"Ensayar, como hacía Montaigne, es la mayor diversión intelectual"

  • Edwards regresa a la novela con un festivo relato de los últimos días del autor francés

"El señor tomaba partido, pero no pensaba como hombre de partido. Juzgaba las cosas por sus méritos propios, sin el menor ánimo de favorecer a uno u otro bando". Así comienza una de las obras más originales y adictivas del chileno Jorge Edwards, quien más de cuatro siglos después de la publicación de los Ensayos de Michel de Montaigne se sirve del legado del autor francés para indagar en los enigmas del arte y la condición humana. Su novela La muerte de Montaigne (Tusquets) aborda la figura de un librepensador que no se plegó nunca a las consignas ideológicas. Una actitud que Edwards asegura haber aprendido leyendo a los escritores más olvidados de la generación del 98. "Hay un capítulo de este libro en el que el personaje principal no es Montaigne sino Azorín, al que antiguamente no se podía elogiar en España, pues se le consideraba anticuado y rancio. A mí me atraían los dos extremos de la generación del 98. Me gustaba Azorín, cuyos textos breves citaban de cuando en cuando a Montaigne, y también Unamuno, que me enseñó a pensar de forma independiente y fuera de los partidos. Eso es bastante difícil en todo el mundo, no sólo en España".

Edwards ha leído durante años todo lo que ha podido de y sobre el autor francés para defender que "no todo Montaigne está en los Ensayos. Hay que leer también su correspondencia, una especie de dietario que tenía, así como la narración de su estancia en Roma", dice refiriéndose al Diario de viaje a Italia que acaba de editar Cátedra.

En todo ese acervo encontró el material para uno de los temas de su libro: los misterios eróticos del Señor de la Montaña (Monsieur de Montaigne) y el amor estimulante que siente en sus últimos años por la joven Marie de Gournay, a la que leía historias de Plutarco. "En una de sus cartas dice que la ama de una manera muy especial. Nunca afirma que sea una relación física pero sí que es excepcional", se sonríe el novelista, que homenajea al que considera su maestro en la última etapa de su vida, del mismo modo que Carver glosó el final de su admirado Chejov en el cuento Tres rosas amarillas: "Pensar en la vida es pensar en la muerte porque es parte de la vida y cuando uno quiere a una persona de algún modo piensa cuánto irá a durar y cómo irá a morir", reflexiona.

Montaigne, nos cuenta, fue un maravilloso lector que devoraba a los clásicos -con preferencia por los latinos respecto a los griegos- y escribía en las vigas de su estudio las frases de la antigüedad que más le gustaban. "Es importante que haya placer en la literatura, tanto en la lectura como la escritura, y eso tiende a desaparecer en una sociedad que valoriza mucho el resultado. Cuántos libros vendió, qué premio sacó... Montaigne insiste en que escribe ensayos, no escribe resultados. Ensayar es ir por aquí y por allá, experimentar; supone lo contrario de conseguir objetivos. Ensayar es la mayor diversión intelectual".

En una de las incisivas páginas de su nuevo libro, Edwards recuerda que el padre de Montaigne -"que no tenía mucha cultura pero tenía la superstición de la cultura"- contrató a un profesor para que sólo le hablara en latín al chico. "Era un exagerado pero su actitud me parece mejor que la actual, donde hay que disimular la cultura para que a uno lo toleren", propugna.

Aunque al también autor de El anfitrión y El sueño de la Historia no le ha ido nada mal en su trayectoria literaria -ganó el Premio Cervantes en 1999-, a sus 80 años aún se pregunta "si fue sensato dedicar la vida a esto en vez de producir objetos o escritos serios". Pero encuentra que fue el placer lector el que terminó orientando su vocación. "Soy una persona que pasó, como Montaigne, de leer a escribir. Me gusta mucho la broma en la escritura. Siempre me atrajo la sorpresa, el cambio del punto de vista, el juego que consiste en usarse a uno mismo como tema". Así, en La muerte de Montaigne las anécdotas de su vida como diplomático, su infancia en Chile, su culto a Cervantes y su formación literaria se infiltran en la trama; son digresiones similares a las que introduce el crítico musical Norman Lebrecht en su nuevo ensayo biográfico ¿Por qué Mahler? sobre el más admirado de sus compositores.

Leer a Montaigne nos enseña también, continúa Edwards, a gozar del presente y sacarle partido. "Es lo más opuesto a la superstición del futuro, que marca toda una época de pensamiento político. No sólo me refiero a Cuba -tema de su polémico libro de 1973 Persona non grata- sino también a otros lugares, como Checoslovaquia. Allí el presente era infernal, conseguir un peine o un jabón era un suplicio, pero todos pensaban que el futuro sería maravilloso porque se alcanzaría el paraíso social. Y eso es justamente lo contrario de la visión política de Montaigne, que no confía demasiado en el futuro y prefiere no pensar demasiado en él". Una razón que explica también su vigencia estética: "Montaigne no se deja dominar por la superstición de la forma, se escapa a veces del tema y no vuelve a él, se le olvida. Cierra la escritura cuando le da la gana y no espera construir una estructura literaria perfecta".

Y ese modelo estilístico constituye el cedazo que aplicará Edwards en estas páginas a sus otros tres prosistas favoritos: Borges, Machado de Assis y Alfonso Reyes. "A Reyes no se le lee mucho en España pero a mí me gusta su prosa, sabrosa, muy divertida, impecable. Borges es muy buen prosista pero a veces es un poco coqueto en ciertos adjetivos y modismos. En cambio Reyes me parece el más sólido de los tres, aunque esto sea un abuso por mi parte", bromea de nuevo.

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