Animación nada convencional

Parece imprescindible recordar que el director de esta película, Henry Selick, es el admirado y aplaudido artífice de una obra excepcional en el ámbito de la animación, la inolvidable Pesadilla antes de Navidad (1993), film auspiciado por el siempre imaginativo Tim Burton, a quien muchas veces se le adjudica esta producción, que nos trajo la sorprendente aportación de stop motion, técnica artesana de animación, rodada fotograma a fotograma con marionetas, empleada desde los más primitivos tiempos del cine, y donde habría que recordar a uno de los pioneros de la cinematografía española, Segundo de Chomón. La recuperación de esas técnicas realmente ha revolucionado el género de los dibujos animados, como tradicionalmente se conoce a esta especialidad.

El realizador, Henry Selick, demuestra aquí que, si bien Tim Burton fue el autor de la idea, quien realmente materializó la obra maestra de la animación, como muchos consideran Pesadilla antes de Navidad, fue él y que su mundo creativo era genial como probara en su segunda película, James y el melocotón gigante (1996). Ahora Los mundos de Coraline es la reafirmación de los valores de este artista, que aquí hace que una historia, aparentemente dirigida a los niños, que es como habitualmente se consideran estos títulos, es, además de un divertimento para los pequeños, un fuerte impacto para los mayores, para sus convencionalismos, para ese irrefrenable afán de que todos tenemos que divertirnos por mandato y que la falta de diversión, por lo general teledirigida, es un fracaso.

La historia nos cuenta como la pequeña Coraline, impulsada por su curiosidad y su afán aventurero, que ha vivido con su familia el traslado desde Michigan a Oregón, decide indagar en su nuevo vecindario. Conoce a algunos de sus vecinos y piensa que no hay nada interesante entre ellos. Buscando en su nueva casa, halla una puerta secreta. La abre y se interna a través de un oscuro pasillo, descubriendo una nueva vida, no muy distinta a la suya, pero con adultos más cariñosos y acogedores. Cuando la fantasía descubre su verdadera realidad, Coraline, acabará enfrentándose a un peligro que pondrá a prueba toda su imaginación y valentía para superar esta arriesgada aventura imprevisible.

La novela Coraline, publicada en 2002 por el guionista Neil Gaiman, descubrió un interesante libro jumenil muy acorde con los avatares de nuestro tiempo. Su carácter velado y brumoso, ha servido al realizador Henry Selick para animar su imaginativa creatividad y darle singulares relieves al texto original, mucho más allá de sus habituales creaciones gráficas. Introdujo nuevos e interesantes elementos y aportó nuevas soluciones técnicas para enriquecer los matices del texto original, enrareciendo convenientemente el relato de manera que el espectador infantil y el adulto se sintieran unos entretenidos y otros atentos a los guiños de complicidad que aportan las imágenes.

Es curioso que este mundo de Henry Selick, más tétrico e inquietante que el propio mundo de la protagonista, haya conquistado las taquillas de Estados Unidos y que, en muchos casos, haya cautivado a niños -eso sí, mayores de 7 años- y a mayores. Y es que parece que unos a su manera y otros a otra han captado esa idea según la cual Coraline deba elegir entre un ámbito real del que puede desconectarse y la posibilidad de sumirse en una fantasía voluptuosa, malévola, ciertamente pérfida y turbia. Una propuesta entretenida, apasionante y poco corriente en el cine de hoy y mucho menos en el ámbito apasionante, pero demasiadas veces convencional, de la animación.

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