Fuegos de artificio

Con el tiempo un género de tantas oportunidades como el thriller, esa denominación generalizada para todo tipo de intrigas, a partir de las cuales el cine norteamericano concretamente, ha sabido articular espléndidas producciones cinematográficas que pueblan la especialidad de notables ejemplos, incluso de vibrantes espectáculos de inteligencia y espectacularidad, se ha rendido casi exclusivamente a esto último, para ofrecernos una especie de fuegos de artificio que se diluyen en el aire sin dejarnos más que el estruendo y el humo de su vaciedad.

Suelen ocurrir estas cosas cuando el conjunto que se nos brinda no funciona adecuadamente, cuando el director no acierta a mover con destreza los hilos de la incertidumbre, cuando el guión en lo que se basa el relato no contiene una trama tensa y vibrante y el resto de los elementos materiales y personales que integran la película no demuestran fuerza y credibilidad en sus diferentes cometidos. Y eso ocurre con una película que a una semana de su estreno se ha encaramado al primer puesto de los títulos más taquilleros en España, después de acreditar su comercialidad batiendo récords de recaudación en Estados Unidos. Estamos hablando de En el punto de mira, el film que nos relata un magnicidio en la Plaza Mayor de Salamanca durante el curso de una cumbre antiterrorista y despliega una singular estructura narrativa respecto a los hechos. Esto no es original. Con diferencias abismales nos recuerda al Rashomon de Kurosawa, como citaba en mi crítica publicada aquí el pasado sábado, pero también la han utilizado otros realizadores. Pete Travis, el director, se sirve de ella para tratar de enganchar al espectador. Tan ambicioso planteamiento y las impactantes escenas iniciales, sobre las que la película insiste varias veces, dándonos diversas versiones de los hechos por los distintos testigos, la habilidad de la realización y el montaje, que se mantienen durante algún tiempo, empiezan a desvanecerse a medida que avanzan los minutos.

Cuando la película sigue reiterando insertos y más insertos del suceso según las distintas perspectivas de los testigos más directos y los responsables del atentado, vamos advirtiendo paulatina e inexorablemente que el guión, aparte de una inanidad evidente, carece de rigor y se permite ciertas concesiones que resquebrajan lo que podría haber sido el engranaje más eficiente de su estructura narrativa. Todo eso contagia inmediatamente toda la acción consiguiente y no sólo eso sino que afecta a los propios actores, que en algunos momentos parecen caricaturas de sus propias posibilidades y capacidades interpretativas, incluso de sus caracterizaciones.

Naturalmente todo esto es una consideración a primera lectura, porque la entidad de la película no creo que merezca un más riguroso análisis que no resistiría ni estoy dispuesto a perder más tiempo en ello. Personalmente estaba especialmente interesado en la película por haberse rodado, sólo una parte mínima, en Salamanca, mi tierra natal. Pero hasta esto resulta decepcionante porque la mayoría de las secuencias se han falseado ya que el film se rodó en México y cuanto ocurre en unos hechos que en su mayoría se desarrollan en un entorno urbano, adolecen descaradamente de ese engaño. Con más habilidad se podrían haber disimulado adecuadamente, pero también ahí el fallo de la realización es escandaloso. Total: una absoluta decepción.

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