"Aguanto mal los elogios"

  • El autor jerezano recogerá este próximo martes, 23 de abril, el Premio Cervantes en la Universidad de Alcalá de Henares; aquí, un recorrido por algunos de los rincones de su memoria

Casi con toda seguridad, nada haría más feliz a José Manuel Caballero Bonald (Jerez, 1926) que recibir el Premio Cervantes -que recogerá este martes, 23 de abril, en la Universidad de Alcalá de Henares-, en su propia casa, en la intimidad de su refugio, con un almuerzo informal junto a algunas autoridades, su mujer, Pepa Ramis, y unos cuantos amigos. Y sí, rodeado de libros. Sin embargo, en esta ocasión, la realidad sobrepasa a la fantasía y, abrumado por la magnitud y solemnidad del acto de entrega, asume con verticalidad la cita. Acepta amablemente (como siempre) la entrevista con este diario, en uno de los huecos que la vorágine mediática que le azota le permite. Una larga vida entregada a la literatura llena de aventuras, naufragios, sueños, rebeldía, infracciones, lealtad a sí mismo... "Queda mucho pasado, el porvenir es muy estrecho", asegura un superviviente de la Generación del 50. Barral, Valente, Ángel González, Gil de Biedma... "La zozobra... Desazón. Sí, soy el superviviente de aquel grupo de amigos. Estás en la senectud, eres un anciano que ve pasar la vida viendo caer la tarde, melancólico". Y en este tiempo le ha llegado al fin a Bonald este reconocimiento (el Cervantes) esperado "desde hace dos años". Para un escritor "desobediente", que asegura que ya no escribirá más novelas, "pero puede que sí poesía". Una de las grandes voces de nuestra literatura a quien le quedan pocos sueños por cumplir: "tirarme en paracaídas y ser matemático. Aunque, al fin y al cabo, la poesía es una mezcla de música y matemáticas".

-¿Cómo será Caballero Bonald después de recibir el Premio Cervantes?

-Si el hecho de recibir el Premio Cervantes me hiciera distinto al que soy, es que en absoluto me merecía el Premio Cervantes.

-Ahora comparte con Cervantes no sólo su lectura, sino también algo en común como es el nombre, aunque sea a través de un premio. Un autor, como usted retrata en su último libro, Oficio de lector, tan desconocido.

-Unir mi nombre al de Cervantes, aunque sea a través de este premio, es por supuesto una eventualidad emocionante... Ya ocurrió algo por el estilo a propósito de mis libros Sevilla en tiempos de Cervantes, La poesía del Quijote, Cervantes. Poesía… Son tres libros que aprecio de modo especial y que acrecentaron, cada uno a su modo, mi identificación con el autor del Quijote.

-¿Se considera un clásico o al menos cree que está camino de serlo?

-Pienso, sin ningún tipo de petulancia, que algunos de mis libros quizá puedan sobrevivirme. Si damos por bueno ese razonamiento, a lo mejor un día me convierto en un clásico, es decir, en un autor que continúa siendo leído después de muerto.

-¿Cómo están siendo los días previos a la entrega del Premio Cervantes? ¿Tiene el discurso (que ya adelantó que estaría dedicado a Cervantes) totalmente cerrado?

-Sí, ya lo tengo terminado, a falta de algún retoque último, más de forma que de contenido.

-Sabemos que este tipo de actos le agobian. ¿Cómo lo lleva?

-Pues lo llevo bastante mal... Esas ceremonias solemnes no forman parte de mi repertorio de gustos ni de mis hábitos… y, además, me abruman.

-¿Cómo vive su alma juvenil e inconformista este premio a estas alturas?

-Bueno, ojalá fuera cierto eso de "mi alma juvenil e inconformista"… Ya le digo, vivo un poco desentendido del premio, intentaré superar ese trance y punto.

-¿Cómo se reinventa el escritor tras tanta veteranía a las espaldas?

-Escribir es reinventar la vida cada día.

-Usted ha asegurado que novelas no va a escribir más, y poesía quizás. Los que le conocen (como Jesús Fernández Palacios) aseguran que en dos años ya está usted escribiendo otro libro. ¿Aciertan?

-No, no lo creo… No voy a plantearme ningún libro a largo plazo, entre otras cosas porque ya me he quedado sin plazos. Lo que sí haré, supongo, es escribir un poema de vez en cuando, eso ya es más que suficiente.

-¿Qué ha supuesto para usted publicar Oficio de lector? ¿Es su oficio favorito ahora?

-Yo me jacto de haber sido un lector muy fiel, incluso precoz. Y me gusta repetir que me hice poeta precisamente porque antes había leído a unos poetas que me emocionaron, que me abrieron las puertas de una nueva sensibilidad. Lo que hago ahora es releer. Oficio de lector es una consecuencia de esas relecturas. Lo que pasa es que las relecturas suelen depararte alguna que otra sorpresa, para bien o para mal.

-¿Qué novela le hubiera gustado escribir?

-Volvería a escribir Ágata ojo de gato, por la que ya han pasado casi cuarenta años y sigue siendo mi preferida.

-Usted quiso ser navegante más por pasión a la literatura que al mar (que sabemos que también ama). ¿Ha vivido en la vida todas sus aventuras soñadas?

-Me gusta repetir que me hice escritor porque soy un aventurero frustrado. La aventura de escribir puede ser más apasionante que las que pueda depararte la vida.

-Quizás sueña con recoger otro galardón que quede en el tintero... En definitiva, ¿con qué sigue soñando Bonald? Como aquellas noches de tormenta en Sanlúcar en las que usted asegura que escuchaba los gritos de los náufragos... O como aquel fantasma del hotel de París...

-Todo ese mundo digamos fantasmal forma parte de mi particular inventario de devociones. Me tienta aproximarme a esa frontera donde la realidad empieza a hacerse dudosa y da paso al enigma, a lo que apenas se entiende, a las ocultaciones y los extravíos. Por ahí, si se va con cuidado, se puede encontrar la iluminación, el sentido último de la realidad. Poéticamente hablando, eso es lo que yo ando buscando desde hace sesenta y cinco años.

-¿Sigue siendo la fantasía la base de su realidad?

-No es que la fantasía sea la base de mi realidad, es que detrás de toda realidad se agazapa una fantasía.

-¿Qué se llevaría a Doñana si fuera una isla desierta?

-Me llevaría un mapa para poder orientarme.

-Precisamente, usted se ha salvado de dos naufragios y le quedaría un tercero para cumplir eso que dicen los marineros de que "ya no morirá nunca" si alcanza esta cifra. ¿Qué le ha mantenido a flote?

-Quizá el hecho de haber dejado de navegar hace ya bastantes años.

-Más que la guerra, usted vivió con especial dolor la posguerra. ¿Le recuerda la crisis actual y la situación de pobreza de muchas familias a aquellos años?

-No, qué va, son referencias históricas muy distintas. El hambre, el frío, de la inmediata posguerra, eran la consecuencia dramática de un desastre colectivo. Y más si se tiene en cuenta que el vencedor persiguió al vencido hasta la muerte. La pobreza de ahora es el resultado de una bancarrota producida por la avaricia, la vileza.

-¿Qué le pasa a los políticos? Usted que ha vivido, ¿cómo cree que han cambiado los valores a lo largo de estas últimas décadas? Parece que prevalece más la competitividad que ayudar a los demás.

-La política, en tanto que vehículo de una ideología, ya no es sino una sombra del pasado. La ideología se llama ahora economía. Y la economía ocupa enteramente el espacio de los debates y controversias dentro y fuera del parlamento.

-Amante de Sanlúcar y de Jerez pero... ¿cómo es su Andalucía soñada?

-La Andalucía que a mí me interesa es la Cernuda, ese sueño que cada andaluz lleva dentro. Detesto las alharacas y perifollos que andan pregonando por ahí los andaluces profesionales.

-Estos días la Fundación que lleva su nombre le ha dedicado unas jornadas. ¿Cómo las ha vivido? ¿Se ha reencontrado con viejos amigos? ¿Le parecen incómodas estas celebraciones?

-Me agrada naturalmente encontrarme con viejos amigos, aunque ya las noches no son lo que eran. Y me incomodan bastante esos agasajos. Uno de las cosas que aguanto peor es escuchar elogios.

-¿Sigue siendo beber oloroso una forma de vivir?

-Pienso que los olorosos de Jerez, y los amontillados y los palos cortados, son los mejores vinos del mundo. Por eso no me cabe en la cabeza que ni se promocionen ni apenas se beban, incluso dentro del marco de Jerez. No sé absolutamente nada de economía bodeguera, pero qué despropósito no relanzar de nuevo por el mundo ese tesoro.

-¿Qué le pertenece de este mundo, en el que se hizo hombre, del que usted dice que le pertenece nada?

-Lo que yo digo en un poema es que "nada me pertenece / de este lugar donde me hice hombre, / pero me pertenece todo". Pues eso. Lo pensaba hace cosa de medio siglo y lo sigo pensando ahora.

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