Don de la extrañeza

Si bien es cierto que Manganelli, por esta singularidad del mundo que retrata, se acerca al imaginario de Beckett, la inusual precisión de su escritura señalan ya a la obra, a un tiempo insondable y meridiana, de Frank Kafka. En Manganelli, sobre la realidad protuberante y opresiva, de rara verosimilitud, predomina la aparente racionalidad de su discurso. Ocurre así que los mecanismos del idioma, usados con normalidad, se deslizan desde una lógica superficial a la profundidad anomalía desplegada en estos cuentos. No otro es el hallazgo de Kafka cuando, ayudándose de la prosa administrativa, de la prosodia legal, abisma al lector en un ámbito alucinatorio cuyo origen es, en principio, inaprehensible. Si la eficacia de Borges radica en todo aquello que gravita, sin ser dicho, en su obra, la angustiada perfección de las novelas-río de Manganelli (una perfección repetitiva, como la variación musical de un mismo tema), reside en esa estricta lógica formal, desmentida por la irrealidad, el delirio y la extrañeza. De este modo, confluyen naturalmente dos magnitudes que el XIX de Poe pensó antagónicas: la razón y el equívoco, el orden y la amargura.

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