Elogio de la cordura

  • Manuel Lozano Leyva se pregunta con inteligencia en su nuevo libro, publicado por Debate, por los objetivos de la ciencia

En la década de los 20, aún recientes los hallazgos de la relatividad y la física cuántica, Ortega sostenía que los científicos eminentes sobre los que gravitaba el siglo cabían en un avión de pasajeros; y que si ese avión se precipitaba al vacío, con su preciada carga a bordo, la ciencia moderna, el mundo actual, se precipitaría con ellos. Hoy no parece que esto sea así (quizá tampoco entonces, cuando el mundo de las subpartículas y la energía nuclear se hallaba en un estado embrionario); pero sí pone en evidencia una cuestión que también se aborda en estas páginas. Me refiero a la extraordinaria complejidad de las ciencias, acompañada, sin embargo, por una cierta inapetencia científica de las nuevas generaciones de estudiantes. Robin Dunbar, en 1995, ya señaló esta paradoja, circunscrita al ámbito británico (véase El miedo a la ciencia), sugiriendo que las bajas notas de ingreso a la Universidad para las carreras científicas propiciarían, a la larga, unos investigadores mediocres, cuando no marginales o inoperantes. Esto mismo es lo que se sostiene en El fin de la ciencia de Manuel Lozano Leyva, junto con otros asuntos de indudable actualidad y naturaleza polémica, tales como el calentamiento global, los alimentos transgénicos o la oportunidad de la energía nuclear frente a las energías renovables.

Quizá el mayor acierto de Lozano Leyva sea este afán de polemizar que dirige sus páginas. Así, tras una sumaria introducción a la Historia de las ciencias, y unas páginas dedicadas al proceso de validación científica, El fin de la ciencia se ocupa, principalmente, de revelar errores de juicio, supercherías notorias y campos donde la ciencia será decisiva en un futuro inmediato: la pesca, la alimentación, el suministro de agua, la prevención y el combate de enfermedades endémicas, etcétera. Antes, Lozano Leyva ha señalado a la religión como enemiga tradicional del científico, recordando los casos de Galileo, Servet o Giordano Bruno. No obstante, parece claro que desde De los delitos y las penas de Cesare Beccaria, obra caudal del derecho ilustrado, los terrenos de la fe y de la ciencia, al menos en esta parte del mundo, han reducido mucho sus fricciones. Y es quizá esta abrumadora omnipresencia de lo científico, herencia de les Lumières dieciochescas y el XIX industrial: móviles, ordenadores, satélites, micro-ondas, GPS..., la que ha originado tanto un rebrote del radicalismo religioso (por ejemplo, el Creacionismo en los EEUU), como una sobreabundancia de pseudo-ciencias, que Lozano Leyva desautoriza con rigor y una notable dosis de sarcasmo.

Con todo, y siendo las paraciencias (la astrología, la quiromancia, la homeopatía, la parapsicología, las pulseras magnéticas y otros lenitivos de dudosa eficacia), siendo, digo, una imagen deformada y ridícula del saber científico, es la inexactitud de la información, o los condicionantes sociales y políticos, los que parecen distorsionar en mayor grado la tarea y el alcance de las ciencias. En el caso de las centrales nucleares, las incesantes alertas sobre el peligro atómico no cuadran en absoluto con los datos aportados en este libro, y que señalan dicha energía como una de las más seguras y eficaces de cuantas conocemos, permitiéndonos, además, una duradera independencia de los combustibles fósiles (el accidente de la central de Fukushima, tras ser azotada por un terremoto y un tsunami, no produjo una sola víctima). De igual modo, Lozano Leyva subraya, acerca del calentamiento global, que la complejidad del problema se ha visto desvirtuada por el dramatismo y la superficialidad de Al Gore, cuyo reportaje está plagado de imprecisiones, usados en abundancia por los detractores del cambio climático. También en cuanto a los alimentos transgénicos y el uso de pesticidas y cultivos mejorados en la segunda mitad del XX, los ecologistas han sido incapaces de comprender la revolución alimenticia que dichos avances han supuesto. Y ello sabiendo que el aumento de la población mundial es, como pronosticaba Hobsbawn, uno de los mayores problemas a los que se enfrenta el planeta. No en vano, Lozano Leyva hace una distinción categórica entre la Ecología y el ecologismo; entre una ciencia rigurosa y compleja y cierto milenarismo adánico, hoy a la moda.

En cualquier caso, es la utilidad de las ciencias, la extraordinaria evolución del hombre gracias a su pericia científica, lo que aquí se defiende con inteligencia y humor, apoyado una argumentación tan clara como sólida. Se trata, en fin, de la vieja exigencia de monsieur Descartes: el triunfo de lo claro y lo distinto.

Manuel Lozano Leyva. Debate, Barcelona, 2012. 410 páginas. 19,90 euros.

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