Salidas aseadas, adioses caramelizados

VINO para forrarse, según sus propias palabras, y quizás haya tenido suficiente. O no. Su última etapa en el PP ha sido la más ardua, y el cansancio, aunque no pese tanto como el euro, también cuenta. Fue la voz del partido en sus momentos más bajos (Iraq y el 11-M) y logró salir vivo del duelo, que no le enfrentaba sólo al PSOE sino a todo el Congreso. Zaplana hace las maletas para refugiarse en la segunda línea mediática, bastante más cómoda y también menos vistosa para cualquier narcisista.

Los augures esperan que Ángel Acebes complete con su caída la primera parte de la esperada renovación, que paradójicamente se basará en la continuidad del entrenador Rajoy. Acebes ha sido otro fontanero, pero aún no se ha ido, así que hablemos de Zaplana. Amigos y adversarios lo califican como un "político de raza". La raza no es necesariamente algo bueno. Suena más bien visceral, obtuso y recalcitrante.

¿Se salva el murciano de estos adjetivos? Eso lo sabrán sus íntimos. Desde fuera, su figura parpadea como uno de los faros del discurso bronco, que incluye entre sus grandes éxitos incluso teorías conspiratorias convenientemente olvidadas. Zaplana representa un estilo de hacer política que desprestigia el concepto mismo de la profesión (¿podemos al fin llamarla así?). Seguro que a más de uno le parece guasón, dicharachero y hasta simpático, pero éstas no son características obligatorias -quizás ni siquiera aconsejables- para dedicarse a gestionar los asuntos del país.

Explica que se marcha para airear la gran casa popular. Adelantó sus intenciones a Rajoy antes de las elecciones. Ésa es su versión, que posee un importante matiz: se iría sólo si perdían. Es decir, que si ganaban, nada de oxigenar la poltrona sino un buen ministerio. Y está por ver que la decisión haya sido suya. ¿No es Rajoy quien dispone como buen jefe? Podría ser que, por aquello de la salida aseada, nos vendan un adiós caramelizado.

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