"Deberíamos echar a patadas a los mercaderes de la literatura"

  • El autor reflexiona en 'La ciudad de las palabras' sobre la capacidad de las ficciones para ayudar al hombre a comprender mejor la realidad que le rodea

Cuenta Alberto Manguel (Buenos Aires, 1948) que en la Edad Media los poetas irlandeses protegían los campos "matando a golpe de rima a las ratas". La palabra no ha conseguido todavía un efecto tan certero, pero el autor de Una historia de la lectura sabe que las ficciones poseen, no obstante, una capacidad única para esclarecer zonas imprecisas de la existencia, para susurrar al hombre algunas intuiciones acerca de su identidad. Sobre la influencia que los relatos ejercen sobre el mundo trata La ciudad de las palabras. Mentiras políticas, verdades literarias (RBA), un libro en el que el escritor recoge cinco conferencias sobre la creación y la vida.

-Su libro es un homenaje al poder de la literatura para arrojar luz sobre las cosas.

-Sí, ésa sería una bonita definición. Siempre he creído en el poder de la literatura para enseñarnos a reflexionar. Hay un prejuicio que ve la literatura como un elemento de distracción, y la verdad es que te enfrenta a los problemas del mundo, a la realidad. Es algo que ocurre ya con los chicos, cuando les leemos cuentos de hadas. Saben que, por un lado, las hadas no existen, pero al mismo tiempo van entendiendo que hay un elemento mágico en el mundo, o que hay pruebas que hay que superar, una realidad que surge en esos primeros cuentos y que luego encontramos en ElQuijote o en Madame Bovary.

-Muchos autores sufren, según usted, la misma maldición que Casandra: sus lectores no están dispuestos a escucharlos.

-Ésa es nuestra desgracia. Al lector le lleva tiempo aprender a leer, adaptarse al vocabulario de un autor, sobre todo si es un mensaje fuerte, importante. Por eso se tardó en comprender que Moby Dick, de Melville, no era simplemente una novelita de aventuras, sino una gran meditación sobre el destino humano. O que las obras de Shakespeare no eran sólo juegos escénicos, sino profundas preguntas sobre quiénes somos.

-No contribuye a fomentar esos desafíos un mercado que ha habituado al lector a libros "cómodos".

-El problema en el mundo editorial hoy es que los comerciantes han descubierto que el libro se compraba y se vendía, y lo transformaron en un objeto de consumo como cualquier otro. Aquí también la literatura nos sirve: recordemos que una de las acciones más importantes de Jesucristo en la Biblia fue echar a los mercaderes del templo. Ésta es una tarea que deberíamos hacer hoy: echar a los mercaderes del área de la literatura y el arte. Echarlos a patadas, por supuesto, porque están destruyendo nuestra capacidad de imaginar y de pensar, y la de las generaciones futuras.

-Usted es crítico con ciertos autores muy celebrados que aceptan este nuevo paisaje. David Foster Wallace, por ejemplo.

-Foster Wallace proponía una mirada de esta situación que no fuese crítica. Sin exagerar, eso me recuerda la posición de los escritores reaccionarios de tiempos de Hitler, que decían que no había que criticar lo que estaba pasando, o de la época de Franco, conformistas que hablaban como si todo estuviese bien. Pero una mirada que apunte a las contradicciones de nuestro mundo es parte de la función de la literatura.

-Su libro también ahonda en la facultad de la ficción para fomentar el entendimiento. La Epopeya de Gilgamesh ya mostraba cómo un hombre necesita la presencia del otro para saber quién es.

-Esa obra ya hace la pregunta que nos estamos haciendo ahora: quiénes somos nosotros, en relación a nosotros mismos y en relación al otro. Cuando el pueblo pide a los dioses que se arregle el problema de un rey injusto, el remedio será que éste encuentre a Enkidu, ese otro rechazado, ese salvaje. El enemigo se convertirá en el más firme aliado, en el amante. El rey aprende lo que es ser justo a través de una especie de justicia natural, y Enkidu aprende lo que es la civilización, sus reglas. Y la sociedad se beneficiará de todo esto.

-Un mensaje de tolerancia que deberían aprender los políticos. Tanto Blair como Sarkozy buscan, como recoge su libro, una identidad nacional basada en la exclusión...

-Hoy que constantemente estamos inventándonos un otro que sea el enemigo, los gitanos en Francia o quien sea, tenemos que terminar entendiendo que nuestras sociedades, para vivir, necesitan la fluidez del intercambio, ese pensamiento nuevo que traen los otros y que proyecta una sociedad hacia el futuro.

-Frente a las falsedades políticas está "la verdad de la ficción", que usted señala en El Quijote.

-El Quijote se escribe en un momento en el que España trata de inventarse como un país puro, después de la expulsión de los judíos y árabes y antes de la expulsión de los moriscos y marranos [conversos que seguían practicando su religión en la clandestinidad]. ¿Qué hace Cervantes? Inventa un héroe para quien la acción justa es más importante que las consecuencias. Pero lo más sorprendente es que, en la ficción, se entrega la autoría de ese libro a una de las personas que se suponen que ya no existen en España, el morisco Cide Hamete Benengeli, un gesto de subversión extraordinario de Cervantes.

-En sus reflexiones sobre literatura, usted evita sentar cátedra. Se muestra como un erudito con la pasión de un aficionado...

-No sé si soy erudito. Si mi biblioteca es más grande poco importa, lo que importa es el uso que cada uno hace de esa acumulación de lecturas. Y la pasión viene, simplemente, del hecho de que me gusta lo que hago.

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