Destinos con y sin redención: Bianco vs. Udo

No es nada raro, como ocurre en El beso de la muerte, que una voz en off puntee el relato cuando de noir se trata. Que nos encontremos ante un filme basado en un caso real y que, junto al habitual drama de luces y sombras -aquí pocos grises-, se desee informar de los procesos (dudosos) que sigue la ley para proteger a la sociedad, hacen de la explícita enunciación un hecho esperable. Menos, desde luego, que se trate de una mujer -y uno quiere encontrar aquí, viendo más de lo que hay, algún vínculo con Chris Marker, gran rastreador del legado clásico, y sus trasuntos femeninos de no-ficción-, y que ésta se encargue, con excitada tristeza, de introducir el relato denunciando lo que le hicieron pasar a su amado Nick Bianco, un hombre manchado y condenado por el sistema. Ella es, además, una de las razones por las que Bianco (Mature brillando por primera vez; le sacaría de nuevo, ya al otro lado de la ley, muy buenos momentos a su abollada corpulencia en Cry of the city de Siodmak sólo un año después, en 1948) optó por la mejora, por la supervivencia, al convertirse en soplón. Ella es, ahora, su mujer; la anterior metió la cabeza en el horno, chamuscando también así la confianza de Bianco en la otra familia, la mafiosa, que debió haberla cuidado mientras el hombre cumplía condena en silencio. Delatar o morir, ésas son las opciones que Melville, futuro estilista del thriller de herencia negra (de este tipo de películas, que se atragantan), le dio a sus personajes. Mature cumple en El beso de la muerte las dos sendas existenciales: habla, condena a sus compañeros, y después, muere acribillado. Más tarde resucita, claro, gracias a la voz de la que hablamos, en un happyend forzado y de inefable pena que no hace olvidar la saña con la que Tommy Udo, mientras ríe de placer, lo ha tiroteado desde un coche.

Udo es la otra cara de la moneda, el hombre sin redención posible, el psicópata más allá de los pactos (con sus semejantes y, por supuesto, con la policía). De él dijo James Agee: "Sientes que el asesinato es lo más agradable que puede llevar a cabo". Tommy Udo no es sostenido por ninguna voz, nada sabemos de su pretérito, de lo que lo ha convertido en un maníaco ególatra de risa estridente. Sabemos, eso sí, que él nunca delataría a nadie. En un momento determinado, se le ordena que termine con un soplón. Éste ha huido, y su madre, inválida, ha reincidido en el error del hijo al intentar engañar al matón. Ella pagará por los dos, y el hijo no volverá a aparecer por ese Nueva York urbano que tan bien refleja el filme: sólo hay que tener la sangre fría y carecer de pasado y futuro.

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