El Campillo vive intensas jornadas festivas en torno a la Santa Cruz

Comienza de nuevo la cuenta. Vuelven a quedar 362 días. Para el reencuentro, con la Santa Cruz, con el pueblo, para el retorno de ese primer fin de semana de mayo, del alba de ese viernes en el que los campilleros no duermen. Han sido días de devoción, de amor, de solidaridad, de amistad, de abrazos, de exaltación, de emociones a flor de piel. De camino, entre brezo, jara y azahar. De alegría, de risas, de cante y palmas al compás. De recuerdo, de rescate de la memoria de los que ya no están, de las ausencias, de sentimientos encontrados, de evasión, de vuelta, de felicidad, de libertad. Porque el reloj se había parado. El tiempo se había detenido. No había nada más. Sólo Romería.

Ya sonó el cohete, el que el domingo marcaba, como siempre, el regreso a ese pueblo que quedó desierto, que vio marchar a sus hijos, emigrantes pasajeros, no eternos, a pie, a caballo o en carreta, en hermandad. Vuelve la rutina. Queda el vacío, la nostalgia, la melancolía, las anécdotas, las gargantas roncas, ese chalequillo eterno, con el polvo incrustado de 36 caminos, los botos, la camisa, la medalla, que vuelven a su lugar, a esperar, una vez más, la llegada de esa brisa especial, de la aurora de los primeros días de ese quinto mes, el más anhelado por todos los salvocheanos.

Atrás queda esa mirada al cielo del sábado, en busca del cielo azul, del cálido manto de los rayos de sol, de la confirmación de que las nubes, el agua, no van a entorpecer el camino, del esplendor, el que emana de esos primeros sones de cohetes y tamboriles que anuncian la senda, el próximo doble avance (el de ese día, a por el romero para bañar a la Santa Cruz, y el del siguiente, ya con el simpecado) por Cuatro Vientos hasta la finca El Cura, no sin antes atravesar la ribera de Cachán y bautizar allí, con manzanilla, a ese novel romero ya para siempre entregado, unido, a la Santa Cruz, a la Romería, a El Campillo. Sus rodillas en el suelo y esas gotas de vino sobre sus cabellos dejarán la huella, perenne, de su paso, ya jamás olvidado.

Las imágenes se suceden hoy en las retinas de todos los salvocheanos. Los buenos ratos vividos, los cantes con los amigos, todos hermanos, bajo la sombra de unas encinas y alcornoques testigos de la alegría de un pueblo, de su esencia, de su espíritu, de su luz, que añoran a los que se marcharon, que se saben de memoria esas sevillanas compuestas por uno de los precursores, alma mater de la Romería, Rodrigo Palacios. Esas letras que ya hoy, cuando se inicia de nuevo la cuenta, cantan sumidos en la tristeza, en la amargura aquellos abocados a decir de nuevo adiós a su pueblo.

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