Cuarenta años de un mito

  • Francis Ford Coppola estrenó el 15 de marzo de 1972 'El Padrino', una de las películas más influyentes de la historia del cine · Convertida en una trilogía insuperable, sigue creciendo con el paso del tiempo

"Yo creo en América. América hizo mi fortuna. Le he dado a mi hija una educación americana: le di libertad pero también le enseñé a no deshonrar a la familia". Estas palabras de un pequeño hombre italiano, el funerario Bonasera, mientras la cámara se aleja de forma majestuosa, marcan el inicio de, quizá, la mayor epopeya de la historia del cine. En un despacho en penumbra, entre un grupo de hombres, mientras una boda se celebra con alegría en unos luminosos jardines. Todos quieren entrar en esa habitación, hablar con el hombre de mayor edad, presentarle sus respetos y pedirle algún favor especial. Como Bonasera. Todos lo respetan. Él es el gran patriarca, el que vela por el bienestar de sus fieles amigos. Es el padrino.

Familia, sociedad americana, capitalismo, crimen organizado, honor, violencia. La historia de Mario Puzo recreada por Francis Ford Coppola tiene un poco de todo eso. Pero es más que eso. Es todo un muestrario de sentimientos primarios, revestido de tragedia clásica propia de Shakespeare. Hay complejidad en un entorno de apariencia sencilla. Como ese contraste de penumbra y luminosidad que se prolonga a lo largo de la historia. Porque hay remordimiento más allá de la violencia. Y deseos de orden y calma ante una existencia plagada de perversidad.

Mario Puzo escribió su novela sobre la mafia al amparo de Paramount Pictures, que pujó por su adaptación al cine antes de que se convirtiera en un éxito millonario de ventas. No había muchas pretensiones; si acaso apostar por un triunfo comercial de la mano de actores de primera fila y de un director dócil. Coppola entró en escena por su condición de italoamericano, joven valor en alza tras ganar un Oscar como guionista con Patton. A partir de ahí, todo fue más complejo.

Director y escritor conectaron bien. Se metieron de lleno en la confección del guión, superando el molde del libro pero sin traicionar la esencia ideada por Puzo. Y convenciendo a los estudios de mantener la acción en los años 40 en vez de ser contemporánea para ahorrar costes.

El Padrino está llena de aciertos desde su concepción. El entusiasmo de Coppola fue clave para conseguir una película que bebe del clasicismo de Hollywood, reinventando la épica, imprimiendo un estilo propio patente en cada escena, sin desdeñar claras influencias de otros cineastas como Akira Kurosawa o Arthur Penn. Hay mucha fuerza a través de personajes poderosos y un dominio de la técnica exquisito, como consiguen la impresionante fotografía de claroscuros de Gordon Willis; el complejo y milimétrico montaje supervisado por Walter Murch; o la extraordinaria ambientación lograda por Dean Tavoularis. Y, claro, la música de Nino Rota, compositor habitual de Federico Fellini y autor de temas inolvidables para la película.

Otra cosa fue el reparto, otro gran secreto del éxito. Jóvenes actores, con mucho talento, unidos al maestro Brando, y secundarios -y hasta figurantes- perfectos, dieron una dosis de realismo y verosimilitud a la historia que de ninguna otra forma se hubiera conseguido. Pero no fue tan fácil.

El autor había visto siempre en su mente a Marlon Brando como padrino. Coppola, también. Y por ello lucharon. En Paramount no le querían para evitar conflictos y retrasos. Preferían a Lawrence Olivier. Pero cuando Brando hizo la prueba, se embadurnó de betún el pelo, se metió pañuelos de papel en la boca para inflar los carrillos y queso en la dentadura, y sacando la mandíbula, cascó su voz. Él era el padrino. Había que hacer todo lo posible para que el papel fuera suyo.

Los secundarios plantearon también dificultades. Con James Caan y Robert Duvall firmados, el otro papel importante abrió otra disputa entre Coppola y Paramount. El director apostaba por un desconocido Al Pacino, mientras Ryan O'Neal y Robert Redford eran las opciones de los productores. Pero Pacino acabó convenciendo, como el propio Coppola, que también había sido amenazado con el despido. Su soberbia interpretación hizo creíble la evolución del personaje de Michael Corleone, reflejada en una mirada que resume el drama de toda la familia. Puro lirismo.

Coppola estrenó su película, de montaje cercano a las tres horas, el 15 de marzo de 1972. Fue un éxito de público, el mayor hasta entonces, y se ganó la admiración de la crítica y el respeto de la industria. De golpe se convirtió en un clásico; eterno con el paso de los años.

Ha dejado escenas memorables, momentos míticos y una iconografía y un lenguaje imitados hasta la saciedad. Cuarenta años después sigue siendo una de las películas más influyentes de la historia, objeto continuo de análisis, elevada a las más altas consideraciones. Ahora seguirá envejeciendo bien, como la extraordinaria joya que es.

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