El papa Carles

  • Carles Puigdemont. Deja atrás un reguero de cadáveres políticos, pero su futuro es aún peor: una orden de detención nubla su presunta investidura

Carles Puigdemont (Amer, Gerona, 1962) es uno de los ganadores de la noche. Habrá derrotados inciertos y vencedores coyunturales, pero la contradicción sobre la que el ex presidente de la Generalitat ha construido su vida aún no ha llegado a su final. Huir sale barato, afrontar la responsabilidad de la Justicia y estar encarcelado le ha salido muy caro al líder de ERC, Oriol Junqueras. Hace sólo tres meses, ERC iba por delante en todos los sondeos, el PDeCAT estaba moribundo, pero Puigdemont, una suerte de marciano en el escenario español, gusta a los separatistas catalanes. Con estos datos, Bruselas será otro Palmar de Troya, y Carles, su pontífice, otro pretendiente carlista al trono de la Generalitat. La sorpresa del 21-D ha sido Puchi, más incluso que Arrimadas, ni los periodistas catalanes más avezados son capaces de dar una explicación al premio que sus paisanos le han dado al ex presidente.

Aunque sus pretendidos gestos de resistencia sean ridículos -aún ayer daba una rueda de prensa en Bruselas bajo un cartel de la Generalitat con el título Gobierno legítimo- al público independentista le ha gustado el plante. Esquerra ha roto con él, y la antigua Convergencia, que como PDeCAT aún no se ha estrenado en elección autonómica alguna, se prepara para una refundación. Posiblemente, desaparecerá, los alcaldes de la antigua convergencia ya se están agrupando bajo la marca de Juntos, Juntos por Sabadell, por Gerona… Puigdemont prometió que si los independentistas sacaban mayoría absoluta, él regresaría al Parlament para ser investido presidente. Si ERC acepta, esto puede ocurrir, aún podemos ver el regreso del huido, aunque en el momento de cruzar la frontera, será detenido y puesto a disposición del juez del Supremo, Pablo Llaneras.

Milita en la antigua Covergència, piensa como alguien de ERC y actúa como uno de la CUP

De Puigdemont cuenta que milita en la antigua Convergencia, piensa como alguien de Esquerra y actúa como si fuese de la CUP. Sí, durante su vida ha nadado como pez en una contradicción. Este periodista gerundés, hijo de una familia de pasteleros, ha sido independentista toda su vida, de eso no hay duda, pero ha logrado hacer política dentro de un partido, Convergencia, que no lo ha sido hasta última hora. Mientras el patrón de su partido, Jordi Pujol, gobernaba con los hombres de Estado de Madrid, daba el respaldo al rey Juan Carlos en los momentos más duros y hacía posible el régimen del 78, el joven Carles se permitía ser un independentista convencido. Periodista de El Punt, dio el salto a la plácida vida de empresario de la comunicación sostenido al amparo de las instituciones de la Generalitat hasta que Convergencia le pidió que encabezase la lista municipal de Gerona, ciudad de la que fue alcalde.

Por eso, por su conocida condición de indepe, la CUP forzó su señalamiento el 9 de enero de 2016. Artur Mas, el delfín de los Pujol que debía guardar el puesto a uno de los hijos del patrón, fue vetado por los anticapitalistas, después de que Junts pel Sí no obtuviese la mayoría absoluta en las elecciones de 2015. Así que Puigdemont se hizo con el sillón de la Presidencia de la Generalitat en una posición delicada, entre su partido, bajo la atenta mirada de Mas, y la de ERC. Y la de la CUP. Sus tres almas.

La última semana de septiembre, la triple condición de Puigdemont estuvo a punto de estallarle dentro del cuerpo. El rédito que ganó con el referéndum del 1 de octubre, cuando logró engañar al Gobierno, ya la había perdido: proclamó la república, pero se echó atrás a los 28 segundos. Ya nadie sabía si iba o volvía, y los amigos, hermanos, del PNV le facilitaron el último salvavidas. Si convocaba elecciones autonómicas, podía detener la aprobación del artículo 155 en el Senado. O reconducirlo, habría evitado al menos las detenciones y las fugas. Pero lo temblaron las piernas, una presión demasiado fuerte para este marciano de la política española. Bastó que Rufián le comparase con Judas ("155 monedas de plata") y que unos cientos de estudiantes se concentrase ante el Palau de la Generalitat con una pancarta donde figuraba la palabra traidor, para que el presidente desandase todo lo que había anunciado ese día: ni iría al Senado ni convocaría elecciones. Fue en ese momento cuando los separatistas firmaron la sentencia de muerte del proceso.

Después vino lo que vino, una declaración de independencia que fue como una marcha fúnebre y una bandera española que no se arrió de la sede de la Presidencia catalana. Este fue el verdadero símbolo del fracaso del procés, había sido proclamada la república, pero nadie se atrevió a bajar la bandera de la principal institución del nuevo Estado, aunque sí fue eliminada de otras sedes de menor importancia. Puigdemont se marchó a Perpiñán esa misma noche y a partir de ahí comenzó el paroxismo. Mientras se emitía un mensaje grabado en la TV3, Carles se veía en la tele en un bar de Gerona. El lunes lo esperaban en la sede del PDeCAT, al presidente de la nueva república, pero el tipo se largó a Bruselas, al amparo legal de un país dividido entre dos comunidades.

Puigdemont seguirá haciendo política desde un país extranjero, pero pronto habrá otro líder en la Generalitat. Los independentistas no controlarán la Mesa del Parlamento, para que esto fuese así, los cinco huidos de Bruselas o, al menos, cuatro de ellos deberían dar paso a otros. Si Puigdemont quiere conseguir el acta de diputado, tendrá recursos legales para hacerlo, no se lo puede impedir nadie, pero en el momento que acuda a votar, será detenido.

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