Arte Joven en la Casa Colón

No me gusta nada el título, pero no me arrepiento. La Casa Colón está para que le inyecten ácido hialurónico por todos sus poros y se someta solícita a una otoplastia, abdominoplastia y, por supuesto, a un antiaging. Es tan bella esta Casa Colón que hasta con su desatendida longevidad gusta, enamora.

Su dedicación variopinta (más vario que pinta) y multiuso (más multi y más que uso) me colapsa, y decepciona. Su programa cultural no es de mi gusto (ojo, del mío propio, que nada es), pues soy del gusto (mío) de la pluralidad, de la severa y efectiva sistematización de eventos y de la alta calidad de los mismos, pero me gusta (también es mío) que su programa atienda a los menos atendidos. De ahí el título, la casa de todos. Es de elogio que esta Casa Colón sea la casa de los miembros de la Asociación de Artistas Plásticos Enrique Montenegro, de los alumnos de la escuela León Ortega o, como en esta semana se admira, represente y considere a los más noveles en la muestra pictórica que un centro comercial de la capital convoca cada año.

La selección de Arte Joven es el resultado de una organización, de unas bases y de una participación que desde 1998 no ha apostado por el cambio. No se puede pedir más, pero la Casa Colón acoge ese no se puede pedir más con el mimo y con el interés como si fueran lo que no frecuenta, autores y exposiciones de máxima calidad. Y ello es plausible; ello es de una alta sensibilidad y consideración.

En un de todo sin todavía personalizar se ven en la exposición de Arte Joven obras trabajadas y reflexionadas, obras regidas, como siempre, y siempre ocurrirá, al abrigo de los otros, de hoy y de ayer. Los premiados son tan diferentes que se tocan. Del primer premio, El Rocío y sus cosas, de Díaz Merchante, nos sorprendió en su desparpajo que los descuadres de Degas siguen vigente y que la evaporación turbia de la fotografía espectral nos puede congraciar con Turner. Desde fuera Gonzalo Bilbao no está en la romería marismeña, pero desde dentro José García y Ramos es capaz de discutir con el vientre del arquitecto. Barroco y romanticismo sin desatender al compromiso actual de la deconstrucción. Los Pelícanos de Francisco Javier Cabeza son efectistas, ágiles, muy apropiados a la finalidad de un premio y conducido a su resultado final. Absolutamente legítimo.

Me ha decepcionado el pincel joven que más me atrae en Huelva hoy, Fran Mora. Son tantos los guiños… Tan poca la emoción dada… que él deja de ser él. Las urgencias no son buenas. Afortunadamente, no premiado. Sin embargo, hay una obra, pergeñada de gestos, referencias, débitos, señales y manuales que me ha llamado la atención. Otro accésit del jurado. Exit, de Ismael Lagares. De golpe, con el sopetón de las lecturas, las observaciones y las experiencias vividas, me encuentro con una obra que burla la crisis, a riadas de materia cromática salpica la composición de una escena circense. En ese golpe de vista, para esta modesta relatora de empresas artísticas dos artistas de Huelva afloran con convicción. Dos artistas de Huelva maestros de sus discípulos (re)conocidos, olvidadizos u obviados. Orduña Castellano y Castro Crespo, dos artistas tan lejanos en el concepto y en la forma que son capaces de armarse en uno solo en esta obra expuesta en Casa Colón. Desconozco si el joven talento de Bollullos conoce al primero, del segundo es necedad dudarlo. De Castro Crespo toma la facilidad manifiesta y privilegiada de mezclar materias, estilos y procedimientos rompiendo la perspectiva renacentista. De Orduña, sorprendente, la actitud de personajes y grupos, revividos, y el empuje de un color tortuoso, mohíno y complejo dispuesto con una picardía que alivia la falta de dibujo por una pasión extrema.

Dicho esto, valga de nuevo mi felicitación a la Casa Colón por acoger a los jóvenes y a los que no encuentran lugar de exposición. Esta acción dice mucho de la comprensión y la preocupación. Pero… no olvidemos que tras la juventud devienen otras edades y otros intereses que no ha de desmerecer.

Pero no quiero finalizar estas letras, tecleadas a primera hora de una mañana de sábado a veintitantos grados, sin ofrecer más alegría a la Casa Colón. Un consejo, por si cuela y con cariño, y hay jurisprudencia al respecto, y los yankis, sobre esto, saben un rato. Para que vista y se cuide y luzca mejor, alquílenla para mil cosas más como puestas de largo, bodas, bautizos comuniones o… lo que sea. Una vez reinvertido el dinero recaudado, no solo la Casa Colón lucirá en esplendor mejor, sino que su programa se avivará, se enriquecerá y, por ende, acrecerá el apetito cultural de los ciudadanos.

Que la Casa Colón sea de todos… enorgullece.

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