Una poderosa expresión visual

Podríamos dar por buena, muy efectiva, toda la publicidad que ha recibido la película merced a los premios recibidos y, si hay suerte, posibles, por Javier Bardem, si ello ha redundado, como esperamos, en beneficio de la difusión de la película porque ello permitirá conocer una más de las obras valiosas de los hermanos Coen. No haría falta decir, aunque nunca viene mal, que la filmografía de Ethan y Joel Coen, desde Sangre fácil (1984), es todo un cúmulo de una cinematografía sólida, que ha sabido crear en la cosmogonía fílmica un mundo muy personal con un poder visual realmente fascinante y de un talento admirable.

Puede que No es país para viejos no sea la mejor película de los Coen, pero tiene las características de buena parte de la temática de su peculiar cinematografía. No estamos ante la bondad inolvidable de Muerte entre las flores (1990) -para mí la mejor- o El hombre que nunca estuvo allí (2001), por citar una de las más recientes. Mezclando estéticas tan bien definidas como el western o el thriller urbano, combina también los valores que suelen ser constantes vitales y específicas de su valiosa filmografía, en la que palpita vivamente ese reducto expreso de una cultura genuinamente norteamericana.

Concepción nihilista de un relato en el que, a veces fríamente, sus imágenes, intensas y perfectamente expresadas, vibra constantemente la intriga y la violencia, se pone en escena una historia fiel a la novela de Cormac McCarthy, sobre el siniestro y brutal rastro de sangre que deja el botín de dos millones de dólares, robado en una operación de narcotráfico en la desolada y calurosa Tejas, tras una masacre sanguinaria y letal. Todo ello se articula en un minucioso y a veces demasiado prolijo trabajo, donde la expresión visual es más poderosa y definitoria que la propia actitud de los protagonistas e, incluso de sus palabras, siempre mínimas y más bien escasas. Su mundo interior, en un ámbito de un dominante laconismo, resulta más impresionante en esos gestos que muestran atormentados instintos personales.

Insisto en que la dialéctica visual de los Coen, cuya ética es tan proclive a la creación de una atmósfera de incertidumbre y desasosiego, la inclinación a un inexorable fatalismo, se mantienen fieles a la temática que siempre inspiró su brillante obra cinematográfica. Dentro de esa diferencia con sus títulos más destacados, que son mayoría, se advierte una decidida vuelta a su ejecutoria más brillante y acertada. Pero conmueve, como siempre, su compleja profundidad, su madurez en la concepción de las imágenes, que una magistral fotografía y unos oportunos encuadres, realzan y subliman y donde no faltan algunos rasgos humorísticos a modo de guiños malévolos y peculiares del estilo inconfundible de estos hermanos tan identificados en su ejecutoria fílmica.

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