Aramburu esencial

  • Sin perder inspiración, chista y pulso, el dibujo de este pintor de visión directa ha tomado el camino del diálogo analítico frente a la síntesis estructural que le distingue

La vida es una paradoja. Constante. Y malvada. Hay corazones que de tanto dar se quedan sin vida. Sin aliento. Personas ejemplares que, de tanto desprenderse, necesitan un soplo de aire no tanto para seguir dando como para seguir viviendo… sin dejar de dar.

Alfonso Aramburu no es pintor de academia, de norma o regla, sino de instinto puro. Tan domesticado como libre. No es pintor de reflexión superficial estética ni matérica, sino de visión directa, de preparación técnica e intelectual y, placer sin medida, no apto para todos, de entretenimiento e invención frente a la desidia y el inmovilismo. No es pintor para subsistir, vivir o vivir bien, sino, casi siempre, es forjador de obras artísticas que contribuyan en su venta al más necesitado. Con ello, aligera y alivia su extraordinaria capacidad artística de la rutina diaria y refuerza su responsabilidad humana y humanística. Cada uno usa y abusa del lujo como quiere. Todo un ejemplo.

Durante años ha confeccionado una obra extensa, diría que casi ilimitada. Sin control. Todo al albedrío del placer. La sorpresa que nace de la nada. A todos quería dar un trozo de la Huelva de la ilusión que desea vivir y habitar. A todos dio. Riqueza. Bondad. Sus dibujos, sus acuarelas, sus diluidas tintas con rotuladores, sus acrílicos… han dibujado, o desdibujado, una cabriola de virtud donde, fundamentalmente, el paisaje y el retrato, a menudo seriado, despertaban el asombro del espectador por su rapidez de trazo, espontaneidad de juicio y maestría ejecutora. Esa imagen, ese fruto, no es completa. Aramburu, sin ser complejo, es el resultado de un rico cúmulo de circunstancias que despierta muchas imágenes, muchos frutos. Pero sólo él sabe cuándo han de florecer. Y más aparecer, hacerla pública. La mayoría desconocidas. Todas abiertas al conocimiento, al saber hacer.

Un amigo me ha reiterado desde hace tiempo que tras esa fotografía de pintor eléctrico, rápido, fugaz… y hasta ¿fácil?, se encierra un artista tan consumado que en su modestia o inconformismo no aparece. Recuerdo un cuadro, en una exposición colectiva organizada por la Casa Colón hace más de diez años, donde el estudio y la búsqueda de soluciones plásticas no tenían nada que ver con lo conocido por el gran público. Y eso me ha pasado ayer cuando observé agradecida su muestra en la Fundación Caja Rural del Sur. La fugacidad se ha chocado con el tiempo. Sin perder inspiración, chispa y pulso, el dibujo ha tomado el camino del diálogo analítico frente a la síntesis estructural que le distingue. Resultado: un Aramburu distinto, pero un Aramburu, como siempre, sorprendente y sorpresivo.

Alfonso Aramburu ha aparcado su vocación social estajanovista por el modelo maduro, esencial y pulcro de la elaboración a cocina lenta. Con todos sus condimentos, con todos sus sabores. Y ha decidido, ya era hora, que de tanto dar es necesario que le den. Los cuadros que expone en Huelva en estos días son consecuencia de la preocupación y de la pulcritud de un dotado en esto que llamamos Arte y que a menudo se traduce en aquello de lo que uno ve o siente y que jamás puede representar. No es un nuevo Aramburu. Es una cara más de un prisma que nunca nos dejará de sorprender.

Una vez más, gracias por regalar lecciones sin pedir nada a cambio. Sin derecho a copyright. Tenemos una cita en la Fundación Caja Rural de Huelva. Aramburu esencial.

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