CRITICA DE ARTE

Buscar en el arte lo que no hay

  • Benedicto XVI habla en la capilla Sixtina, un lugar donde Miguel Ángel disputa conocimientos y evolución con Botticelli, Ghirlandaio, Perugino o Signorelli

Nada es casual. Hace unos días, me regalaban un curioso libro sobre Zuloaga. Su autor, fray Juan José de la Inmaculada, sostiene que "los que no son capaces de apreciar el ideal del color ni la sabrosa delicia de la línea; ni la armonía del ritmo ni los contrastes del claroscuro, buscan en el arte lo que no hay. Y tanto menos lo aprecian cuanto más puro arte es".

Insisto, nada es casual. Entre este pensamiento y el comentario que a continuación se describe, pese a los 60 años transcurridos, hay intereses comunes. Benedicto XVI ha reunido en el Vaticano a prestigiosos profesionales de la arquitectura (Hadid o Calatrava), la literatura (Magris o Tamaro), la música (Morricone), la escultura y la pintura (Viola o Kounellis), el teatro y el cine (Bob Wilson o Creenaway)… A todos les ha enviado un mensaje amigable de paz y esperanza a través del arte: "la fe no resta nada a vuestro genio, a vuestro arte, es más, la exalta".

Benedicto pronuncia estas palabras en la capilla Sixtina, un lugar donde Miguel Ángel disputa conocimientos y evolución con Botticelli, Ghirlandaio, Perugino o Signorelli. Ese espacio es Arte, belleza celestial, pero también es el trono de la iglesia de Benedicto, de Julio y de Sixto donde el pecado y el pudor falaz fue capaz de amordazar la libertad por el bien de los espíritus prístinos cristianos. Allí no comenzaron los censores braghettones (que culpa tuvo el pobre de Daniele da Volterra de pasar con esa losa a la historia), allí se registró una de las puntas, sólo una, de la campaña de moralidad sin sentido de esta religión. Tapar las vergüenzas de los personajes. Sin duda, qué inmoralidad, que atropello a la razón. Ni el dinero japonés pudo reparar el legrado a esos cuerpos. Me viene al recuerdo ahora la ablación a los dioses romanos en un museo sevillano por mandato moralizante. Quizá el ejecutor jugó a los chinos con los adminículos amputados. Descanse en paz su mente perversa.

Efectivamente, la fe, para el que la tenga en lo que lo tenga, no resta, al contrario, alimenta. Pero una cosa es confortar, animar, y otra es que la fe, la del pontífice, recuerde que lo que no está hecho bajo esa fe es signo de provocación, de obscenidad, de trasgresión. A lo largo de la Historia de la iglesia viven sacrilegios en nombre de su fe, en nombre de Dios. El trabajo de Il Braghettone, el más insignificante y anecdótico, la quema de libros, la destrucción o manipulación de obras o, lo peor, la persecución del hombre por pensamiento distinto deshonra el mensaje de Jesús. En el nombre de Dios, el de unos y no el de todos, no lo olvidemos, se han cometido tantas tropelías que Dios se ha tapado los ojos.

El arte, máquina inimaginable del conocimiento, es una expresión sublime de la libertad. Y la libertad no da miedo, sencillamente terror a los dueños del poder, que controlan. La creación es un ejercicio de estética y de ética, de razón y de espíritu. He ahí su pureza. No todo tiene que ser válido, pero sí respetado si se considera a la integridad del hombre. Categorizar y dictaminar también es cuestión de libertad. Si lo que ves no te gusta, no lo admire, no la adquiera. Pero no anatematices al que lo crea, lo admira o lo adquiere.

Un ejemplo de absurdez. El cuerpo desnudo, principio de perfección, es, indudablemente, obsceno a la vista de quien no lo quiere ver (viendo). No es cuestión de fe. No es ideología ni moralidad. Estupidez. El pecado que hoy, en pleno siglo XXI, Benedicto quiere imponer a los obscenos, pese a su buena fe, palabra y propósito, deja muchas puertas a la duda. Probablemente, todas aquellas que aún están abiertas. El artista debe ser un pensador, un notario del tiempo, no un decorador que ilumina una idea de poder.

J.J. de la Inmaculada y Ratzinger, a ambos les une el pastoreo, la reflexión y la propiedad de un conocimiento envidiable, deben invitar a la próxima reunión en la capilla Sixtina a la jerarquía católica irlandesa que escenificaron sus bajas pasiones, en el nombre de Dios, en cientos de niños. Una cura (perdón, un remedio) para la trasgresión, provocación y obscenidad no estaría mal en aquellos que con la palabra engañan y con el gesto dominan. En vez de lapidar a los que buscan en el arte lo que no hay, indaguemos en lo que nos hace perder la razón. Dejemos al arte en libertad. Si no le gusta, busque. En el mercado persa se encuentro de todo.

La obra de Tracey Emin es obscena. Ella es el pecado. La obra de los religiosos irlandeses y tantos otros… Silencio, se reza.

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