Buscadores de leyenda

En el tiempo de las nuevas versiones, los remakes y las secuelas cinematográficas, que coincide con la sequía creativa e imaginativa de los guionistas, ahora, además, en huelga, no es de extrañar que un título como La búsqueda (2004), de tanto éxito taquillero haya animado a sus productores a poner en manos del mismo director, John Tuteltaub, esta aventura con el mismo protagonista, Ben Gates, el buscador de tesoros ocultos, otra vez encarnado por Nicolas Cage, de la misma escuela del legendario Indiana Jones y en la tradición de los grandes rescatadores de reliquias del cine, encabezados por la magistral El tesoro de Sierra Madre (1948), del genial John Huston con el mítico Humphrey Bogart como protagonista.

Si en la película precedente el misterio giraba en torno al legendario tesoro de los Caballeros de la Orden Templaria, en esta ocasión la historia parte de la escenificación del asesinato del Presidente de los Estados Unidos, Abraham Lincoln, en 1865. Cuando se publica en una página del diario de John Wilkes Booth la noticia del magnicidio, el tatarabuelo de Ben Gates, el buscador de tesoros, se ve implicado como principal conspirador del crimen. Ben se empeña entonces en probar la inocencia de su antepasado, emprendiendo un viaje que le permita descubrir uno de los más apreciados vestigios del mundo.

La espectacularidad del film, que más bien consigue superar las limitaciones de un guión de muy poco fuste y más bien anodino, nos lleva por diversos lugares como el Palacio del Lancaster House, edificio del siglo XIX en Londres, que hace las veces del regio Buckingham Palace, situado a unos metros de distancia; Los Ángeles, Washington, París y el famoso monte Rushmore, donde se tallaron sobre las rocas las efigies de los presidentes George Washington, Thomas Jefferson, Theodore Roosvelt y Abraham Lincoln y donde se rodó la muy recordada secuencia final de Con la muerte en los talones (1959), de Alfred Hitchcock.

En todo este tenso e intenso itinerario que nos ofrece La búsqueda: El diario secreto, hay muchas fluctuaciones tanto de calidad como de ritmo narrativo y donde es frecuente encontrar muy diversas trivialidades y lugares comunes impropios de una producción con evidentes ambiciones como las que pretende la película. Se trata de ilustrar el relato con situaciones supuestamente divertidas que luego no lo son tanto. En la segunda parte, precisamente en los pasajes que trascurren en el monte Rushmore, se producen los momentos más interesantes de la historia. Hay una notable calidad en las secuencias de acción y en los decorados. Pero poco más.

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