Crítica de Cine

Fiesta de pijama galáctica para 'fans'

Daisy Ridley, en una escena de la nueva entrega de la saga 'Star Wars'. Daisy Ridley, en una escena de la nueva entrega de la saga 'Star Wars'.

Daisy Ridley, en una escena de la nueva entrega de la saga 'Star Wars'.

Esto no es una crítica de cine porque esto no es una película, sino una parte de un fenómeno sociológico, mediático y sentimental convertido en un fabuloso negocio. Pocas veces en la historia del cine unas películas tan débiles (haciendo excepción de la trilogía fundadora estrenada entre 1977 y 1983) se han convertido en un tan perdurable negocio y, sobre todo, en un mito que ha creado fans a lo largo de dos o casi ya tres generaciones. La trilogía ideada por Lucas, escrita por él y Lawrence Kasdan, y dirigida por Lucas (La guerra de las galaxias), Kershner (El imperio contraataca) y Marquand (El retorno del Jedi) tenía suficientes elementos cinematográficos y míticos para justificar su éxito y sus seguidores; a la vez que se inscribía en una histórica recuperación del cine lúdico y de la aventura -entre 1977 y 1983, a la par de que trilogía, se estrenaron Encuentros en la tercera fase, Pirañas, En busca del Arca perdida, ET, Rescate en Nueva York o Superman- que rescataron y actualizaron los géneros clásicos y la serie B para un público ya mayoritariamente adolescente o muy joven.

Pero lo que vino a partir de la serie de precuelas, secuelas, spin-offs y otras mercaderías a partir de 1999 carece por completo de interés desde un punto de vista cinematográfico, por muy relajado, tolerante, integrador o posmoderno que sea, y sólo lo tiene sociológico a causa de su éxito y de la inquietante pregunta sobre sus causas. Esta nueva entrega está escrita y dirigida por el prometedor Rian Johnson (Looper), que ha sido devorado por el gigantismo de la saga, monstruo que se alimenta de ella misma. Esto, más que una película, es el escaparate de un juguetería y de una tienda de videojuegos (desde la trilogía fundadora, la pasta está en la explotación posterior de muñecos y juegos) y una fiesta de pijama galáctica para sus fans.

Confusa para los no especialistas (el guión es un disparate casi indescifrable) y aburrida para los no adictos, esta larguísima película que en realidad no es tal, sino un eslabón más en una cadena de producción de merchandising y de sueños (e incluso ideales) para una generación que ya no sabe, no quiere o no puede soñar sin ruidosos estímulos digitales, está por encima o por debajo de las críticas y los comentarios. Al igual que se alimenta de ella misma, se justifica a sí misma. Es lo que es. Es lo que los fieles de su congregación quieren que sea. Tendrá el éxito mundial para el que ha sido planificada. Venderá, a la vez que las entradas y las palomitas, millones de cositas. Reforzará la hermandad de la masonería galáctica. Que la disfruten los suyos. No es cosa de convertirse en el Scrooge de estas alegrías galáctico-navideñas. Y además no sirve de nada.

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