Una dulce Puerta Grande

Rafa Serna y Emilio Silvera disfrutando del clamor popular en la salida a hombros que protagonizaron tras el primer festejo de feria. Rafa Serna y Emilio Silvera disfrutando del clamor popular en la salida a hombros que protagonizaron tras el primer festejo de feria.

Rafa Serna y Emilio Silvera disfrutando del clamor popular en la salida a hombros que protagonizaron tras el primer festejo de feria. / reportaje gráfico: alberto domínguez

Emilio Silvera y Rafael Serna, con ese aliado poderoso que es el tendido cuando se empecina en rescatarle las orejas al palco, son los dos primeros triunfadores de unas Colombinas que ayer arrancaron con esa novillada picada en la que a los novillos de Villamarta les faltó contundencia para dejar lucir a los toreros.

Contundencia para dejar ver en toda su intensidad y aplicación la notable sensación torera que dejó Silvera en su primero cuando le dejó pasar muy cerca de los tobillos la primera arrancada del Villamarta en la muleta. Sin mover una mijita las zapatillas del albero, Silvera le consintió todo a un novillo tan noble como medido de recursos para seguir a pleno ritmo la muleta de un torero que, a pesar de su juventud y de lo poco toreado que está, le echó cabeza y sentido común a una faena que cuando necesitó ir a media altura lo hizo y cuando la ocasión lo propició, dejó enseñar a ese Silvera que emociona cuando le mueve los engaños con la templanza que lo hizo el de Huelva.

El acierto estoqueador de Serna y Silvera les franquea la primera Puerta Grande del abono

Torero en medir la exigencia con los engaños, Silvera ayudó una enormidad al buen novillo de Villamarta. Porque ayuda es no tirar a un novillo que se cae y ayuda es empujarle de verdad con suavidad, como Emilio hizo con la muleta en la diestra dejando llegar hasta el infinito el remate de dos buenos pases de pecho. Afianzado el novillo, el toreo al natural de Emilio , sin llegar al todo, también tuvo ligazón y temperamento para emocionar.

Pronto con lo aceros, esa oreja sonó a cosa justa en una tarde que no terminaba de emplearse a fondo como tampoco lo hacia la novillada.

El intento de Silvera ante el quinto, el más cuajado de la novillada, tuvo la recompensa de una oreja luchada por el tendido, pero en realidad pocas cosas le regaló el novillo para que el torero apuntalara de verdad los oles que el tendido andaba queriendo dejar escapar. Tuvo más verdad que posibilidades el trasteo empecinado de Emilio por redondear triunfo, sin aburrirse en la cara de un novillo demasiado apagado.

EL otro acto importante de este primer festejo lo protagonizó con derechura y buenas formas una actuación contundente de Serna. Cuajado ya casi en matador de toros y que entendió las buenas condiciones del mejor novillo del encierro para expresar ese concepto de dominio y filigrana con el que se maneja en la muleta. Tuvo más profundidad esa labor en base a que ese cuarto, con más cuajo y raza, dejó aflorar la nobleza para que el sevillano le enganchara de verdad cinco o seis muletazos por bajo para hacerse con el tendido. Por bajo y mandando y el novillo respondiendo cuando en esa tercera serie por la derecha, Serna le empujó hasta el final en el viaje.

Torero y templado en esa especie de poncinas con las que remató faena por dentro de las rayas del tercio, Serna se procuró ese doble trofeo cuando agarró la mejor estocada de la tarde.

Frente a su primero, el sevillano tuvo que desistir ante una embestida que nunca dejó traslucir emoción.

Tres y tres. Así fue en presencia la novillada de Federico Molina. Tres, poca cosa y otros tres, con hechuras de novillo con cuajo. De los primeros, la palma se la lleva el que hizo segundo en la tarde, que aun en esa escasez de fuerzas demostró clase en la muleta. El cuarto, el de más argumentos para el torero, se llevó los aplausos del respetable cuando las mulillas se lo llevaron para adentro. Posiblemente no fue la novillada que hubiese deseado el ganadero pero aun sin durar, por momentos le dejaron posibilidades a los toreros. Bien es cierto que en el caballo les trataron con fraternal dulzura los piqueros, a excepción de ese notable puyazo de Juan Antonio Carbonel para atemperar la casta y el genio que puso sobre el albero el que cerró plaza. Bien le vino ese puyazo para que Molina, tercero en discordia en la tarde de ayer, no pasara peor trago que el que pasó quedándose quieto frente a un oponente que poco a poco fue acortando su embestida, pendiente de no malgastar su caudal de fuerzas.

Dicho sea de paso, que Molina gustó a la parroquia choquera por ese notable recibo capotero con el que el debutante enseñó la bonanza que traía en la embestida ese tercero de la tarde. Tanta bonanza como poca fijeza para quedarse en las telas y dejar al torero emocionar con su faena.

Faena sin titubeos, comenzada por naturales más allá de la raya del tercio y que a ratos terminó perdiéndose entre la poca transmisión del novillo y la precipitación por cuajar algo intenso por parte del novillero. Faltó algo de reposo y sobraron esos enganchones por la derecha que nada ayudaron a la faena. La espada no dejó disfrutar a Molina de tocar pelo en ese tercer acto de la tarde.

En resumen, dos novilleros muy por encima de una novillada que no duró lo que debía durar para que los argumentos de arte que se dejaron llegar por parte de los novilleros hubiesen puesto más contundencia en ese triunfo máximo de un torero que el irse a hombros de los capitalistas.

Otro, Molina, con cosas interesantes, un excelente concepto del toreo y necesitado de más recorrido para ganarle la pelea al encastado y bruto novillo que cerró el festejo.

Mas habrá que entender que la exigencia debe llegar para los que vienen con vitola de matador, que no para quienes luchan en esa supervivencia de intentar sacar la cabeza, y que no se la arranquen, caso de los novilleros.

Se dejó seducir el usía por las palmas del tendido y arrió dos pañuelos irremediablemente tenues para descerrojar una Puerta Grande que debe saberles bien a Serna y a Emilio, pero no conformarlos en absoluto. Sobre todo al onubense, en plena lucha por dejar constancia de esa valía torera que posee.

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