Ángela Vallvey traslada al verso una "singladura personal" por el planeta

  • La escritora manchega regresa a la poesía con 'La velocidad del mundo', una obra con influencias de la lírica oriental y un marcado "propósito de depurar el lenguaje"

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Ángela Vallvey llevaba ya más de un lustro asomándose a las librerías únicamente en su faceta de narradora. Pero la poeta que esconde, y que había firmado libros tan sólidos como El tamaño del universo y Nacida en cautividad, con el que ganó el Premio Ateneo de Sevilla, rompe ahora ese largo silencio con La velocidad del mundo, publicado en la colección Vandalia de la Fundación José Manuel Lara, una obra en la que la autora manchega recrea viajes interiores y exteriores desde el "extrañamiento" de quien "sale con una mirada de extranjera" a dejarse seducir por la fascinación y el exotismo de paisajes remotos.

"Detrás de una novela hay una industria editorial y un narrador puede llamar a varias puertas. Pero no es fácil publicar poesía", explica sobre su tardanza en regresar a un género que para la creadora es "lo más importante". En La velocidad del mundo recoge poemas de los últimos ocho años, "escritos en lugares del mundo o que germinaron una vez que ya estaba en mi casa, porque los viajes no acaban cuando alguien utiliza el billete de vuelta". En la geografía sentimental de Vallvey resuenan ecos de parajes dispares: el recorrido pasa por países como Canadá, Irlanda o Finlandia, aunque en el conjunto se percibe la atracción que ejercen en la autora las estampas orientales. "Tengo una gran filia por Oriente. Me embelesa, me fascina, me horroriza. El Oriente Lejano me subyuga: el sol sale a otras horas, la lluvia es distinta. Pero he intentado que el libro estuviese compensado, que no se centrara en esta parte", sostiene. También, por ejemplo, Canadá, "el clima frío, la naturaleza salvaje", tienen peso en las páginas, porque "me parece que esos escenarios conservan mejor la pureza del mundo". Y ahí, con la poesía como una liturgia íntima, Vallvey dialoga con su alma. "En el aire cobrizo / de este país remoto, / la belleza no fue poca esperanza. / -Antaño, salpicaba / de hielo / las aguas del Pacífico / mi pequeña agonía", apunta Vallvey sobre las montañas rocosas de Alberta, en Canadá.

Oriente, en todo caso, ha condicionado la escritura. "Le debo mucho a la poesía china, japonesa, en el sentido de que intento que la palabra no sea artificio. Hay un propósito de depurar el lenguaje, de conseguir una sobriedad en la expresión", argumenta. La "experiencia lectora" es la que ha encaminado su estilo a esa austeridad. "Es más fácil ser enrevesado que sencillo, pero ahora pienso que la sencillez está más cerca de la verdad y la belleza", asegura. Esa búsqueda de la esencia provocó que descartara un buen puñado de versos en el proceso creativo. "Antes era menos escrupulosa, luego te das cuenta de que a los poemas les sobran palabras, que lo importante es poco".

"Los instantes se rompen / y el corazón escancia / sus versos invernales, / amor mío". En La velocidad del mundo, Vallvey expresa sus sentimientos con menos reserva que otras veces. "Aquí hay algo que no había hecho antes. Sentía prevención para escribir poemas de amor, sólo hice algunos en la adolescencia que metí más tarde en los libros posteriores. Escribir poemas después de Shakespeare, o de Salinas, suena a irresponsabilidad, conlleva la garantía de que vas a hacer el ridículo. He vencido ese prejuicio, y no sé cómo habrá salido".

El libro se cierra con una cita del último Premio Nobel, Tomas Tranströmer, pero Vallvey advierte que no es una elección oportunista. "Yo era de las pesadas que decía, antes de la concesión del premio: Hay que ver que no le dan el Nobel. Es un poeta muy brillante, se traduce en sus palabras la mirada de un hombre excepcional, que además es, se nota, un hombre bueno. Le pregunté al editor si quitaba la cita, pero me dijo que no me preocupara por el qué dirán. Y me pareció un buen consejo".

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