Fila siete

Buena voluntad

Que no haya más adaptaciones cinematográficas de las generalmente aceptadas como buenas novelas escritas por Gabriel García Márquez, se debe a la gran dificultad que presenta su trasvase a la gran pantalla de sus admirables obras. Imaginarse la puesta en escena fílmica de Cien años de soledad es algo apasionante, ¿pero quién es capaz de hincarle el diente a tan sabroso fruto literario? De aquí que hayan sido pocos los que se han acercado a los libros del Premio Nobel colombiano. Mucho confiamos en Francesco Rossi, director que me merece la mejor estima, y sin embargo, no acertó a captar lo más exquisito de una novela, por cierto, muy cinematográfica, Crónica de una muerte anunciada (1987).Lo mismo podríamos decir de Miguel Littin y su versión de La viuda de Montiel (1979) y otro tanto de Ruy Guerra y su Eréndira (1983).

Como comentaba en mi crítica de la película El amor en los tiempos del cólera, publicada aquí el pasado jueves día 24, sólo el mexicano Arturo Ripstein se acercó más con El coronel no tiene quien le escriba (1999). Pero, sinceramente, uno esperaba más de la realización de Mike Newell, el director de una comedia de extraordinario humor e ingenio como Cuatro bodas y un funeral (1993) o un thriller tan interesante como Donnie Brasco (1996). Es evidente que con muy buena voluntad el realizador británico ha tratado de asimilar lo mejor posible el espíritu de la novela, pero no ha conseguido captar del todo lo que ilumina el realismo mágico del escritor, especialmente vertido en esta crónica de amores y desamores, fidelidades y traiciones.

Un escritor que sensibiliza muy sútilmente a sus lectores con cada expresión de su, por lo general, prosa cautivadora, que permite, a través de sus sutiles descripciones, no sólo recrear paisajes y estancias diversas, sino transmitir sensaciones, sabores, olores y latidos más íntimos y, además, perfilar la carne y el espíritu de sus personajes, necesita de una identificación muy singular para que todo eso se convierta en imágenes que retraten exactamente el alma y la sustanciación de sus textos. Falla el intento si, además, y a pesar, insisto, de la mejor voluntad, El amor en los tiempos del cólera, se sitúa en una órbita muy lejana a la auténtica sensibilidad de un mundo muy peculiar, de un universo muy distinto y al parecer nada susceptible de parecerse a esa historias románticas que suelen recrear las películas de este género tanto británicas como norteamericanas.

Lo que nos queda entonces es una de esas historias de amores imposibles, que se ve con curiosidad y hasta cierto interés a veces, pero que no apasiona ni enerva ni estimula el ánimo con respecto a las complejidades sentimentales de los protagonistas, cuyos intérpretes, por otra parte, tampoco transmiten la carnalidad y el ardor de un amor tan desesperado y sublime. Creo que no consigue interpretar con autenticidad, con credibilidad, la profunda transformación física y mental que sufren los personajes durante cincuenta años de su vida, sobre todo porque el espectador queda un poco ajeno a esa evolución que no tiene imagen solvente en la pantalla.

Todo ello se llena con una serie de secuencias o escenas perfectamente prescindibles por su gratuidad y por su falta de adaptación al acervo literario que las sustenta y las vivifica mucho mejor que las imágenes que nos brinda Mike Newell, aunque haya que reconocerle su mejor intención en ese acercamiento físico en el que es inevitable advertir ciertos tópicos ambientales que, en ocasiones, eso sí, poseen una cierta calidad estética.

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