Ardor volcánico

La asociación Teatro lírico de Huelva se mantiene fiel a su idiosincrasia, y bien entrado abril nos trae otra voz que encarna variopintos papeles y triunfa en teatros internacionales. Se aprecia cómo hay un público incondicional que no falta a la cita de un lirismo tan representativo de la actualidad; la sofisticación técnica y expresiva de los cantantes se pone a la altura de unas circunstancias que exigen cualidades enriquecidas y diversificadas sin límites. Un concierto elaborado a base de arias y romanzas ratifica esta competición artística donde muchas veces asombrar al auditorio con un volumen prodigioso garantiza un peldaño más en el escalafón.

El tenor Andrés Veramendi y el pianista David Barón confeccionaron un programa que encandiló al público, tan gustoso de finales apoteósicos en esas escenas dramáticas que ya forman parte de la tradición. Veramendi posee un fuelle amplio, discurso eficiente y un timbre muy expresivo que maravilla en cada nota (cualquier detalle es susceptible de pulirse en su interpretación); sin embargo la vehemencia de su forte le aparta de tantas sutilezas imprescindibles en el mezzoforte y el piano, matices descontrolados. Por su parte, Barón arropa correcta y someramente las múltiples frases de la voz recalando en ciertos pasajes con tal de obtener el perfil adecuado de cada obra; su legato viene a ser un recurso certero en composiciones de texto enjundioso.

Core´ngrato de Cardillo y Hasta la guitarra llora de Ayarsa definieron las excelencias tanto conjuntas como individuales de este tándem: en la primera se escuchó una melodía torrencial y esa emoción que refleja un estado de gracia a la luz de la música (ataques del agudo con una pulcritud apabullante) mientras que la segunda fue desgranando con sinceridad un sinfín de recovecos bajo las onomatopeyas guitarrísticas (arpegios que iban arremolinándose). Los fragmentos de Serrano y Moreno Torroba fueron el culmen para un tenor que embriagaría a la Sala sirviéndose de una pronunciación diáfana y elegante. Dicho elemento es algo que en gran medida depara el éxito de una velada. Tengamos en cuenta que un auditorio, cuando se ofrece música cantada, agradece la comprensión del texto.

Aunque las dos piezas de Puccini arrancaron el típico fervor que los grandes dramas operísticos logran desencadenar entre las masas, las versiones ofrecidas estuvieron más en esa línea de exhibicionismo, y, en consecuencia, se dejaba en el tintero fundamentos que retratan al propio espíritu verista. A veces hay que olvidarse de lo material de la partitura dejando que la magia circundante sea lo que cobre el protagonismo. En otras palabras: hay música donde es necesario que su intérprete se olvide de sí mismo.

No se anunció al público la omisión hecha de dos obras instrumentales que aparecían en el programa de mano: la sonata para piano nº 14, en do sostenido menor, de Beethoven, y el impromptu op. 90 nº 4 en la bemol mayor de Schubert.

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