombre conquista inequívocamente su amada libertad.

El Nacional de 2011 nos convence de que la realidad habita siempre en un rincón inhóspito que la mayoría evita por miedo. Los estereotipos nublan la inteligencia y determinan el movimiento de una sociedad que rara vez piensa en lo que hace; su concepto de la belleza es una cursilería y un esnobismo que no trascienden el plano de la superficialidad. Albert Boadella, en medio de las circunstancias más calamitosas, pone ante nuestros ojos una integridad y un talento no reconocidos por las supuestas autoridades mientras que el triunfo y los aplausos se los llevan los mediocres. A lo largo de la representación, los personajes nos enseñaron a ver que en una ciénaga siempre hay una perla.

Dominio teatral en las últimas escenas, donde el cuerpo de actores va saliendo al escenario y crea una espiral de temas musicales (incluido el célebre Menú de Arregui) que van enroscándose a la perorata de don José. Aquí se creó uno de los momentos más apasionantes de la obra, en una imbricación que no dejaba impasible al espectador. Ocurrente el uso de un radiocassette, que emitía aplausos de un teatro en respuesta a los gorgoritos y finales que ensayaban los cantantes. Fue una genialidad visual lo conseguido con unas telas rojas en simulacro de la sangre, que parecía estar vertiéndose en y desparramándose por el escenario. Los desfiles que el cuerpo de actores hizo al compás de la música también contaron con unas buenas prestaciones, sobre todo en la habilidad de concertar la melodía con el diálogo.

Recurso muy inteligente fue contrastar tímbricamente la voz parlante de la cantante. El auditorio no se esperaba que de una aspérrima voz de alcohólico terminara surgiendo ese timbre angelical que hace elevarnos de nuestras ruindades y preocupaciones. En este sentido, Begoña Alberdi, en su caracterización de Manuela Castadiva, tuvo una intervención formidable en su versatilidad de estilos vocales, transformados como de la noche al día. Enrique Sánchez-Ramos, encarnando a Peñón, iría dejando al descubierto el portento de sus cualidades baritonales. Ambos artistas compaginaron el teatro y la música, fundiendo lo trágico con lo cómico sin perder de vista lo trascendental. Muchos puristas se rasgarían las vestiduras cuando, nada más iniciarse un aria de ópera, ésta es interrumpida por un personaje que parlotea como un grifo abierto; pero la intención no es desvirtuar a los clásicos pues nos situamos en un contexto donde las producciones operísticas han caído en despliegues fastuosos que nada tienen que ver con el argumento mismo. Resultó chocante una música enlatada donde, en ocasiones, un sintetizador suplió a la orquesta.

En conclusión: una obra que, recalando en las dotes insondadas de tantos seres apartados por la sinrazón, juega con la lógica y el absurdo de la vida misma; sus escenas últimas se hacen un tanto densas debido a la cantidad de ideas concluyentes que hacen sospechar la inminencia del desenlace. En general, los actores habrían necesitado un grado mayor de fluidez y espontaneidad.

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