tribuna de opinión

Valedores del patrimonio:luces y sombras

Valedores del patrimonio:luces y sombras Valedores del patrimonio:luces y sombras

Valedores del patrimonio:luces y sombras

El patrimonio urbanístico y edificado lo forman bienes universales heredados del pasado que se reconocen por cada sociedad de aquí o allí, de ahora o antes. Su evolución es constante y se enriquece con las perspectivas de cada lugar y época. La evolución del patrimonio nos identificará en la historia como valedores en su continuidad, respeto, concienciación, educación e impulso o, en contra de ello, por nuestra aportación inocua. Se necesitan cuerpos profesionales y políticos que administren realidades de intervención, hipótesis y estrategias, y que arriesguen en busca de beneficios para el interés general en pro de nuestro patrimonio, que será el de nuestros hijos. No debemos permitir usar el patrimonio como arma política arrojadiza, ni frenar iniciativas de rehabilitación de edificios refugiados en un falso purismo a veces contrario a dictámenes técnicos multidisciplinares; dejemos actuar a los profesionales, no a los inexpertos sectorialmente agrupados.

La evidente fragilidad del patrimonio potencia su merma y extinción. Falta de inversión pública, contenido económico inasumible por los desequilibrios lucrativos de las promociones en relación con las que carecen de obligaciones patrimoniales, rigidez normativa en conjuntos históricos para viviendas protegidas, las cuales debemos convertir en habitables en el siglo XXI y a la vez proteger sus valores, puesto que son abandonadas si su funcionalidad queda en entredicho, o malogradas con obras ilegales. Un edificio o barrio catalogado puede estar garantizado por normativa, pero si no se innova sobre él -con nuevas técnicas respetuosas, generación de espacios con instalaciones y confort adecuados para los ciudadanos del hoy-, morirá, porque no tendrá usuarios. Sierra de Huelva con conjuntos arquitectónicos singulares, Barrio Obrero Reina Victoria, otras viviendas sociales de mediados del XX paradigma del Movimiento Moderno, son ejemplos de imperiosa cualificación funcional que impulsar. Equipamientos obsoletos, infraestructuras magníficas esperando nuevo destino.

Hemos de estar alerta y ser capaces de detectar los riesgos, aportar ideas innovadoras, y capturar las oportunidades de inversión. Posicionarnos de una forma consciente y enriquecedora, que evite males mayores. Convertirnos en valedores válidos por y para el patrimonio y adelantarnos a su destrucción. Arriesguemos, confiemos en los arquitectos y equipos, pero nunca dejemos morir al paciente. Relajemos teorías en círculo, avancemos en línea recta y exijamos: legislación con economía suficiente; ayudas a propietarios; inversión mixta público-privada; comisiones paliativas con presupuesto. Evitemos las discusiones y filosofías interpretativas. Nuestro patrimonio muere. En toda la provincia. Edificio de Hacienda, Muelle de Tharsis, antigua cárcel en Huelva.

Como decía nuestro maestro arquitecto Félix Escrig, "lo que se hizo antes es un nivel a batir, y puede demostrar el progreso de una cultura", sociedad que es la nuestra de hoy, que, con grandes esfuerzos ha de asumir pasos en el vacío para no perder su herencia e identidad. Pasos en intervenciones ideadas por arquitectos, que se suman a los anteriores de otras épocas en el mismo edificio. Pasos que otros ya dieron con riesgos, críticas feroces y medios limitados; decisiones que suman y forman parte de la evolutiva complejidad técnica, constructiva, funcional de la arquitectura en cada edificio o conjunto, y que constituyen la denominada arqueología arquitectónica. Los argumentos de autoridad son los que aúnan ciencia y técnica con medios disponibles a cada momento. El hombre justo, el arquitecto justo y sin complejos "se expresa en la escala justa que merece cada reto y en el esfuerzo preciso que garantiza el fin". Vuelvo a parafrasear a Escrig aquí.

Ejemplos de valentía los tenemos: Adriano emperador, con espíritu tenaz y en contra de las teorías de su antecesor Trajano, quiso ser el motor de la máquina del Panteón de Roma, aventura de la técnica del encofrado sin experimentación previa para espacio inscrito en esfera de 43 metris de diámetro, manifestación de capacidad técnica y de voluntad férrea que deja pequeño cuanto antes se había hecho en forma de bóveda, y que nadie más volvería a hacer con estas dimensiones. Nuestro Manuel Pérez González, arquitecto municipal de Huelva, proyectó en 1899 el ambicioso Mercado de Santa Fe, con planta cuadrada y sistema de cerchas en cubierta tipo polonceau, absolutamente innovadores en nuestra región en aquella época. Lo cual le generó no pocos problemas -todos documentados(1)- por su temeridad, con contratista y alcaldía. La culminación de dicha cubierta lo fue sabiamente por Francisco Monís, el cual respetó la tozudez de Pérez González: espacio cuadrado de 43 metros de lado, que iguala las pretensiones espaciales del Panteón de Agripa para una pequeña ciudad provinciana como Huelva, a fines del XIX. De los cobardes nunca se escribe nada, no lo olvidemos. Entonces denostado Pérez González por los sectoriales de su época, su obra hoy es Bien de Interés Cultural con la categoría de monumento.

Las herramientas de catalogación actuales ofrecen un amplio marco de documentación y normativa de protección. La constante actualización de las mismas determina la imprescindible base de datos y determinación de valores principales de los conjuntos e inmuebles. Los arquitectos y los equipos con los que trabajamos necesitamos medios para esta constante revisión de prioridades en función de los avances en los deterioros, incluso ruinas declaradas, que alteran las circunstancias de partida. La flexibilidad normativa es importante; la humildad también. La norma en el papel todo lo aguanta, no el construir ni crear. No somos más que una pequeña aportación en la amplia historia de cada ser o conjunto arquitectónico, que se constituye como la suma de todas las aportaciones precedentes. La Mezquita de Córdoba en sus intervenciones de distintas culturas y religiones, las catedrales universales…, todos tardaron siglos en construirse definitivamente; con aportaciones distintas, e incluso contradictorias entre sí, que hoy se asumen con normalidad. Son los grandes edificios de nuestras civilizaciones adheridas. La evolución cambiante y necesaria.

El hombre construye por fragmentación, por piezas y sistemas constructivos, por momentos históricos; la naturaleza lo hace en su continuidad suprema: espacios litorales, cordilleras y valles, marismas inigualables, laderas y cabezos, cotos. En correspondencia, cada nuevo avance o fragmento humano habrá servido para mejorar el nivel de vida de nuestros edificios, ciudades, espacios, territorio. Con la finalidad clara de volverlos a usar, de que estén siempre habitados.

Hemos de contribuir con cada nuevo impulso regenerativo del patrimonio a la economía y al turismo, sin los cuales nada es posible, porque permiten dar un pequeño paso y evitar grandes pérdidas. Si no, teorizaremos y teorizaremos, como diminutos valedores del patrimonio inocuos e improductivos, dejando pasar oportunidades y trenes de los que arrepentirnos. No nos convirtamos en obsesión interpretativa y reguladora, ni impidamos por rigidez o política inversiones posibles, mejoras palpables, cuidados paliativos, transformaciones del hoy para que exista un mañana. Un edificio sin espacios vivos para que personas habiten en él se transforma en ente arqueológico. Seamos conscientes de la diferencia. Estar vivos o estar muertos: habitar o contemplar el pasado.

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