¿Cuánto piensa quedarse su señoría?

RENOVARSE o morir. La fuerza de la juventud. Respirar otros aires. Muchos tópicos en torno a una idea que despierta instintos refractarios entre políticos de todo color y condición. Nadie duda a estas alturas de la erótica que encierra el poder, tan versátil, tan amigo de la fantasía. Aferrarse al cargo, defenderse a coces, silenciar la discordancia, ésas son las reacciones del líder arquetípico cuando se siente cuestionado. No importa de dónde venga la duda: conspiradores, votantes, amigos corruptos desgraciadamente descubiertos. Hay que resistir. No existe la jubilación.

Ejemplos hay varios. Mariano Rajoy y Josep Lluís Carod son los dos más recientes. Al líder del PP no le pesa haber perdido ante el "peor presidente de la historia", según sus propias palabras. Qué más da. Él ha vendido al personal que lo remozará todo, ya saben, capas de pintura, tarima flotante, calefacción centralizada. Se olvida de sí mismo, pero es que en su partido se marchitan sin una mano de hierro que les teledirija. Sería cruel consentir que crezca sin control el síndrome de la orfandad entre personas que saben que pueden conservar a su papá. En el fondo, don Mariano sigue por puro altruismo.

Lo de Carod es más enrevesado. Se pira al 50 por ciento. Partido no, poltrona en la Generalitat sí. Menos da una piedra. Razona el buen hombre que cómo va a hacer las maletas si con él de jefazo ERC ha pasado de las catacumbas al estrellato. Ha aspirado a president tres veces, que también son tres legislaturas y 12 años, y tiene metido en la cabeza presentarse en 2010. Por cierto, su enemigo y compañero Joan Puigcercós se apunta a la misma filosofía. A Fraga, Bono, Pujol, Rodríguez Ibarra y Chaves les salen aprendices en cada esquina.

Entre tanto repetidor se mueve una figura clave cómodamente instalada en el segundo plano, el de los contornos borrosos y el factor sorpresa. De quién podría tratarse sino de Zapatero. Bastante tiene por ahora con prepararse para el temporal de otro mandato con mayoría minoritaria. Algún día, sin embargo, la pregunta se hará persistente. ¿Cuánto piensa quedarse su señoría? Si llegó al Congreso en 1986, nada hacer pensar que tenga prisa. Tampoco le apasionará imitar a Aznar, quien demostró que un megalómano sí es capaz de colgar las botas en virtud de la palabra dada. La referencia óptima para el presidente son los 14 años de Felipe, que pudieron ser 18 (y adivinen cuántos más) si no le sale al paso el PP. Es comprensible. Uno se acostumbra a mandar, se siente ungido, escucha sólo su propia voz y acaba temiendo la vuelta a la realidad. Lo bueno es que algunos carecen de mundos paralelos al político. Es su mejor coartada para eternizarse.

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