Ejemplo de Antonio Machado

  • A los poetas hay que recordarlos por sus versos, pero la vida del sevillano tiene una significación especial que va más allá de la contribución literaria y se erige en referente obligado para las generaciones

A los poetas hay que recordarlos por sus versos, por el mundo fuera del mundo que fueron capaces de construir, una realidad aparte en la que no tienen cabida la muerte ni los aniversarios. Pero hay ocasiones en las que la vida de los escritores adquiere una significación especial que va más allá de la contribución literaria y se erige en referente obligado para las generaciones. En el caso de Antonio Machado, el paso del tiempo no ha hecho más que confirmar esta condición excepcional que se sobrepone a la obra hasta formar un todo con ella, impregnándola de forma retrospectiva.

Se cumplen ahora los 70 años de la muerte de Machado en una habitación del hotel Bougnol-Quintana de Collioure. Esa muerte ha sido muchas veces conmemorada, por ejemplo con ocasión del XX Aniversario que reunió, en pleno franquismo, a buena parte de los poetas del medio siglo, Carlos Barral, José Ángel Valente, José Agustín Goytisolo, Ángel González o Jaime Gil de Biedma, convocados en la pequeña localidad francesa para rendir homenaje a la memoria del maestro. Junto con la de Lorca, otra de las víctimas de la gran tragedia que marcó la historia contemporánea de España y sigue condicionando su presente, la figura de Machado se convirtió en uno de los iconos de la resistencia a la dictadura, sus poemas fueron musicados y cantados en conciertos multitudinarios, muchos jóvenes que no habían tenido mayor contacto con la poesía los aprendieron de memoria.

Paradójicamente, esta conversión del poeta en estampa beatífica acabó por elevar a Machado a una suerte de altar laico que ha hecho de su reivindicación algo demasiado sabido. El mismo concepto de compromiso, rodeado en las décadas de posguerra de una aureola de prestigio, hace tiempo que cayó en desuso, en gran medida por causa del abuso de cierta clase de intelectuales biempensantes que sermoneaban a su antojo al tiempo que prodigaban -alguno queda, entre los supervivientes del naufragio- los gestos de cara a la galería. No fue, desde luego, el caso de don Antonio, ni de otros como él que rehuyeron lo que ahora llamamos el protagonismo mediático pero acabaron pagando muy caras su solidaridad y su coherencia. Por lo demás, el ascendiente del poeta sevillano, máximo ejemplo de la lealtad republicana, no se limitó a las izquierdas. De Dionisio Ridruejo para abajo, los mejores hombres del régimen -y por supuesto los poetas de todo signo- siempre reconocieron en Machado a un hombre honesto que brilló a la altura de los grandes.

Con Juan Ramón Jiménez, Machado es el gran poeta español del siglo XX, pero incluso si no hubiera escrito un solo verso, su figura sería recordada como la de uno de los prosistas mayores de la lengua castellana. La mirada clara de Juan de Mairena, su lección de profundidad y transparencia, señala una cumbre y un modelo perdurable. Las páginas todas de Machado, que alguna vez fueron malvistas como fruto de una sensibilidad decimonónica o anticuada, se leen hoy como recién escritas, y han resistido el paso de los años incomparablemente más frescas que la mayoría de los experimentos de vanguardia que pretendían recoger el espíritu de los nuevos tiempos y han quedado arrumbados en el desván donde se amontonan los trajes de época.

Pero el ejemplo de Machado, como se ha dicho, trasciende su legado literario. Ahora que algunos se empeñan en reeditar las viejas batallas, conviene volver la vista a aquéllos que, como haría más tarde el citado Ridruejo, encarnaron una promesa de esperanza en los momentos difíciles. Gentes como Machado, incontaminados del pesimismo histórico que se atribuye a los autores del 98, creyentes sinceros en la necesidad del regeneracionismo, herederos del espíritu de la Institución Libre de Enseñanza, defensores de la alta cultura y de la sabiduría espontánea de las clases populares, enemigos del fanatismo y la ignorancia, representaban lo mejor de la España que pudo ser. Tomaron partido, pero sin mancharse. Por eso la muerte del poeta no fue una muerte cualquiera. La historia es conocida, pero no puede no ser recordada.

Aconsejado por León Felipe y Rafael Alberti, Machado había decidido, luego de largas vacilaciones, abandonar la capital asediada camino de Valencia. Comenzaba de este modo, siempre en la compañía de su madre y de dos de sus hermanos, un penoso peregrinar por tierras de Levante hasta su destino final en la Cataluña francesa. Valencia, Rocafort, Barcelona, Gerona, Port Bou, Cerbère... y Collioure. Castigado por los achaques, trataba de ocultar en las colaboraciones que enviaba a la prensa el sentimiento de amargura que embargaba su ánimo, sin cejar en su compromiso -desengañado pero indesmayable- con la causa republicana que había defendido desde siempre, ejemplo de fidelidad tanto más conmovedor cuanto que Machado era ya un anciano prematuramente envejecido, perteneciente a una generación para la que la guerra no podía significar el principio de nada.

Los días azules, el sol de la infancia, la pregunta en el aire de la madre moribunda. Las circunstancias no pudieron ser más patéticas y, sin embargo, una luz clarísima ilumina las postrimerías del poeta. La última foto de Machado, imagen misma de la derrota, lo muestra, ya sin vida, tendido en la cama del hotel que acogió sus últimos días, un cadáver amortajado con la bandera de la República. Era el 22 de febrero de 1939, Miércoles de Ceniza. Nunca una imagen simbolizó mejor el destino de un sueño malogrado. Nunca la tricolor fue tan española.

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