Las mejores (y II)

Decíamos ayer -y no trato de emular a mi paisano Fray Luis de León- que las listas, pocas listas que a lo largo de la historia del cine se han realizado, siempre según la opinión de directores, críticos y analistas de la cinematografía, han dado coincidentemente como las mejores películas, tres títulos: El nacimiento de una nación, El acorazado Potemkin y Ciudadano Kane. Poco importa el orden, que yo me permito citar por antigüedad. Hoy nos ocuparemos de los méritos que las han hecho acreedoras a esa distinción, entre los que coincide su poder innovador en el cine y particularmente en su expresión fílmica. Brevemente aunque debiera ser más extenso. El nacimiento de una nación, realizada por David W. Griffith (1875-1948), en 1914, en los albores del cine, narra fundamentalmente la relación amorosa entre los hijos de dos familias enfrentadas por la Guerra Civil norteamericana. Este sencillo aunque dramático argumento sirve a Griffith para fundir lo individual y lo colectivo en un magnífico fresco mural sobre la historia de los Estados Unidos de América. Sería una espléndida iniciativa que convertiría el cine en espectáculo - toda una brillante premonición para la cinematografía de un país que cultivaría la fórmula con notable éxito - y lo utilizaría como medio de acción social. Después haría Intolerancia, que a mí me gusta más, pero entiendo que El nacimiento de una nación ya había abierto las puertas de una nueva concepción del cine. El acorazado Potemkin, dirigida por el realizador ruso Serguéi Mijáilovich Eisenstein, que en 1958 la crítica internacional calificó como la mejor película de la historia del cine, nos brinda imágenes de una enorme fuerza expresiva y una utilización magistral de los primeros planos que en su montaje todavía entusiasman y maravillan a los más exigentes espectadores de nuestro tiempo. Basada en la sublevación de la tripulación del acorazado Potemkin el 14 de junio de 1905 en el puerto de Odessa, abandonando la base naval ante la pasividad del resto de la flota. La utilización por parte de Eisenstein de estudios y espacios naturales, actores profesionales y gente de la calle, aportando un aire documental, lo estiman como un adelantado de lo que después haría el neorrealismo italiano. Contiene, entre otras, una de las secuencias estelares de la historia del cine: la de las escaleras de Odessa, que se venera como uno de esos momentos de mayor grandiosidad del arte cinematográfico. Ciudadano Kane, que, como recordaba ayer fue elegida en 2002, en uno de los últimos "rankings", realizado por directores y críticos, la mejor película de todos los tiempos, fue dirigida por Orson Welles en 1941. Aunque no había realizado antes ninguna película, Welles ya era famoso a los 25 años por sus obras de teatro y su adaptación radiofónica de La guerra de los mundos, de H. G. Welles, lo que le permitió dirigir con grandes medios de producción y total libertad artística. El film narra la vida de Charles Foster Kane, que emulaba al magnate de la prensa norteamericana William Randolph Hearst, quien trató de sabotear el rodaje de la película. Fracasó en la crítica y en la taquilla. Algún tiempo después se reivindicó la gran revolución que supuso para el cine Ciudadano Kane, por su utilización de grandes angulares, el extraordinario uso de la luz, de los encuadres, de la intención de los planos, del montaje y de los decorados. Toda una valiosa conmoción en la historia del cine que sigue siendo modelo de los más ambiciosos directores.

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