Las reflexiones de Pérez Rubalcaba

PÉREZ Rubalcaba se descolgó ayer con una nueva reflexión sobre su futuro político. Dijo que lo único seguro es que estará cuatro años como diputado. Es verdad que está pasando por una delicada situación familiar y que, en los últimos años, ha mantenido un ritmo frenético de trabajo pese a los problemas de salud que arrastra. Ahora que Zapatero parece decidido por conformar un Gobierno de leales, la ausencia de este cántabro genuinamente madrileño, pero afincado electoralmente en Cádiz , sería un agujero de masa gris considerable. Pero su reflexión personal, fruto del cansancio que sin duda acumula, no deja de esconder esa soberbia de quien se sabe imprescindible, de quien se considera mejor que su jefe -y lo es-.

Si quisiera irse, ya se hubiera ido. Así estaría quizás a la altura de su trayectoria del mejor político socialista entre dos generaciones de dirigentes distintos y distantes, excepto cuando suena el cornetín marcial de las citas electorales. O, a lo mejor, si hubiera dicho que no a la propuesta gaditana, que ha resultado ser una tournée gastronómica más que electoral -sólo le salva la victoria sobre Teófila Martínez en la capital-, no estaría tan cascado como para traicionarse a sí mismo con manifestaciones que sólo se hacen en la hora del adiós. Hasta que no se vaya -que no se irá-, no nos enteraremos de si el presidente le culpa o no del desastre electoral de Madrid y del fiasco del proceso de paz -que le culpa- . ¿No será todo para que le den Presidencia y Portavocía?

Sin Pérez Rubalcaba, en cualquier caso, Zapatero tiene un hueco más para satisfacer su afán presidencialista, las reivindicaciones territoriales y la pelusa de sus amigos. Jesús Caldera, por ejemplo, estará en el Gobierno, pese a su enfado por no recibir como recompensa los galones de vicepresidente. Dejar fuera al artífice de la política social en la pasada legislatura, estaría feo. De la misma forma, mantener a Fernández Bermejo en Justicia -ZP le garantizó un quinquenio a ojo de buen cubero- y condenar a Magdalena Álvarez a penar cuatro años con una vulgar acta de diputada, no sentaría nada bien en San Telmo, que debería rescatar a la hija pródiga ahora que el inquilino dio carpetazo a la sucesión.

Y es que la bancada andaluza anda revuelta por el afán acaparador del PSC en la Mesa del Congreso y la dirección del Grupo, así como por sus expectativas ministeriales. Perdido Fomento, sería casus belli que Carme Chacón se sentara en el sillón caliente de la denostada Álvarez a cambio de la cómoda butaca de Industria que ocupó Clos. Menos mal que Zapatero parece que va a apostar por Elena Salgado o quizás por Caldera para quitarle inquina territorial a la obra pública.

Con los vascos, que también estaban alicaídos por el segundo puesto de Jáuregui -un político de primera-, el presidente tendrá que cuadrar el círculo. Quizás Madina sea el conejo elegido.

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