La imparable caída de Hillary Clinton

  • La serie de derrotas que ha sufrido la senadora pone en duda su continuación en la lucha por la nominación demócrata

Su aura de imbatibilidad se apagó a principios de enero en Iowa, su solidez de líder flaqueó el supermartes y su primer puesto se desvaneció tras las primarias del Potomac (Washington DC, Maryland y Virginia). Barack Obama tiene a Hillary Clinton contra las cuerdas. A la senadora, que se le han dado bien los estados grandes hasta ahora (ganó en California, Nueva York y Nueva Jersey), le queda sólo la esperanza de vencer en los grandes que faltan: Texas, Ohio y, más adelante, Pennsylvania.

"No se esperaba este resultado en las primarias. Se veía como la candidata de referencia. En Iowa llegó la sorpresa, el toque de atención; en New Hampshire le fue bien, pero desde el supermartes no volvió a levantar vuelo. ¿Por qué? Ella, pensando en la elección general, se presentó como la gran experta. Podría haber explotado su activo más importante, el ser una mujer, presentarse como la primera candidata a la Presidencia. Pero se quedó con la experiencia y la gente buscaba un cambio", asegura a este periódico César Martínez, presidente de la consultora MAS Consulting Group, en Texas.

"Por otro lado, la figura del ex presidente Bill Clinton sumó pero también le restó apoyos. La gente siente que es más de lo mismo. La experiencia es de su esposo, no de ella. A Hillary le ha faltado hablar de ella. Sus actos son meros mítines; en cambio, la campaña de Obama se ha convertido en un movimiento: dedica mucho tiempo a conectar con la gente. Clinton da por hecho que los votantes la conocen, pero al asumir cosas se cometen errores", sostiene Martínez.

Ahora, Hillary tiene que ganar cómodamente el martes en Ohio y Texas si no quiere que todo se acabe. Si sigue perdiendo fuerza y Obama ganándola, los superdelegados (en total 796 y en principio más favorables a Clinton), que pueden votar a quien quieran y cambiar su voto, podrían pensárselo; el daño para la senadora sería irreparable. Estos superdelegados suponen el 20 por ciento del total y casi el 40 por ciento de los necesarios para decantar la nominación.

No obstante, algunos tardarán en pronunciarse. "John Edwards y Al Gore, que junto al hispano Bill Richardson, serán claves, esperarán hasta el último momento", pronostica Martínez.

Pero lo más preocupante es el análisis que arrojan las encuestas a pie de urna, por ejemplo, en Virginia: Obama se llevó el 90 por ciento del voto afroamericano, un porcentaje superior a elecciones previas, y consiguió un buen resultado entre grupos que tradicionalmente apoyan a Clinton: hombres blancos, mujeres, hispanos y votantes de bajos ingresos. La capacidad del senador negro para penetrar en los bastiones más seguros de Hillary, que ya sólo conserva a los votantes de más de 50 años, podría permitirle avanzar en Texas y Ohio, y a Clinton le va a costar mucho revertir esa tendencia.

La ex primera dama no logra salir de una actitud defensiva. Sabe que su pragmatismo es menos cegador que el de Obama y sus discursos suelen carecer de encanto: mira con frecuencia el papel y se esfuerza por que su voz suene fuerte y resuelta, pero termina cayendo en un tono opaco y frágil.

Su estrategia de ir por los grandes estados tampoco le funciona. "No hay estado pequeño ni voto que no valga la pena. Tanto Obama como McCain se dedicaron a hacerle caso a esos estados pequeños y fueron creciendo de abajo hacia arriba. Los que se centraron en los grandes y olvidaron los pequeños partían como favoritos: Giuliani se ha retirado y a Clinton no le va demasiado bien", asegura Martínez.

Clinton se ve acosada ahora por el terror de no poder volver a salir de la senda perdedora mientras aumentan las dudas sobre la conveniencia de que su marido se prodigue en actos electorales. Sus intervenciones y ataques contra Obama sólo beneficiaron a éste.

Ahora Hillary sopesa nuevas opciones. Una es revisar la resolución por la que el partido decidió no contar los votos de Florida y Michigan. La medida se destinó a sancionar a las delegaciones de esos estados por adelantar de forma unilateral sus primarias. De contar con esos votos, la senadora obtendría un inesperado número adicional de delegados. Pero la maniobra acarrearía riesgos: Obama podría acusarla de llevar a cabo operativos turbios pero, además, proponer que vuelva a votarse en esos estados en condiciones regulares. La situación quedaría abierta, y los vientos de victoria favorecen en este momento al senador negro.

El martes, Texas y Ohio entregarán juntos 334 delegados (también celebran primarias Vermont y Rhode Island) y, después, sólo quedarán 650 por repartirse. Según las cuentas de varios medios estadounidenses, Obama tiene unos cien delegados de ventaja.

"Texas y Ohio podrían suponer el fin de la carrera presidencial de Clinton, salvo que le vaya bien o consiga un empate. Si fracasa el martes, la senadora debería pensar en una retirada honorable. La táctica de intentar agregar a los delegados de Florida y Michigan podría ser viable, pero fracturaría el partido. De llegar ambos a la Convención de Denver, en agosto, el partido podría instarles a unirse. Esto ya se dio, en el lado republicano, con Ronald Reagan y George Bush padre, quienes compitieron y después se presentaron juntos, y con Johnson y Kennedy en el demócrata. No obstante, no creo que Obama acepte ser vicepresidente de Clinton, aunque posiblemente ella sí lo haga", explica César Martínez. Incluso Bill Clinton ha reconocido que Texas y Ohio determinarán el futuro de la campaña demócrata.

Lo cierto es que, en sus últimas apariciones públicas, las derrotas parecen haber hecho mella en la senadora: su discurso cambia de tono día a día, ya no sonríe como antes, aparenta más cansada y no responde prácticamente a las preguntas de la prensa.

Y ya empezaron a hacerse públicas las voces que piden a Clinton que se retire de la carrera para que la fratricida lucha entre demócratas no acabe beneficiando a los republicanos en noviembre.

Según los analistas, el ataque abierto es una de las pocas opciones que le quedan a la senadora para provocar una catarsis en la carrera y poder remontar su desventaja en el recuento de delegados. Pero la estrategia es más que arriesgada. En su más fuerte ataque en el debate de la semana pasada, cuando acusó a Obama de plagio, salió abucheada por el público tejano. Y los cambios de táctica a mitad de carrera no suelen dar buenos resultados.

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