¡Bendita alegría de bravura!

  • El portugués Nuno Casquiña cortó la única oreja de un festejo, donde la divisa de Prieto de La Cal dejó para el recuerdo un encierro bravo y noble que desbordó con creces a los tres actuantes en el cierre de feria

Ganadería: Novillada picada. Se lidiaron seis novillos de Tomás Prieto de La Cal de impecable presentación, bravos y de buen juego. El más deslucido fue el segundo de la tarde, mientras que primero, quinto y sexto destacaron por encima de los demás. TOREROS: Nuno Casquiña. Oreja en el que abrió plaza. Silencio en el cuarto; Julio Parejo. Saludos en su primero. Silencio tras aviso en el quinto de la tarde; Jiménez Fortes. Ovación en su primero. Silencio en el sexto. Incidencias. Entrada cercana a la mitad del aforo en tarde de alta temperatura. Saludaron montera en mano tras parear en banderillas al quinto de la tarde los banderilleros Juan Carlos de Alba y José Ángel Muñoz. Paco Benítez lo hizo tras dos buenos pares al que cerró plaza.

Salieron seis novillos preguntando cosas buenas a los toreros. Seis novillos de caramelo y bravura de la buena, preguntando cosas de toro, y ninguno de los toreros respondió. Nadie dijo nada. Y la bravura se la llevaron para el campo que los toros bravos tienen en la gloria, los seis dijes de la Ruiza. ¡Qué pena de preguntas sin respuestas! ¡Qué pena de tanta bravura derramada, tanta bravura aniquilada en el demérito de agujeros grandes, oscuro tercio de varas, tapando la salida como si el bravo fuera manso! ¡Qué pena, ganadero, aguantar tanto expolio de bravura desde un palco! ¡Qué lujo criarlos en esos campos de tanta historia ya tanto esfuerzo para la misma historia!

Novillada completa de cabo a rabo. Lástima que la alegría de una bravura incontenida se haya quedado sólo para despiece de matadero. Honor para la divisa que sigue creyendo en la Fiesta que protagoniza el toro.

Ganaron la pelea los seis novillos de La Ruiza. La ganaron, como digo, con honra de bravura y casta, por encima de tres novilleros sin alma de toreros. O lo que es peor, sin alma de novilleros.

Abrió cartel ayer tarde, el portugués Nuno Casquiña. Más entonado en su primero donde apuntó al menos algo mas de oficio al poner orden en la capea que sus subalternos habían montado en el ruedo. Después, poco más que una serie donde ligó tres muletazos en la segunda de la s series. Poca cosa para un novillo de dulce con embestidas de bravo que tuvo pujanza para seguir la muleta cuando se la dejaron puesta.

Pero ante la bravura sólo cabe el corazón y la cabeza y el conjunto se quedó a media luz, como dice el tango de Gardel.

¿Para qué tanto matar la bravura en el caballo, torero? ¿Para qué aparentar tanto atisbo de faena ante un toro desangrado a conciencia? Casquiña pagó el precio del deshonor de dos puyazos tremendos. A la tercera entró la espada, una espada que sólo rubricó una tarde de destoreo.

Julio Parejo tuvo enfrente el más deslucido de la tarde. Un novillo con la carita alta y más bruto que sus hermanos a la hora de embestir. La ocasión no dejó ver sino los acordes de una desconfianza que habla más de falta de oficio que de otra cosa.

Tiene, eso sí, detalles de toreo bonito. Pero sólo detalles. Y eso no basta a la hora de cuajar las posibilidades que ofreció el bravo quinto de la tarde al que en otra labor de pases sueltos que dejan la sensación de que se fue sin torear tanta bravura a la que sin perder pasos y quedarse en el sitio es imposible domeñar.

No fue mala la impresión la que dejó Jiménez Fortes frente al tercero de la tarde donde, esta vez sí, cuajó por bajo la bravura y alegría del jabonero. Faena de pies muy firmes sobre el albero pero arruinada por demasiados enganchones que terminaron por descomponer al novillo.

En el sexto no quiso medir la bravura en el caballo y el picador se llevó por delante la prometedora embestida de un novillo que galopó con aires de bravo de verdad.

Faena imposibilitada por la falta de ligazón. Los acordes del temple necesitan otra cosa bien distinta de un toreo que no terminó de entenderse con la bravura, temple y distancia, armas que siempre fueron por antonomasia la verdadera ley del toreo.

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