La triste cantinela de Sabin Extxea

  • El PNV suena a melancolía. Cada convocatoria electoral que se sucede suena a tortazo en Sabin Extxea, la sede del partido en Bilbao, donde el líder se consolida como la alegría de la huerta

El PNV suena a melancolía. Cada convocatoria electoral que se sucede suena a tortazo en Sabin Extxea, la sede del partido en Bilbao, donde el líder se consolida como la alegría de la huerta.

Sí, la cosa está cariacontecida de todo punto. Los reflejos de las urnas se están poblando de espaldas, como sucedió en las autonómicas de abril de 2005 (140.000 votos menos que en las de 2001), en las municipales de mayo de 2007 (90.000 papeletas y más de un centenar de concejales se quedaron en el camino) o en las generales del pasado domingo (117.000 apoyos y un diputado menos en Madrid). Y apelar a la influencia de la mano negra de siempre (ETA y el asesinato de un ex concejal socialista el último día de campaña) como ha hecho el PNV estos días suena estrambótico, pues cabe recordar que parte del caladero de votos abertzales estaba el 9-M a su alcance al quedarse fuera de juego ANV o que las autonómicas se plantearon como un plebiscito del plan Ibarretxe y dio lo mismo.

El PNV enarbola ahora la bandera de la humildad con una autocrítica más feroz que feraz que no recuerda ni el más viejo del batzoki y ofrece un "contrato renovado" para superar el "bloqueo". Pero esa mano tendida de cara a la galería de Urkullu tiene truco y nos remite en última instancia, aunque ayer no mencionara a la bicha, a la consulta soberanista ilegal que promete Ibarretxe en siete meses al margen de que ETA siga o no matando, el pecado capital de la propuesta.

El PNV, como buen vasco, es terco y su rumbo no lo altera ni el batacazo del 9-M. Pero cambia. "Antes éramos más líderes, teníamos más labia y éramos más atrevidos". La frase de Arzalluz rezuma descontento con la sobriedad, el laconismo y la ambigüedad de un líder enredado en los laberintos de Sabin Etxea, donde es fácil perderse con tanto pasillo.

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