Tonya Harding, la malvada de los Juegos Olímpicos

  • El ex marido de la patinadora más odiada instigó para que agredieran a su rival, Nancy Kerrigan, e impedir que compitiera

  • La historia ha pasado al cine

La mezquindad bajo cero. El fango congelado sobre el que deslizaba aquella niña de la brumosa Portland cuya entrenadora animaba para que pudiera escapar del infierno de su casa, de una madre maltratadora. También tuvo que escapar de un ex marido con tintes de sicario. Tonya Harding, con todo su turbio pasado infantil, hija del quinto marido de su madre, Lavona Golden, una castigada chica hecha a sí misma, se convirtió en la persona más odiada de Estados Unidos hace 24 años. No hacía mucho para evitarlo y para colmo, su rival, la princesita Nancy Kerrigan había sufrido un brutal bastonazo en una pierna para evitar que fuera a la competición olímpica.

Detrás de la agresión estaba un tal Jeff Gilloly, el ex de Harding, y su guardaespaldas, Shawn Eck-hardt. Los dos pagaron a un tipo, Shane Stant, para quitar del panorama a Kerrigan y dejar la pista libre olímpica a la patinadora más despeinada que vieron los espectadores, aquella competitiva rival de aspecto cutrón que en casa le cosían unos lamentables modelitos. Harding se clasificó sin estorbos y Kerrigan se recuperó de la lesión y pudo llegar a Lillehammer por una excepcional invitación del comité estadounidense. Ambas patinadoras, Blancanieves y su madrastra, terminaron por verse las caras en un duelo de filigranas que fue un acontecimiento televisivo: casi 50 millones de estadounidenses, habituados más bien al béisbol y al fútbol americano, se pegaron a la pantalla para ver qué pasaba con Tonya y Nancy. La CBS se encontró con el drama de culebrón más imprevisto de toda la historia olímpica, con la deportista más cínica de los Juegos de invierno, que no quería revelar en qué grado instigó a la lesión de su odiada rival. Los nervios terminaron de jugarle una mala pasada a la mala y la confianza nacional insufló un soplo extra a su víctima. En Estados Unidos un ajuste de cuentas se llama "hacerse un Tonya Harding".

Tonya había sufrido una infeliz infancia y el deporte era su salvaciónCasi 50 millones de estadounidenses siguieron por TV el duelo de patinaje

Toda esta historia de sentimientos extremos ha sido llevado al cine y dentro de dos semanas llegará a la cartelera española Yo, Tonya, que viene a relatar cómo se gestó toda esta patética epopeya de los Juegos Olímpicos de invierno. La actriz australiana Margot Robbie (El lobo de Wall Street, Escuadrón suicida) interpreta a Harding, en el fondo una macarra desdichada que nunca halló el respaldo de los patrocinadores para impulsarse en su infinita ambición deportiva. Sólo Kerrigan parecía interponerse en su estrellato en Estados Unidos y su rencor desatado terminó por fulminar su carrera en el patinaje, siendo expulsada de la federación, aunque años después lo intentaría con el boxeo.

Harding fue campeona nacional y cuarto puesto en los Juegos del 92 en la francesa Albertville, mientras su odiada Nancy le arrebataba la medalla de bronce. Eso no iba a volver a ocurrir en otra ocasión, pensarían en su entorno.

Tras tantos años de palizas (literales) y sacrificios, en 1991 Tonya había alcanzado a elevarse con un triple axel, tres giros y medio en el aire, y se convirtió en una de las esperanzas del deporte estadounidense, aunque sería por poco tiempo. Las enfermedades, errores en los entrenamientos y la desconcentración contribuyeron a avivar su complejo de inferioridad.

En Lillehammer llegaron a acreditarse 400 periodistas para seguir las preparaciones de patinaje más fotografiadas de la historia. Un país entero deseaba la gloria para la golpeada.

Pues sí... al final Nancy fue medalla de plata y Tonya logró un octavo puesto que reflejaba su caída hacia el abismo. Un hundimiento deportivo previo a su desprecio social.

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