Puigdemont se cuela en la Fiesta

  • El desafío independentista marca la tradicional recepción de los Reyes en el Palacio Real

Recepción Real tras el desfile de la Fiesta Nacional Recepción Real tras el desfile de la Fiesta Nacional

Recepción Real tras el desfile de la Fiesta Nacional / EFE

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La Guardia Real, perfectamente alineada y con el máuser al hombro, despidió ayer a los últimos invitados a la recepción que presidieron los Reyes en el Palacio Real, con motivo de la Fiesta Nacional. Josep Borrell captaba la imagen con su móvil acompañado por Cristina Narbona. Ambos sonreían porque pese a presidir ella el PSOE, fue él quien acaparó mayor atención: "Hoy todos querían escucharte a ti, como no aproveches para ligar ahora…", bromeó ella. Muchos lo interpelaban con la mirada, otros de los presentes le preguntaban directamente: "¿Qué va a pasar en Cataluña?". La crisis catalana acaparó toda la atención en la Fiesta Nacional. Los más de 1.500 invitados que acudieron al Comedor de Gala, más que en ninguna otra ocasión que se recuerde, se hacían la misma pregunta. El desafío independentista y Puigdemont se colaron en la fiesta hasta la cocina. Y Borrell no quiso parecer frívolo ni mostrarse optimista ni pesimista: "Yo soy activista", se limitó a comentar, aunque ciertamente no encuentra muchos motivos que inviten al optimismo. A buen seguro que de ello hablaba con la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, con gesto serio, pero cómplice a la vez. Los Reyes saludaron a tantos invitados como les fue posible, tras el besamanos, intercambiando impresiones con empresarios, políticos, periodistas y personajes de la esfera social. Acudió el Gobierno casi en pleno y también las más altas autoridades del Estado, aunque Rajoy se marchó el primero tras conocer la muerte del capitán del Ejército del Aire al estrellarse con su avión cuando volvía de participar en el desfile.

El sentir de don Felipe, que recibió muchas felicitaciones por su discurso tras el 1-O -"el único posible", le recalcaban- le permite ser optimista, pero a largo plazo, tal vez porque la reforma de la Constitución sea la mejor solución para el encaje catalán. A corto plazo y a la vista de la velocidad a la que viene el tren independentista, su estado de ánimo le lleva a mostrarse escéptico en público y a mostrar su enorme preocupación por la fractura social catalana, de la que algunas fuerzas políticas tratan de obtener tajada sin importarle las consecuencias. Por descontado, al Gobierno le gustaría que los independentistas renunciaran a la declaración unilateral de independencia la próxima semana, porque eso implicaría la vuelta a la legalidad y bajo esa hipótesis sí sería posible el diálogo. De ello hablaban los ministros en los corrillos, pero no parece sencillo.

Más de 1.500 invitados acudieron al Comedor de Gala, más que en ninguna otra ocasión

La soprano Ainhoa Arteta resumió las sensaciones de muchos de los presentes. Durante la recepción, recibió muchísimas felicitaciones porque, el pasado lunes, con el Teatro de La Zarzuela en pie, aseguró al concluir su interpretación que por encima de todo se siente española, antes de dedicar dos canciones a todos los catalanes que se sienten -"como yo he estado mucho tiempo", dijo- secuestrados ideológicamente. Ayer volvió a insistir en que no entiende cómo se pueden usar las distintas singularidades de nuestro territorio para dividirnos a unos y otros.

El desgarro en Cataluña, como gusta en este país, también llevó a muchos a buscar culpables en palacio: "Hay días que escuchas a nuestros ministros y te dan ganas de declararte independentista", señaló uno de los invitados antes de darle dos palmadas en el hombro al titular de Exteriores, Alfonso Dastis. Para unos tenemos un presidente del Gobierno y unos ministros que no dan la talla, caso de Zoido, por ejemplo. Y para otros es la oposición la que se limita al cálculo populista frotándose las manos. A Pablo Iglesias lo tachan de oportunista, y a Pedro Sánchez le afearon incluso que no llevase corbata, aunque le reconocieron la habilidad al introducir en el debate la reforma de la Constitución. El líder del PSOE está convencido de que Puigdemont se moverá entre el "no" y la "ambigüedad", y en cualquier caso quiso trasladar un mensaje de tranquilidad. Aunque muy pocos se inclinaban ayer a pensar que Puigdemont vaya a frenar en seco tras el requerimiento del Gobierno, lo que llevó a la presidenta del Congreso, Ana Pastor, a anticipar que "vienen días muy críticos". A tenor de que en Cataluña se vende el triple de ansiolíticos desde que se votó en el referéndum ilegal, como recordó uno de los presentes, más vale que se equivoque.

Algunos finos analistas, como Enric Juliana, creen que Puigdemont responderá a Rajoy convocando elecciones, aunque algunos colegas suyos no lo tenían tan claro, puesto que pondría en bandeja la victoria para ERC. Pero de una forma u otra, la mayoría entiende que las convoque él, o las convoque el Gobierno tras activar el artículo 155 de la Constitución, unas elecciones al menos permitirían relajar la tensión, oxigenar el ambiente y repartir cartas de nuevo. En este contexto, la templanza de Rajoy ganó ayer muchos adeptos, tantos como los que le retiran la confianza cada vez que vienen curvas.

Entre dardos envenenados y besos terminó una Fiesta Nacional que exhibió un gran ambiente tanto durante el desfile como en la recepción, recordando al de las mejores ocasiones. Javier Solana apuntó una buena receta para poner fin a la crisis catalana: "Pasión, paciencia, inteligencia y trabajo". "Y sobre todo -concluyó- saber lo que hay que hacer en ese momento".

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