Sudar la camiseta

  • El calor no amilana al público en la primera jornada 'grande' del Monkey Week, que arroja algunas dudas sobre la viabilidad del actual modelo de sus jornadas profesionales

Aunque ha venido desarrollando diversas actividades desde el pasado lunes 9, la IX edición del Monkey Week, segunda desde su traslado a Sevilla tras abandonar El Puerto de Santa María, la de este jueves quedó como la primera jornada grande del festival, el día en que, por fin, la música tomó la calle y dejó claro al entorno de la Alameda de Hércules que los monetes habían vuelto.

Y eso que el encuentro arrancó, digámoslo así, a medio gas: de cara al público general, sólo funcionaban el singular escenario de la pista de coches de choque, montado por el sello Happy Place y la Sala X. El personal acreditado -profesionales, músicos, prensa…- disfrutó de un par de ellos más en el Espacio Santa Clara, pero no son accesibles para los compradores de abonos o entradas diarias.

Hubo música pues, pero todavía no fue el vendaval de bandas que esperamos para viernes y sábado, con todo el circuito de salas, bares y teatros ya definitivamente activado y con el escenario principal, el Ron Contrabado, de acceso gratuito, convertido en imán para interesados y casuales.

El porqué de este inicio un tanto tibio, sobre todo teniendo en cuenta que la festividad de la jornada habría asegurado una misma nutrida presencia de público con más escenarios en funcionamiento, habrá que buscarlo, quizás, en el empeño puesto por la organización en minimizar ese impacto acústico que el pasado año levantó cierta polémica. Se han restado horas a la programación al aire libre, lo cual no implica que las quejas de los vecinos en una zona siempre saturada vayan a desaparecer. Veremos.

Pero, más allá de la persistencia de algún que otro francotirador del selectivo quejismo crónico, el enemigo del Monkey este jueves fue el calor, ese bochorno impropio de octubre, a todas luces preocupante, que convirtió el escenario de la pista en el horno donde se cocieron algunas de las primeras y sabrosas andanadas.

Eran las cinco en punto de la tarde, que dijo el otro, cuando ya teníamos a los chilenos La Big Rabia, felizmente habituales por estos lares durante los últimos meses, sudando la camiseta en el Happy Place X y contagiando al respetable su extraordinaria pasión por el, si me lo permite, bolero eléctrico. Lo del dúo formado por Iván Molina y Sebastián Orellana es, en efecto, maravilloso, un delicioso y por momentos contunde cruce de blues, rock'n'roll y raíces hispanas que en disco encandila y en directo, sin contemplaciones, incendia. Guitarra, batería, voz y talento. ¿A qué más?

Entre la temperatura ambiente y la climatológica, se impuso para quien firma la petición de asilo a la sombra del claustro del monasterio y el verdor de la Torre de Don Fadrique. A punto para Núria Graham, que volvía a Sevilla tras presentar aquí el pasado año su fabuloso Bird Eyes, un disco de asombrosa madurez para una mujer que apenas sobrepasa la veintena. A la espera de un nuevo álbum, que a buen seguro volverá a sorprendernos, admira su aplomo escénico, su encantadora voz y una banda precisa y en estado de gracia. (Esta noche repite a las 23:15 en Fun Club; no se la pierda si puede.)

Grandes canciones, gran repertorio, tienen también los gaditanos The Magic Mor -eso quedó patente en 2015 con su único álbum hasta la fecha, The Magic Boooooom!!!-, a medio camino siempre entre la neopsicodelia y las canciones ráfaga que aceleran las pulsaciones, pero la lucha contra los elementos -esto es: la sonorización- deslució lo que debería haber sido un paseo triunfal.

De vuelta en el Happy Place X, sin tregua meteorológica, alcanzo a comprobar en sus últimos compases la solvencia de los mallorquines Escorpio, debutantes este mismo año con Renacidos, un disco de querencias ochenteras que ora trae del recuerdo a Décima Víctima ora invoca a El Pecho de Andy.

Lo que sigue se convierte para un servidor en lo mejor de lo visto y oído en esta primera jornada callejera: Vera Fauna. Los sevillanos no sólo juegan casa, lo hacen también con la psicodelia, el tropicalismo y hasta ciertos dejes del pretérito rock andaluz en un tapiz de guitarras cristalinas y quiebros hipnóticos. Apenas cuentan con un epé, Relieve (2017), y lo defienden de manera impecable. Apunte su nombre, si no lo ha hecho ya.

Antes de plegar velas -queda mucha música por delante- se impone un apunte sobre las jornadas profesionales celebradas por la mañana en el Espacio Santa Clara. El Monkey se ha definido desde sus inicios como un híbrido entre festival urbano y feria del sector y ésa es una de sus mayores y mejores particularidades. El número de agentes internacionales crece cada año, más aún desde su traslado a Sevilla, y resulta evidente que hay negocio. Sin embargo, más allá del corro de contactos y simpatías, las conferencias y mesas redondas palidecen: falta público. ¿No cabe repensarlas y, si acaso, levantar el veto y permitir el acceso a los compradores del abono?

Bien es cierto que un imprevisto contribuyó al desconcierto -la delegación colombiana quedó varada en el Aeropuerto de Barajas y eso alteró la celebración de dos de las mesas con mayor interés-, pero ni su presencia a tiempo, me temo, hubiera solucionado la escasez de asistentes.

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