Intriga que algo queda

Aparte del éxito taquillero de Los crímenes de Oxford, comercialidad que se ha vendido, a mi modo de ver, demasiado pronto y que se debe sobre todo a su muy acertada y abundante publicidad, que, como ya escribí en mi crítica de la película, publicada aquí el pasado 26 de enero, es un buen ejemplo que debieran seguir muchas otras producciones españolas, lo que parece garantizar su apoyo mediático, la película, en cierto modo, no ha respondido a sus expectativas. Es cierto que ha llamado la atención esa facilidad que tiene su director para cambiar de género, hasta llegar, como es el caso, al thriller y la intriga, la suficiente porque algo queda.

Bien es verdad que estamos ante un thriller muy peculiar, un tanto metafísico y bastante complejo con elucubraciones matemáticas que acaban por ofuscar al espectador y en muchos pasajes de la película ponerlos al borde del amago soporífero. Si nos atenemos a los éxitos que han prestigiado el nombre de Álex de la Iglesia, su director, que se remontan al sorprendente El día de la bestia (1995) y siguieron, por citar las más notables, con su primera incursión internacional Perdita Durango (1997), La Comunidad (2000) -para mí la mejor-, 800 balas (2002) -bastante fallida- y Crimen ferpecto (2004), este imprevisible golpe de timón en su trayectoria cinematográfica prometía, y de hecho promete en los primeros momentos de su película, mucho más.

Resulta así correcto y hasta brillante en ocasiones tanto el arranque de la película como la ocurrente presentación de los personajes. Es más: su factura de producción no puede ser más aparente y la forma de acometer los primeros pasos de la trama despiertan el interés de los espectadores. Pero el relato, a medida que avanza su desarrollo, empieza a recargar la densidad de asuntos y cuestiones que resultan a veces ajenos al verdadero interés de la historia y a lo que se nos está contando en la pantalla. Entre la excesiva recarga de sofisticados planteamientos, elucubraciones matemáticas y diálogos insulsos, acaba cayendo en lo predecible. Un film que en su conjunto es muy superior a los que sobre el género nos factura a menudo Hollywood, no encuentra sin embargo en los espectadores ese interés o ese impacto que los pueda mantener atentos a la pantalla en todo momento.

Entonces ese ejercicio de buena voluntad de Álex de la Iglesia, por dejar temas tal vez más asequibles para un cierto público más local y que siempre resolvió con soltura, empeñado en proporcionarle a su intriga un estilo más clásico, más propio de la narrativa de intriga a la inglesa, parece aquí como más constreñido y mucho más frío, lo que resta fuerza a una narrativa que debiera ser mucho más ágil. Por otro lado hay una evidente falta de química entre los protagonistas Elijah Wood y Leonor Watling. Lo mejor sin duda es la actuación de ese gran actor que es John Hurt, no sólo por la definición de un personaje difícil y complejo, sino por la forma de expresar la intención del film en un largo plano secuencia y en el que resuelve el desenlace. Es la prueba más palpable de su maestría interpretativa.

Hay en la puesta en escena una muy expresiva ambientación y un acertado uso de interiores y exteriores que realzan la magnífica fotografía de Kiko de la Rica, con encuadres muy significativos, además de una factura fílmica atrayente, que sólo perjudica la falta de acierto a la hora de transmitir al espectador la complejidad excesiva de la trama.

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