Literatura y cine

Muchas veces hemos escrito aquí sobre el cine y la literatura, pero siempre es oportuno volver sobre ello. Cuando las estadísticas nos dicen que aquí se lee cada día menos, puede parecer para muchos extemporáneo o pretencioso. Y sin embargo el cine y la literatura siempre han mantenido una dicotomía muy recurrente. Decía Federico Fellini, que el cine español tiene grandes posibilidades cinematográficas porque nuestra literatura le brinda temas apasionantes para adaptarlos a la pantalla. No siempre fue así y en muchas ocasiones grandes obras literarias del rico acervo español se vieron ignoradas, malogradas o fallidas en su trasunto cinematográfico. Bien es verdad que muchas veces, cuando hemos visto una película basada en una novela, pensamos que ésta nos gustó bastante más. Es una pregunta que se han hecho muchos en infinidad de ocasiones: "¿Es mejor el libro o la novela?".

Habría que tener en cuenta que al cine y a la literatura les separan muchas cosas. Una novela sugiere al lector lo que éste recrea en su mente de una manera muy personal. El cine impone una imagen que no siempre coincide con lo imaginado por quien ha leído el libro. Es el motivo por lo que muchos se sienten decepcionados. Puede haber otras razones porque no siempre el realizador acierta a expresar lo que la obra original le cuenta. Por otra parte puede haber lectores a los que les acomode bien lo que un día leyeron, porque no han llegado más lejos en su imaginación y se sienten conformes con lo que les presentan las imágenes.

Sin embargo es evidente que grandes obras literarias han fracasado ruidosamente en su adaptación al cine, porque resulta difícil o complicado lograr la plenitud estética y la excelencia artística que la literatura enriquece con sus descripciones o sus sentimientos bien definidos en el texto. En cambio ha ocurrido que novelas mediocres, pertenecientes a una literatura de medio pelo, se han convertido en obras maestras del cine. Así ha pasado, por citar algún ejemplo, Sed de mal (1958), de Orson Welles. Incluso novelas de cierto prestigio como Belle de jour, de Joseph Kessel, se vió mejorada en la pantalla con la película que hizo en 1966 Luis Buñuel con un magnífico guión de Jean-Claude Carrière o Verano del 42 (1971), de Robert Mulligan, que logró mejorar la novela de Herman Raucher, el propio guionista del film.

Pero todo esto nos lleva a pensar que, ante el sensible descenso de lectores de libros, especialmente en Andalucía, cada día tienen mayor importancia las imágenes que las letras, aunque sean esencialmente complementarias. A veces puede ser difícil definir literalmente un plano de Brad Pitt en Babel (2006), de Alejandro González Iñárritu, pongo por ejemplo, pero de igual modo resultaría casi imposible explicar en imágenes la crítica de la razón pura de Kant. Creo que cada concepto expresivo tiene su propia identidad comunicativa. Pero en todo caso ni una ni otra deben faltar en el ciudadano sensible, consciente y exigente con su propia formación. Es cierto que el mundo de la imagen hoy tiene una preferencia, a veces excesiva, sobre todo en el ámbito del entretenimiento, pero cuando uno quiere enterarse o profundizar en el conocimiento ha de leer el periódico o consultar un libro.

La propia película ha de salir de un guión y éste muchas veces de una novela. Renunciar a ello es desprenderse de todo un acervo literario que ha suscitado una inmensidad de ideas y de imágenes.

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