Centenario de la Niña de la Puebla

  • Hace unas semanas se cumplieron cien años del nacimiento de la mítica cantaora, máxima estrella flamenca en los años 30, y diez de su fallecimiento

La cultura oficial parece últimamente empeñada en vivir de la nostalgia. Nostalgia, y no memoria, con lo que ello conlleva de condena del presente. Vivir anhelando un pasado mitificado es la mejor manera de no tomarse la molestia de mirar a la cara del presente. Aquello que decía mi paisano de que "cualquier tiempo pasado fue mejor" está más de moda que nunca. Pero es, como digo, una forma de no asumir la responsabilidad del hoy. La máxima encierra una falacia terrible que solamente resulta disculpable en Manrique por la pena que sufría: el presente es lo único que tenemos. Pero, ¿pueden nuestras instituciones culturales vivir de la muerte del padre? Fijados en los centenarios de Caracol y Mairena, ¿olvidan las instituciones flamencas la creatividad y voluntad de conservación del patrimonio de hoy?

Los frutos de las dos efemérides, pese al ruido mediático, no pueden ser más exiguos. En el centenario de Borges, su viuda, no sólo resucitó los libros expurgados por el autor de sus obras completas, sino que muchos de sus textos de circunstancias, como sus deliciosos artículos para la revista femenina El hogar, se pusieron en circulación. Algo parecido podemos decir para los de Lorca, Cernuda, etcétera. Por no hablar de Mozart. En el caso de Caracol no ha aparecido ningún inédito. Es más, no hemos asistido a ninguna reedición notable, y es la esperada biografía de Blas Vega lo único que nos consuela. De Mairena podemos decir otro tanto, a no ser que califiquemos de otra manera la anunciada reedición de sus memorias.

Sorprende, sin embargo, el olvido del centenario de la Niña de la Puebla. Más teniendo en cuenta los vientos feministas que desde hace unos años soplan en la Agencia del Flamenco. La Niña de la Puebla, nacida un 28 de julio de hace cien años, fue una cantaora tan influyente como Mairena y aún más popular, si cabe, que Caracol. Sus Campanilleros resuenan todavía por los pueblos de "su Andalucía". Pero citar su creación más popular no debe hacernos caer en el reduccionismo al que la someten sus críticos. La Niña de la Puebla lo cantó todo, y todo bien. Su obra fue ejemplo en su tiempo y lo sigue siendo hoy, aunque de forma más bien encubierta. Si ir más lejos, creo que la dicción exacta, el fraseo delicioso, de Mayte Martín, debe mucho a la cantaora morisca. De esta manera ya está citado su principal valor artístico. Sus tarantas son modélicas, como sus malagueñas y sus granaínas, pero también hizo aportes artísticos por seguiriyas o soleá. No tanto, obviamente, en lo que se refiere a creación de nuevas melodías, como a estilización y actualización del patrimonio: escúchenla por estos estilos y asómbrese de las fechas en que fueron grabados (aunque, por supuesto, deseche desde ya la posibilidad de encontrar una edición crítica). A ello hemos de sumar su condición de empresaria: la suya era, junto a las de la Niña de los Peines y Vallejo, la compañía de cante más importante en los años 30 y en ella iban, bajo contrato, figuras tan señeras del flamenco de la época como Sabicas, Luquitas de Marchena o Juanito Valderrama, al que la cantaora ofreció su debut profesional. Y todo ello sin subvenciones.

Dolores Jiménez Alcántara, La Niña de la Puebla (La Puebla de Cazalla, 1908 - Málaga, 1999), siendo una de las intérpretes más populares de su tiempo, está hoy olvidada por crítica e instituciones. Protagonista de no pocos espectáculos de ópera flamenca con los que recorrió toda la geografía española desde muy joven con su propia compañía llegó, dada su longevidad artística, a participar de lleno también en los circuitos de peñas y festivales, muriendo prácticamente en el escenario de la Peña de Huelva. Su discografía es amplísima y en ella da fe de la cantaora enorme que fue y de lo necesitada que está su figura de revisión crítica, pues si destacó en los cantes estrellas del periodo, fandangos y cantes de ida y vuelta, fue asimismo una excepcional intérprete de todos los estilos, con una voz limpia, bien posicionada, de claro fraseo, estilo dulce, delicado y emoción a flor de piel. Una intérprete excepcional. Su gran popularidad y otros factores extraartísticos le han restado la presencia que merece en algunas de las historias oficiales de este arte. Su figura abarca buena parte la historia del cante del siglo pasado, y su obra grabada es inmensa, tanto en placas de pizarra como en vinilo. Especialmente prolífica fue en esta faceta a lo largo de los años 30, con la guitarras de Sabicas, el Niño Ricardo o Ramón Montoya.

Juan Valderrama habla de la cantaora con un cariño enorme en sus memorias. De hecho, fue la sevillana la que ofreció a Valderrama su primer contrato como cantaor. Dice de ella, entre otras cosas, que "era muy bonita, la cara muy bonita, la nariz preciosa (...) y me decía: Yo sé cómo es el color azul, Juan, y el verde. Y sé cómo es tu cara". La Niña de la Puebla pertenece a esa estirpe de cantaoras claras, luminosas, excepcionales desde el punto de vista técnico, que se remonta al siglo XIX con La Rubia de Málaga y llega hasta hoy con Mayte Martín. Un gran perito en memorias, que no en nostalgias, José Luis Ortiz Nuevo, parece ser el único que se ha acordado de esta gran cantaora, a cien años de su nacimiento, y diez de su muerte. Y ello a través de un espectáculo respetuoso con el pasado pero con vistas al futuro, con una selección de las mejores jóvenes cantaoras andaluzas.

Etiquetas

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios