El síndrome del ex ministro

LA superación del síndrome del ex ministro instalado en la bancada de la oposición requiere un periodo de aclimatación inicial, que empieza por tomar conciencia de que ya nadie le abrirá la puerta del coche. Pasada esta importante prueba, que no suelen superar los que llegaron a creer en algún momento que la deferencia, el chófer y el vehículo de alta gama serían para toda la vida, los afectados deben centrar entonces sus esfuerzos en recuperar el sentido de la realidad, nublado por los cohechos impropios, las moquetas y los restaurantes de 17 tenedores, saboreando el amargo sabor de la soledad en el patio del Congreso. Y, por último, están obligados a aceptar que les puedan tapar la boca en cualquier momento, con una pregunta muy simple: ¿Y usted por qué no lo hizo? Si encajan con deportividad su irrelevancia, lo normal es que terminen sus días contando batallitas, metidos a tertuliano o escribiendo artículos de fondo en revistas muy sesudas de esas que no lee nadie.

En el Grupo Socialista, muchos ex ministros están todavía en esa especie de despresurización política. El ex titular de Fomento José Blanco es un claro exponente de esta fauna y flora. A veces saluda como si fuera un simple diputado de provincias, que es lo que es, pero otras, enfundado -eso sí- en un traje de marca de Zara para no dar el cante, se comporta como si aún fuera el dueño y señor del PSOE, como todo un campeón, pobreciño mío.

Pero el que más está sufriendo esta transición es el propio líder de los socialistas, Alfredo Pérez Rubalcaba. Sin ir más lejos en la sesión de control al Gobierno de ayer en la Cámara Baja, Rajoy le atizó con el retrovisor tras reprocharle el cántabro que no había dialogado la reforma laboral ni un minuto con los sindicatos. Al ex de Interior se le debió olvidar que la reforma laboral de ZP no contó el respaldo de nadie, mereció una huelga general y no creó ni un puesto de trabajo. ¿Lo mejor? De nuevo el tono, tan aseado y tan de buen rollo pese a todo.

Previamente, el presidente del Gobierno despachó a Cayo Lara, de IU-ICV-CHA, y a Rosa Díez, de UPyD, que le preguntaron por la reforma laboral y por la refundación del Estado. El cabeza de cartel se fajó y puso el dedo en la llaga al destacar que hay 60.000 millones de euros de fraude fiscal. La ex líder socialista se situó a la derecha del PP con una petición del recentralización de España que al propio Rajoy le pareció excesiva hasta para él mismo, un reformista dispuesto a serlo durante toda la legislatura. Esta jacobina señora Díaz lo mismo le da con la derecha que con la izquierda y no va mal de cabeza. Todo un auténtico peligro para los dos grandes partidos nacionales.

En el segundo escalón parlamentarios, la vicepresidenta del Gobierno se merendó en esta ocasión a su tocaya socialista, que se comió el reloj en su primera intervención en una pregunta que versaba sobre el miedo, la felicidad y la confianza -vamos, para enviarla a un psicoanalista argentino- y permitió a Sáenz de Santamaría un auténtico paseo militar entre reproches y coscorrones. Entre ellos, uno muy suave -sin entrar de lleno- al Gobierno de José Antonio Griñán por el caso de los ERE.

La pincelada andaluza la dieron una semana más el ministro de Educación, Cultura y Deporte, José Ignacio Wert, y el diputado socialista Manuel Pezzi, que se enfrascaron de nuevo en una disputa que promete. En esta ocasión, el ex consejero de la Junta -no equiparar a ex ministro- le atacó por uno de los titulares que a diario ofrece Wert, uno referido al bajo nivel académico de los niños andaluces, y aprovechó para solicitar un control antidoping de urgencia para este miembro sociológico del Gobierno de Rajoy. El aludido situó la pertinaz insistencia con él de Pezzi en una orden directa de Griñán por el asuntillo ese de las elecciones andaluzas. Una mina, una auténtica mina.

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