Crítica de Teatro

Dudas y otras complejidades

'Hamlet'

En versión de Alfonso Zurro sobre la traducción que hiciera el ilustrado Moratín de la tragedia de Shakespeare. Dirección y dramaturgia: Alfonso Zurro. Iluminación: Florencio Ortiz. Escenografía y vestuario: Curt Allen Wilmer. Espacio sonoro: Jasio Velasco. Reparto: Pablo Gómez-Pando, Juan Motilla, Amparo Marín, Rebeca Torres, Antonio Campos, Manuel Monteagudo, Manuel Rodríguez, José Luis Verguizas y José Luis Bustillo. Patio de armas del castillo de los Guzmán. Niebla. Aforo: 980 localidades (Prácticamente lleno, algunos que llegaron tarde, ya no pudieron entrar según la estricta pero necesaria reglamentación del Festival de Niebla); 25 de julio, 2015. Ha llegado en el ecuador de la muestra iliplense un montaje de altura, justamente lo que se espera de este festival demediado, no tanto en cuanto a oferta de espectáculos como a propuestas escénicas. Menos monólogos y más montajes como este del Teatro Clásico de Sevilla, si no, el festival en sí no tendría sentido.

Ocurre con la tragedia del príncipe de Dinamarca que igual te atrapa que te aburre. Es quizás lo repetido de este trasunto, la familiaridad con que la vemos, lo que nos lleva a verla desde los extremos, evitando precisamente la complejidad que Alfonso Zurro ha logrado dar a su lograda versión, ofreciendo al espectador un auténtico espectáculo, y para todos los sentidos además.

Excelente la versión de Zurro, que ayuda a que este Hamlet sea algo distinto, algo nuevo en sus planteamientos, destacando por encima de todo el culto a la duda que ha colocado Zurro en un primerísimo plano, hasta el punto de que en ocasiones el espectador pueda estar tentado de creer que el príncipe no anda muy bien de la cabeza y que toda esa tragedia la produce más su locura que la ambición de su tío, del implacable asesino Claudio. Mas una vez que la duda está planteada, reflejada en una magnífica escenografía de espejos -a los que habremos de volver-, la palabra de Shakespeare se impone y la cordura vuelve al espectador. Fue la mano asesina de Claudio la que vertió la ponzoña en el oído de su propio hermano. Historia trágica ésta. Guillermo el grande en estado puro.

Gracias al modo en que Zurro ha planteado la obra, hemos podido disfrutar del clásico en toda su complejidad y, por lo tanto, admirarlo en toda su riqueza. Ayudan y de qué manera los actores, todos, aunque me van a permitir que ponga el acento en el príncipe Pablo Gómez-Pando, que no entendemos la razón por la que no anda protagonizando películas y series de televisión a porrillo -como el resto de sus compañeros, cierto-, aunque la razón puede que haya que buscarla en que las series al uso hoy en día son demasiado tontas y el cine español no anda atravesando sus mejores tiempos. En este Hamlet, desde luego, los actores están soberbios, muy metidos en la obra en todo momento, actuando con intensidad, seguridad y firmeza en todos y cada uno de los ciento veintitantos minutos que dura la representación.

Ayudan los actores pues, pero también la genial, sencilla en apariencia pero como la obra muy compleja, escenografía. El partido que le sacan, el inaudito rendimiento de los ocho espejos y de una suerte de capas que envuelven un suelo de tierra que igual recibe el cuerpo de la desdichada Ofelia como tanta sangre vertida por la pluma del genial inglés. Este espacio escénico tan certero es algo que habría que tener en cuenta a la hora de estudiar la moderna y minimalista escenografía española actual. Desde luego esta que nos ocupa no podría ser más afortunada y más a propósito para una lección de la disciplina. Espejos que reflejan el alma pero también las dudas de los personajes, espejos en los que el espectador ve como se multiplican los puntos de vista, esos diversos ángulos tan necesarios para admirar y entender el planteamiento excepcional que de la obra de Shakespeare, de la versión de Zurro, el Teatro Clásico de Sevilla ha traído a Niebla.

De la escenografía nos quedamos con todo. Con los espejos, con el suelo mil veces cubierto y descubierto, con la multiplicidad del color y de los movimientos, también con la oportunidad de facilitar tanta bambalina abierta en derredor. Magnífica. Dignos de mención también el vestuario, los cambios de tiempos que reflejan lo universal de la tragedia del príncipe de Dinamarca, la atemporalidad, de la mano de los muy cuidados indumentos. Y la luz, soberbia sobre los actores, pero también efectiva y hermosa cuando juega en los espejos y también sobre un piso cubierto en cada momento del frío, de la sangre o de la tierra que al fin y al cabo ha de recogernos a todos.

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