Crítica música

Estrellas sin firmamento

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Una de las tentaciones habituales del arte desarrollado en vivo y en directo es olvidarse del mismo arte. Cuando el público empieza a familiarizarse con expresiones que le resultan muy emotivas, el éxito del artista cobra más importancia que el arte desempeñado por aquél. La ópera y la zarzuela son víctimas hoy de un sensacionalismo que han fomentado los medios de comunicación. Éstos han catapultado a cantantes, quienes, teniendo ya reputación en el género culto, han querido engordar su fama adentrándose en lo atlético e incluso lo circense.

En España hace falta un sector melómano con juicio crítico frente a un panorama que está llevando a la gran música por otros derroteros. Las celebraciones transcurridas en teatros españoles antiguos desde hace quince años rayan en unos límites erróneamente llamados "musicales": intervenciones breves de muchos cantantes sólo deseosos de rebasar al compañero con notas y florituras al estilo "¡y ahora más difícil todavía!". Conciertos semejantes no propician la esencia y continuidad musicales; el enriquecimiento humano por medio de uno de los lenguajes más profundos que haya forjado el ingenio. Todo acaba en un consumismo voraz de obstáculos, también agregados, que dejan en sombras el talento de un compositor. Basta echar un vistazo a la predisposición general ante voces internacionales como la de la mezzosoprano Cecilia Bartoli, el tenor Juan Diego Flórez y el contratenor Philippe Jaurowsky, quienes dan respuesta al producto de una moda exhibicionista que obliga a renunciar a sutilezas psicológicas no asequibles para una mayoría; tanto es así que el preciosismo y la sofisticación técnicos de esas figuras convierten en insípidas muchas de sus interpretaciones.

Y optaba Huelva en su concierto lírico de la Fundación Caja Rural del Sur correspondiente a febrero por un tándem que prefirió poner la música al servicio del espectáculo descontextualizando fragmentos pertenecientes a un repertorio dignísimo, toda una institución: la ópera de Verdi y Puccini así como la zarzuela de Serrano y Moreno Torroba exigen un dramatismo (no olvidemos la etimología del vocablo griego drama) austero, aunque haya pasajes controvertidos que requieran cierta distensión. Eva del Moral y Ricardo Bernal son cantantes cuyas óptimas facultades les avalan frente a papeles de envergadura; fue suficiente escucharles en sus actuaciones alternadas durante la primera parte: ella es una soprano con timbre dulce y cálido que perfila medios y agudos en estado de gracia; él despliega un color de tenor dramático cuyo peculiar matiz le imprime señorío. Caro Nome y La donna è mobile fueron sendos hitos a modo de autorretrato que enfervorizaron al auditorio. Sin embargo, sus acometidas conjuntas ponían de manifiesto un desajuste, pues ambas tesituras no terminaron de imbricarse y la intensidad de Ricardo eclipsaba a Eva.

La segunda parte del concierto alcanzaría cotas de una perfección encomiable: las voces y el piano desplegaban la música con sonoridades flamantes orientadas por norma a un apogeo innecesariamente triunfalista. ¿Por qué cargar las tintas en todas las arias y romanzas del programa? Ello trajo consigo una ansiedad hecha patente en un tempo invariable, donde el pianista Ángel Andrés Muñoz hizo del instrumento una máquina emisora de notas. Memento, de Ortega sobre poesía de Lorca, es una composición intimista, preciosa, que fue trastocada por un vacuo divismo. Con Torero quiero ser flotaba ese sinsabor inherente a toda actividad competitiva, donde uno siempre está obligado a sobrepasar fronteras físicas y materiales.

La sustitución del bolero Júrame de Grever por una canción muy popularizada fue el anticipo de la propina, muestra de música ligera que no tenía que ver con el repertorio ofrecido en el programa. ¡He ahí un ejemplo de cómo se relativiza un género serio! Tengamos presente que la música, como arte que es, se alimenta de hechos espirituales ajenos a cualquier rivalidad, ambición u oportunismo.

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