Basilio Martín Patino, el maestro de la compasión

  • El director de 'Nueve cartas a Berta' y 'Canciones para después de una guerra' fallece a los 86 años

  • Su filmografía simboliza una época, pero es también intemporal y clásica

Arriba, Basilio Martín Patino (1930-2017). Derecha, cartel de 'Canciones para después...'. Arriba, Basilio Martín Patino (1930-2017). Derecha, cartel de 'Canciones para después...'.

Arriba, Basilio Martín Patino (1930-2017). Derecha, cartel de 'Canciones para después...'. / antonio pizarro

Tras 86 años de vida y 60 de dedicación al cine (rodó su primer cortometraje en 1955 y su último documental en 2011) Basilio Martín Patino pasará a la historia del cine español por su personalidad única y disconforme (reflejada en más de 30 películas) tan rica en fecundas, cultas y humanísimas contradicciones que se le podría definir como un anacoreta sociable, un metódico anarquista, un sereno agitador o un místico agnóstico. Pero sobre todo pasará a la historia esencial de nuestro cine, la que reúne a los pocos autores que han cambiado el curso de su historia abriendo nuevos caminos expresivos, representando tan perfectamente el tiempo al que pertenecen que se convierten en claves esenciales para interpretarlo a la vez que son intemporales y coetáneos de todos los tiempos venideros, eso a lo que se llama clásico, gracias a dos películas: Nueve cartas a Berta (1966) y Canciones para después de una guerra (1971-1976). A la primera se le puede añadir su melancólica y hölderliniana variación última Los paraísos perdidos (1985) y a la segunda, en el mismo formato inventado por él, Queridísimos verdugos (1973) y Caudillo (1974), ambas, al igual que Canciones…, hechas clandestinamente y estrenadas tras la muerte de Franco.

Nueve cartas a Berta es, con La tía Tula de Picazo y La caza de Saura, uno de los símbolos mayores del Nuevo Cine Español de los 60 por el que Basilio luchaba desde que organizó con Bardem y Muñoz Suay -mayores que él, que aún era estudiante- las célebres Conversaciones de Salamanca en 1955. Muy distinta a las obras de Picazo y Saura, manifestaba una sensibilidad a la vez políticamente comprometida y lírica, con una capacidad de comprensión incluso de aquellos a quienes se enfrentaba única entre los de su generación y sólo comparable a la lucidez humanista de Pasolini. Basilio me contó, cuando en los años 80 organicé para la Fundación Luis Cernuda unas jornadas dedicadas a él, las raras circunstancias del rodaje de la secuencia del casino de Salamanca en la que fue brotando una inexplicable emoción cuando aquel joven anarquista atosigado por la censura del Régimen logró que los maduros excombatientes franquistas se fueran abriendo ante su cámara con una emocionada sinceridad que sólo él podía provocar y filmar. Eran el enemigo pero no los estereotipó ni los caricaturizó: los retrató.

Esta capacidad de comprender, esta pasión por desentrañar y filmar la complejidad del ser humano y de los tiempos que le son dados vivir, obró el milagro de Canciones para después de una guerra, para mí una de las diez películas clave de la historia del cine español. Producida en la clandestinidad en pleno tardofranquismo montando fragmentos de películas, anuncios y documentales, Martín Patino hizo un monumento al dolor de los españoles -de todos los españoles y sobre todo el de las mujeres y los niños- y a sus modestas estrategias de supervivencia en la durísima posguerra. No igualaba víctimas y verdugos, pero les invitaba a llorar juntos. Y miles de españoles de ideologías enfrentadas lloraron cuando se estrenó en 1976, convirtiendo esta película en el símbolo cinematográfico más potente de la Transición en la que Basilio jugó, como su hermano, el sacerdote jesuita José María Martín Patino, secretario del cardenal Tarancón, un papel relevante a través de su íntima amistad con José Mario Armero -abogado, escritor y director de Europa Press- en cuya finca de Pozuelo de Alarcón se encontraron Suárez y Carrillo para preparar la legalización del PCE.

Canciones para después de una guerra recuperaba una memoria compartida, homenajeaba con valor la entonces mal vista cultura popular de los años 40, erróneamente etiquetada de franquista, transfigurando las imágenes documentales del hambre, el exilio exterior o interior, la soledad, las privaciones o los duelos -¡tanto luto!- con canciones de Concha Piquer, Imperio Argentina, Machín o Estrellita Castro que ponían algo de luz en tanta oscuridad, ayudando a vivir o siquiera a sobrevivir. Se situaba así en la órbita de la Crónica sentimental de España que publicaba Manuel Vázquez Montalbán en 1971, el mismo año en que Basilio editaba su película. Empezaba así: "Llevaban extraños abrigos con mucha hombrera, mucha solapa, mucho peso, sobre no menos extraños cuerpos, con mucho hueso o mucha grasa... Hablaban mucho. Callaban mucho. Pero por encima de todo trataban de olvidar todo lo que podían… (…) Cantaban. Cantaban canciones de lenta y larga moda... Pasodobles... Coplas… Suspiros de España… (…) Todo ser humano tiene derecho a la expresión estética y a la expresión épica… La inmensa mayoría trata siempre de conseguir [en la cultura popular] esa pequeña ración de estética y épica indispensable para seguir viviendo…". Martín Patino, con su obra maestra Canciones para después de una guerra, logró revivir aquellos silencios, aquellas lágrimas, aquellos olvidos, aquellas canciones indispensables para seguir viviendo. Fue, además de un audaz experimetador y un espíritu libre, el maestro de la compasión.

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