Por fin ya es viernes

FIN de semana. Y de campaña. Ya hay dos cosas que celebrar. La imaginación, la disposición, las limitaciones y las posibilidades de cada quisque pueden convertir estos tres días en algo felizmente mágico o soezmente rutinario. Menos mal que las inercias van por barrios, porque de seguir la tónica de nuestros políticos estamos perdidos.

La democracia es aún muy jovencita en este país, pero eso no justifica que las campañas electorales tengan cada vez más arrugas y una irreprimible tendencia a la fosilización. Sorprende ver a los colegas que han viajado en las caravanas electorales lamentando su escaso contacto con los candidatos y que sólo los ven en los actos sectoriales y en los mítines. Vaya novedad. Hace cuatro años, los que seguíamos a Zapatero sólo le vimos el pelo en un viaje por carretera a Valladolid. Y nunca se quitó el traje de candidato. Soltó un discurso de media hora en el autobús y dedicó otra tanta a responder a las preguntas de los periodistas mientras uno de sus asesores le aguantaba estoicamente el micrófono. "Vaya brazo que vas a echar", le dijo con deslenguada guasa, como si él fuera manco pensó más de uno. Y esa fue la perla con más carga humanística con la que nos deleitó Zapatero, que pareció igual de lejano junto al conductor del autobús a unos metros que cuando le veíamos mitineando. Y así seguimos. La comunicación fluye cada vez más desbocada (y descocada) por internet pero la del vis a vis está hecho unos zorros.

Lo que importa (en la vida casi tanto como en la política) es la imagen, la fanfarronada taimada, el incienso mediático, amplificar el furor de los fieles... Para eso está concebida la campaña, para que nadie se sienta ajeno a la fiesta de las urnas. Pero este invento tiene que evolucionar.

Esperemos que esta flauta que ha sonado de los debates no se ahogue otros tres lustros. Ya mejorará. Y que la grandilocuencia se rinda ante la conceptualidad. Y que el genio se pliegue ante el ingenio. Y que caigan los vetustos a la par que absurdos diques antisondeos a cinco días de votar. Y que miremos sin complejos ahí fuera, que Obama y Clinton no son tampoco tan maravillosamente espontáneos. Y que celebremos otra vez que por fin ya es viernes y la bestia siguió en su madriguera y tampoco alteró la normalidad democrática.

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