Rafael Oliva muestra la fuerza de la mirada en 'Carretera y manta'

  • La obra pictórica se podrá ver hasta el 31 de agosto en la ermita de San Sebastián del Barrio de la Villa · Los lienzos se encuadran dentro del entorno rural de la localidad

El pintor Rafael Oliva expone su colección de cuadros, 'Carretera y manta', que versa sobre escenas cotidianas, acontecidas en el entorno del Barrio de la Villa de Ayamonte. Este enclave histórico fue elegido también para albergar la obra pictórica, situándose concretamente en la ermita de San Sebastián.

Con esta colección, el autor escapa de la crueldad de la naturaleza muerta, tan en boga entre los diferentes núcleos estéticos y se queda en lo que más le ha interesado siempre, tanto como método de estudio, como en su vida diaria: el poder de lo humano. Así, se empapa de la vida del hombre dentro de un respeto y una armonía con la tierra que le ha visto nacer, crecer y que lo sustenta. Esas personas se asientan en un entorno, desde luego, el magnífico paisaje de la villa ayamontina. Con el movimiento de la gente. La agitación del sol y el cantar agitado de los pájaros, la naturaleza se hace viva y placentera.

Oliva pretende, además, condensar sus vivencias e instantes puntuales, que con una mira casi fotográfica, se han ido quedando en su retina, hasta estallar y desplegarse en forma de lienzo.

El artista recuerda su infancia en el entorno rural y natural de Ayamonte y le hace un homenaje a la iglesia de San Salvador, cuya torre, majestuosa, se ensalza, siendo la sede religiosa de una estampa rural y pobre de principios de siglo. Hileras de casas blancas se contraponen con unas calles llenas de arena fina. Se ha dibujado a la perfección la silueta melancólica de un pueblo, que el pintor ve cada vez más urbanizado y menos respetuoso con la naturaleza.

Sin embargo, esta estampa se queda en un simple decorado, que deja paso a unos primeros planos dedicados al hombre, a su esencia viva, buscándose el alma de cada ser.

El pintor siente una especial admiración por las tradiciones y la forma de vivir de las personas de etnia gitana y además, se desvive por el mundo onírico de los niños, ya que estos ven las cosas con una mirada limpia. El autor pretende aunar ambas realidades en unos cuadros que intensifican la verdad de lo humano y la subrayan.

Así, se suceden las imágenes de familias o clanes, que simulan una gran feria de ganado, feria, que hace siglos estaba vigente en la localidad costera y que el autor imagina aún viva, embelleciendo y haciéndola más rica, mística y atractiva.

Muchos son los niños, que impregnados por una especie de melancolía, miran al espectador, arrancándole el alma, o quizás agachan su vista, creídos de algún peligro que no puede verse, a lo mejor una especie de incertidumbre ante la falta de metas.

El artista busca la verdad en los ojos , que acechan pero sin ánimo de intimar a nadie, sólo paseantes ante el iris de otros, clavados en la esencia de cada ser. Y es que es precisamente el alma de las personas, lo que Rafael Oliva busca trasmitir.

Los lienzos, a pesar de ser una imagen fiel de la realidad, conservan una especie de vanguardismo, en cuanto que, por ejemplo, juegan con la variedad cromática haciéndose menos real, creando zonas muy oscuras y otras muy claras con tonalidades, a veces, difíciles de imaginar. Además, el dibujo se difumina, queriéndose convertir en fugaz e imperfecto

Para el autor, que sabe moverse ágilmente por todas las manifestaciones artísticas, el pintor no puede dedicarse a plasmar la verdad tal y como es, porque así, sólo identifica una imagen exacta, sin aportarle nada nuevo de sí.

La colección se podrá visitar hasta el 31 de agosto.

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