La reina de Instagram

  • Doña Letizia recoge cariño entre la curiosidad de un público joven entregado a su disposición para fotografiarse y saludar

  • Susana Díaz consolida su virreinato

Alberto salía exultante del pabellón Paulo Freire con el teléfono en la mano. Una foto, la foto, en la pantalla: él mismo, sonriente, posa junto a doña Letizia en el interior del edificio. "Le pregunté si me podía hacer una foto con ella. Me dijo que por supuesto, y se puso a mi lado". Fue éste el trofeo personal de la visita real para este estudiante de doble titulación, Filología Inglesa e Hispánica, que el próximo curso ingresará en el Ejército. "¿Y no se lo has contado?", inquirían sus acompañantes. "No, eso no". "Es que él ha sido siempre muy de la Reina", aclaraba una amiga al lado.

La entonces exclusiva foto de Alberto Rangel, a quien varios alrededor animaban a intentar vender a la prensa, perdió enseguida su protagonismo estelar. Justo el tiempo en que tardó en salir la reina Letizia de ese pabellón para cruzar al otro lado, al parque. Fue un recorrido que le obligó a detenerse, paso a paso, saludando a los estudiantes y atendiendo a las peticiones constantes de selfies, ninguna de ellas rechazada.

La visita tuvo un color blanco inmaculado y cumplió el cometido de baño popular que fue

Cruzó apenas 30 metros en los que la férrea seguridad alrededor parecía aflojar sin hacerlo, realmente, y en los que doña Letizia se mostró más como hija de Ortiz que como esposa de Borbón.

Al final fue la visita esperada y deseada. Sin incidentes ni referencias a sucesos recientes. Si tenía algún propósito balsámico este paso por Huelva, se consiguió sin necesidad de grandes alardes.

Casi no hubo ni espacio ni tiempo para los contratiempos. Sólo hora y media, planificada al minuto, al centímetro, también las concesiones no iniciales, esbozadas para ser en caso de viento a favor.

El anemómetro fue, en este caso, la llegada. Con exquisita puntualidad, a las doce, como había sido anunciada, y después de que el rebaño de la prensa -local, nacional, incluso internacional- fuese recogido hora y media antes en un redil de vallas blancas recién pintadas: más de un periodista se llevó a casa la marca acreditativa de que la Onubense ha preparado la visita real.

Antes, casi a la misma hora que los medios, empezaron también a llegar las autoridades y el público, confundido al principio entre la propia actividad estudiantil. La concurrencia apenas era ajena al campus de El Carmen. Entre estudiantes, personal de administración y servicios, y algunos profesores de ánimo curioso, los menos fueron los visitantes del mundo exterior, de la ciudad, aunque los hubo: amas de casa, jubilados, trabajadores en descanso, trabajadores sin empleo...

"¡Susana! ¡Trabajo! ¡Queremos más trabajo!", gritaba un grupo de amigas mientras la presidenta Díaz se dirigía al interior de la carpa de recepción. "Se ha vuelto y ha venido a hablar con nosotras. Nos dijo que van a salir nuevas plazas públicas y que nos presentemos a las oposiciones. Ha sido muy muy simpática, pero la ministra [de Empleo, Fátima Báñez] nos escuchó y siguió para otro lado", contaban después.

Pepi Lagares, Sara Macías y Rocío González llegaron también al campus universitario con el objetivo de ver a doña Letizia y reprocharle (de forma amable, eso sí) el incidente con la reina emérita. Al llegar Su Alteza Real, durante el saludo a las autoridades, salió entre ellas un "¡viva la Reina Sofía!" que se escuchó de fondo entre los aplausos. "Nos miró y nos saludó".

"Nosotros hemos venido más por curiosidad que por otra cosa", confesaba, cerca, una señora junto a su marido. "Esto nos pilla más lejos porque somos más de los reyes anteriores".

Pero se ve que la Reina, la actual, Ortiz de Borbón, también sabe de desplegar encanto y terminó por llevarse al personal a su terreno, dando antes un paso sobre el ajeno. "¿Para qué la quieres ver otra vez si hace cinco minutos estabas despotricando de ella?", decía un chico arrastrado del brazo por una amiga.

Las tres compañeras de trabajo que integraban en el lugar la única facción sofiísta reconocida acabaron espetándole a doña Letizia repetidos "¡guapa!" mientras le daban la mano. "Ha sido muy cercana, nos ha saludado a todos".

Los selfies tuvieron su momento cumbre en una recta final de casi 150 metros. Fue en la despedida, al salir de (no podía ser otro) el pabellón Príncipe de Asturias, en un largo pasillo abierto en torno a la valla que contenía a la tranquila pero entusiasta masa: decenas de estudiantes y algunos esforzados veteranos incapaces de seguir la vorágine juvenil y la velocidad de las nuevas tecnologías.

Lo de la reina Letizia no fue aquí un ejercicio de campechanía, que para eso hay que sonreír más, dar algunas palmaditas en el brazo y lanzar bromas a unos y otros sin dejar la risa: marca del Borbón emérito. Fueron sonrisas, disposición, paciencia y paciencia. Y tras el temblor monárquico de Palma, tras la recomposición de piezas exhibida a las puertas del hospital de La Moraleja, este último trayecto en Huelva acabó siendo ejemplo de cercanía.

Y hasta una chica de aspiraciones artísticas, Alba Santos, le dejó su ofrecimiento a la Reina para "bailar unas bulerías, o lo que haga falta, cuando quiera". El oportuno papel con el dato de contacto (por si cuela) acabó custodiado por un escolta. Como también Susana Díaz dejó el mismo número a uno de sus asistentes. "Si no me contrata la Reina, que lo haga ella", contaba después de la presidenta. "Ya quiero a las dos de por vida".

Pocas manos tendidas se quedaron huérfanas ayer del apretón real. Como tampoco ninguna solicitud de posado para foto en una de esas concentraciones de móviles que son un colchón popular sobre el que amortiguar cualquier resbalón público pasado.

Y doña Letizia se fue así como llegó: cumpliendo los horarios, interesándose ("de verdad") por la FP y la oferta formativa actual, y regalándose, antes de subir de nuevo al helicóptero en el estadio de atletismo, ese baño purificador entre jóvenes y estudiantes.

Visita de blanco nuclear, limpieza de imagen efectiva, en el bajo perfil que supone una escasa hora y media en un campus universitario de una capital de provincias y para una actividad que no exigió discursos ni intervenciones públicas.

Los nuevos tiempos de la monarquía española son los de la popularidad, ahora recobrada para doña Letizia en este rincón del suroeste a base de fotografías domésticas. Ya se comprueba, también en Huelva, en los actos del Festival de Cine Iberoamericano: un artista es más querido y reconocido por el público según el número de selfies que se deja hacer con quienes sólo les separa una valla amarilla. Y los reyes actuales ya saben que al camino del cariño popular ahora se accede también con paciencia para posar. Sea con la familia política o con la de la calle, que debe ser el pueblo.

Y es ahí donde Susana Díaz ejerce de cabeza del virreinato andalusí, por defensa monárquica y dominio exquisito del encuentro popular. Ayer, en su puesto, en un segundo lugar asumido, protocolario, de escudera real en estas tierras, con discrección y sin discusión, también recogió saludos personales y peticiones de posados por doquier. De los jóvenes, además. Y ella sí enseñó el título de máster en campechanía, de los que valen, en su caso, para tener mucho ganado en unas elecciones a la vuelta de la esquina. A ella fueron también los elogios y las fotos para Instagram. Aunque Reina sólo hubo una.

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