Amparo Rivelles: La 'bienquerida'

  • De Orduña a Mihura, de Nieves Conde a Orson Welles: todos ellos trabajaron con una de las grandes damas de la escena española

Amparo Rivelles era, es y será irrepetible. ¿Una exageración? Sólo en el sentido de que cada ser humano, desde el más anónimo y modesto al más famoso y encumbrado, es único. ¿Un tópico? No. Amparo Rivelles pisaba las tablas del escenario como las pisaba porque era hija de Rafael Rivelles y de María Fernanda Ladrón de Guevara. Rafael Rivelles pisaba las tablas del escenario como las pisaba porque era hijo y nieto de actores de teatro, lo que nos remonta a mediados del siglo XIX. Y María Fernanda Ladrón de Guevara pisaba las tablas del escenario como las pisaba porque era ahijada del actor Fernando Díaz de Mendoza, un marqués que prefirió los carteles de los teatros a los títulos de nobleza. Ambas dinastías formaron las compañías más prestigiosas de su época, siendo elegidos por Echegaray, Benavente, los Quintero o Galdós para estrenar sus obras.

Es así como nace un animal escénico de raza. Hacen falta generaciones. Rafael Montesinos diría que se le notaban los siglos hasta en la forma de hacer su entrada en escena. En 1939 debutó, con 14 años, en la compañía de sus padres en la comedia El compañero Pérez. Un año más tarde firmó un contrato con la entonces todo poderosa productora cinematográfica Cifesa. Su carrera cinematográfica y teatral será desde entonces paralela. En los años 40 triunfó en los escenarios con obras tan distintas como Campo de armiño de Benavente, Don Juan Tenorio de Zorrilla, El amor del gato y del perro de Jardiel Poncela o A puerta cerrada de Sartre (narices del director y actor Luis Escobar de representar a Sartre en la España de 1947).

A la vez triunfaba de forma imparable en las pantallas de los años 40 con éxitos como Alma de Dios y Los ladrones somos gente honrada de Iquino, Malvaloca de Marquina, Deliciosamente tontos de Orduña, Eugenia de Montijo de López Rubio, Angustia de Nieves Conde; y sobre todo las cuatro grandes películas de Rafael Gil -Eloísa está debajo de un almendro, El clavo, La fe y La calle sin sol- que, con una asombrosa versatilidad, la llevaron a las cumbres de la comedia, el drama gótico, la tragedia de matices religiosos que indignó al poderoso clero de la época y el neorrealismo.

La fe no fue el único escándalo que protagonizó Amparo Rivelles. Tuvo una hija sin estar casada y tuvo amores pero jamás se casó. Demasiado para la España de la época aunque ella, independiente, valiente y optimista, siempre dijo alegremente que nunca nadie se atrevió, pudo o quiso ponerle una mala cara. Su carácter se demostró en una de sus últimas intervenciones públicas: "Cuando me muera, no me lloréis. Me lo he pasado muy bien". Este pasárselo bien no alude sólo, aunque también, a su vida personal sino sobre todo a su insaciable curiosidad, su ininterrumpida actividad ante las cámaras de cine y televisión hasta 1999 y su larguísima trayectoria teatral hasta 2006.

La dejamos en la cumbre de su tetralogía de los años 40 con Rafael Gil. Los 50 los inició con La leona de Castilla y Alba de América de Orduña, inferiores a las de Gil pero enormes éxitos del cine de cartón piedra y pelucón. Aunque, para redimirse de tanto aurorabautisteo, esa fue también la década en la que Orson Welles la dirigió en Mr. Arkadin o Mur Orti en El batallón de las sombras. Mientras en los escenarios arrasaba con Una mujer cualquiera de Mihura o Requiebro de Moncada. A finales de esta década se estableció durante 20 años en México, donde se convirtió en la reina de los melodramas y los culebrones televisivos, sin abandonar nunca el teatro.

Era tan grande que cuando volvió a España en 1979 para reemprender su carrera teatral, interpretando Salvad a los delfines de Santiago Moncada, se quedó asombrada de que el público español no la hubiera olvidado. ¿Cómo olvidar a la grande y más grande? A ella siguieron éxitos como La voz humana de Cocteau, La Celestina con dirección de Marsillach, La loca de Chaillot y Rosas de otoño con dirección de José Luis Alonso o la versión de Ana María Diosdado de El abanico de Lady Windermere... o la importancia de llamarse Wilde. Volvió también al cine de la mano de José Luis García Sánchez (Hay que deshacer la casa) o de Josefina Molina (Esquilache). Y triunfó en la televisión con sus intervenciones en las series -que hoy, precisamente hoy, son referencias de un modelo de televisión pública- Los gozos y las sombras y La Regenta.

Una carrera excepcional por su versatilidad -teatro clásico, moderno y de vanguardia, cine de autor y culebrones televisivos- y por su duración, sin que en 70 años decayera ni un instante su popularidad y, lo que es mucho más importante, su prestigio. El público la adoró y ella le correspondió con una profesionalidad y una constancia a través de las que manifestó su respeto al patio de butacas y su ilimitado amor al escenario. Tópicos fuera: era una de las grandes damas de la escena española.

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