Atestado 2822: nueve años sin Abraham

  • El 20 de febrero de 2009 el joven que tenía 23 años salió de su casa en Huelva sin dinero y con un móvil que permanece desactivado; nadie vio nada

El 20 de febrero de 2009 Abraham se marchó del domicilio en la calle José Valdivieso de Huelva. Eran poco más de las 14:30 horas y dijo a su novia que vivía con él, que regresaría para comer poco después. Se llevó el teléfono móvil -que desde entonces está desactivado- y la ropa que llevaba puesta. Nada ha vuelto a saberse de su paradero. Un día después, su compañera salió de casa y al regresar comprobó que alguien había entrado en la vivienda; la cama tenía la colcha retirada y faltaban 2.000 euros en efectivo y las llaves de dos coches propiedad de Abraham. En la residencia de su madre, Sara, en Aljaraque, nada ha vuelto a ser lo mismo desde entonces. Tanto tiempo después se agita su sueño entre la resignación de que alguien entre por la puerta para confirmarle que han encontrado el cuerpo de su hijo, a la esperanza de que sea éste quien entre en una casa donde todavía hay alguien que le espera.

Sara tiene una cosa en mente; "que quien sepa algo, lo diga; se puede llamar desde una cabina telefónica que no deja rastro alguno, o echar una carta en el buzón de manera anónima". Acudió a un programa de televisión, pero le dijeron que esperara, que había casos nuevos en los que centrarse. Aún así, le facilitaron la impresión de fotografías con la cara de Abraham que colgaron en su página para un mensaje que todavía no llega. No oculta sus encontronazos con la Policía, de alguien que "vivió muy deprisa en la vida y que no tenía miedo a nadie". Le falta tiempo para agradecer a los integrantes del Grupo IV de la Policía Científica llegado desde Madrid y al personal del Juzgado de Instrucción número tres de Huelva que se hizo cargo de un caso que nunca se cerró.

Desde entonces ha escuchado testimonios de quien se dedicaba a resaltar lo malo que su hijo había hecho, a dar ánimos vacíos, condolencias falsas que pretendían destruir sus ganas de encontrarlo. Las mismas que la lanzaron a todos aquellos lugares por donde su hijo transitaba. No entiende cómo a plena luz del día, en una calle transitada, nadie vio nada; tampoco que el teléfono de su hijo no pueda ser localizado, ni que nadie sepa nada de un vehículo plateado que desapareció sin que se conozca su paradero en plena era digital. "Lo dejaron solo", asegura Sara que todavía hoy cree a pies juntillas que se encuentra retenido en contra de su voluntad, por alguien a quien posiblemente su hijo conociera.

Un terrier blanco rompe la tristeza en una casa en la que los marcos recuerdan con imágenes la eterna sonrisa de Abraham. "No tenía vicios, sólo la velocidad de los coches", recuerda Sara quien se ha refugiado en sus nietos como oasis entre tanta pena. "Se me llegó a caer el pelo del sufrimiento, aunque también ha tenido sus cosas buenas, como encontrar el apoyo en la familia; algunos de ellos se han convertido en mi escolta y no me dejan sola".

Todavía escucha el sonido de los coches que vendía Abraham, "de alta gama, que le encantaban y que siempre estaba diciéndome que cambiara el mío", ni de las motos que cambió de sitio. Las palabras se agolpan en su boca; tiene prisa por contar su historia a pesar de que lleva nueve años recordándola cada minuto del día. A sus 56 años, se refugia en el trabajo y en los recuerdos de una "vida que no fue nada fácil para él". Se imagina cómo sería su hijo ahora, "que tendría 32 años de edad" y en sus dos nietos "que cuando desapareció tenían cuatro y dos años", poco tiempo para fraguar el recuerdo de un padre al que seguro han visto más en las fotografías de la casa de su abuela, que en esos recuerdos que a su edad quedan enmudecidos por lo que han vivido sin tenerlo a su lado.

No se resigna, quiere saber algo tan básico como qué pasó con su hijo. No le importa quién, ni cómo se lo diga; lo único que espera es que alguien le ponga en la senda de un encuentro que lleva nueve años esperando. Le han tomado muestras de ADN para cotejarlas con alguien que le ponga en la pista de Abraham; que vuelva a sacar a sus nietos de excursión, "a hacer senderismo, a que monten en bicicleta o a que vayan a ver animales que les encantaban". Desde hace nueve años "me refugio en mi casa, es mi caparazón". Es aquí donde le espera su hijo, congelado en el tiempo, hace nueve años, cuando salió por la puerta de su casa y no volvió jamás. "La Policía sabe que no se ha ido por su propio pie", sentencia.

Tiene sus propios sospechosos, "aquellas personas que saben algo y no lo cuentan; la traición más grande suele venir de las personas más cercanas". Es a ellos a quienes se remite constantemente, a quienes ruega que se hagan cargo de la tragedia en la que vive". La tensión de los primeros días, ha dejado paso al dolor y la incertidumbre. Cuesta pensar cómo se pueden sobrellevar durante tanto tiempo. Sara no quiere llegar a la decena. Ya sufrió bastante y no quiere seguir haciéndolo.

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