Diosas de la gran pantalla (II)

Desde los inicios del cine, más que centenarios, la figura de la mujer ha sido una rutilante muestra de sus grandes fascinaciones. No en vano el amor y las estrellas, naturalmente las cinematográficas, han estado íntimamente relacionados. En la mayoría de los géneros, tanto en lo histórico, como en lo dramático, en la comedia o en el espectáculo, las damas del Séptimo Arte han manifestado el esplendor de sus singulares atractivos. El escritor ruso Ilya Eremburg lo ponía de manifiesto en su libro Fábrica de sueños (1932), lo que realmente es el cine, otra forma de ver la realidad. El texto, claramente corrosivo en ocasiones, exaltaba esa visión de amor que plantean en su mayoría las películas, en cuyos títulos la palabra amor aparece de una manera asombrosa.

Y en ese sentimiento dominante la mujer ocupa lugar primordial. Así desde sus primeros pasos la mujer empezó a erigirse como prima donna de infinidad de títulos. Nombres como los de Mary Pickford, la llamada novia de América, tal era su predicamento entre los espectadores, Margarita Clark, Lillian Gish, Francesca Bertini, Greta Garbo, la divina, a la que ya nos referíamos en capítulo anterior, Alia Nazimova, Diana Durbin, Gina Lollobrigida, Sophia Loren, Brigitte Bardot, Claudia Cardinale y tantas otras hasta las fulgurantes estrellas de nuestro tiempo, a las que podríamos asignar como herederas: Angelina Jolie, Jennifer López, Winona Ryder, Natalie Portman, Charlize Theron y Kristen Stewart, estas dos últimas presentes en una película que triunfa estos días en nuestras carteleras Blancanieves y la Leyenda del cazador (2012).

Unas y otras, protagonistas o no de dramas lacrimógenos o comedias románticas, desconsoladas huerfanitas o sofisticadas niñas ricas, protagonistas de cándidos idilios o amantes cruelmente maltratadas, controvertidos personajes de la Historia o anónimas mujeres de cualquier evento social, adoptan diversas actitudes, lánguidas, sensuales, resolutivas, indecisas, amorosas, suaves, desdeñosas, reivindicativas o sumisas. Pero en esos comportamientos diferentes y distintivos de la mujer en el cine, como en la sociedad, de arraigado fundamento patriarcal, ella ha sido víctima muchas veces de una imperiosa misoginia que abunda, mal que nos pese, en infinidad de argumentos tanto de carácter clásico como contemporáneo.

En múltiples ocasiones la mujer en el cine es un imprescindible componente de la historia que se cuenta. No parece posible un relato sin la presencia de una dama que, en muchos casos, es la ansiada recompensa del héroe, como el premio apetecible de un aguerrido, seductor, aventurero, galante o privilegiado protagonista. Y en esos roles tan frecuentes la mujer puede ser el gran modelo puro y virginal o la femme fatale capaz de las más perversas infidelidades, intrigas y traiciones. Quizás esas actitudes innobles, frecuentemente presentadas de manera sesgada, hayan fomentado esas preponderancias patriarcales a lo largo de la vida cinematográfica.

En ese ámbito de la misoginia, a la que propenden muchos directores, ya citábamos a uno de los más notables, Luis Buñuel, con varios ejemplos que reseñábamos, incluiríamos Los olvidados (1950), donde la madre es capaz de yacer con el delincuente juvenil que traicionó a su hijo. Ella no lo sabe pero los espectadores sí. Y con Buñuel Alfred Hitchcock, citemos entre tantos Crimen perfecto (1954), Stanley Kubick, Woody Allen…

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