Vampirismo y antropofagia

Se confirman, verán ustedes si me siguen, que no faltan películas de terror en la cartelera. Como mínimo hay dos. Actualmente, cuando escribo esta crítica, hay tres, ya que a ésta que hoy nos ocupa hay que añadir 'Monstruoso' y la última de las ocho secuelas de 'Halloween', en este caso su precuela, para que nada falte. Éramos pocos y ahora, además de vampiros, antropófagos, que tampoco es nuevo.

En los últimos tiempos ha abundado pródigamente esa filmografía viscosa y siniestra de los zombis, los chupasangres y otras familias fatídicas y horripilantes, aparte de parientes de más o menos ilustres "psycokillers", con la anuencia de una masa de público que ha hecho de estos productos del terror un género extraordinariamente rentable.

Y en eso estamos porque esta película nos muestra a unos vampiros que se han mantenido resguardados por las tinieblas, apresurándose a esconderse antes de la salida del sol para que sus rayos no los fulminen.

Pero los tiempos lo cambian todo y ahora los vampiros se han convertido en ingenios antropófagos que persiguen a los seres humanos para devorarlos despiadadamente. Sólo el astro rey puede detener sus maléficos propósitos.

Por ello se dirigen a la lejana ciudad de Barrow, en Alaska, una localidad al extremo norte de los Estados Unidos, en la que cada verano reina la más absoluta oscuridad durante treinta días. Los sagaces y perversos vampiros están dispuestos a aprovecharse de esta circunstancia.

Quizás se pueda advertir una cierta diferencia sobre lo habitual en este tipo de películas, aunque resulten inevitables ciertos lugares comunes que el film no elude.

Hay una notable mala intención por parte de los autores, que han adaptado la novela gráfica de Steve Niles y Ben Templesmith, lo cual ya es una buena pauta para el realizador Danny Huston, del que es necesario recordar su 'Hard Candy' (2005).

El resultado es un planteamiento distinto al diseño clásico de aire gótico que siempre ilustró las historias de vampiros, lo que genera una visión más voraz, si me permiten el término, o si lo prefieren más violenta y, por supuesto, más en la línea del estilo "gore" de tonos desalmados.

La sorpresa es la intervención del protagonista Josh Hartnett, un actor que ha adquirido gran prestigio en otros cometidos, bien lejanos de éste, en una interpretación, en principio menos digna de crédito, pero de la que sale airoso, al igual que el director, David Slade, pese a los movimientos compulsivos de la cámara. La afortunada combinación de los distintos aspectos de la historia configura un relato que puede sorprender a muchos de los amantes de este tipo de relatos.

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