"Es malo envejecer en el oficio. Si vuelvo a rodar, lo haré en internet"

-¿Su adiós al cine es definitivo? ¿Qué le haría plantearse un regreso al plató?

-Me retiré del cine porque las condiciones han cambiado. Los motivos por los que me dediqué a él, tanto por lo que tenía de sentido crítico como de apuesta estética, si no se han esfumado, se han debilitado. El público al que iban dirigidas mis películas también ha cambiado, como es natural y biológico. Así que es muy difícil que esas circunstancias cambien y me plantee la vuelta. Además, es malo envejecer en el oficio. Si algún día volviera a rodar, sería una película pequeña y personal, un poco como una vuelta a los comienzos. Y para ser colgada en internet, la gran pantalla de nuestro tiempo.

-¿Se le ha quedado algún guión en el cajón, algún proyecto que hubiera querido rodar y ya no podrá ser?

-Ningún proyecto se ha quedado en el cajón. Hasta el día de hoy, he sido consciente de mis posibilidades y por lo tanto he ido paso a paso. No me he embarcado en un proyecto hasta tantear sus posibilidades de financiación. En la producción no se sueña, son las películas las que son un sueño.

-¿Cuáles son los males de la industria cinematográfica española hoy?

-¡Uf! Primero tendría usted que decirme cuáles son los males de la sociedad, y entonces le contestaría… Bueno, no hay que ser muy pesimista, siempre habrá cine bueno y malo, como supongo siempre habrá sociedad buena y mala, ¿no?

-No nos sorprende su paso a la literatura, pues usted lleva escribiendo toda la vida. Si no me equivoco, todos sus largometrajes, salvo la adaptación de El Quijote, parten de guiones originales.

-Escribir guiones es un buen adiestramiento, sin duda. Te hace procurar mantener la tensión del lector-espectador. También es una cura de vanidad, porque los guiones con pretensiones literarias no gustan en la industria.

-Lo que sí sorprende es la historia de La vida antes de marzo, muy diferente a las de sus películas. ¿La novela le ha dado más libertad que el guión?

-¡Hombre claro! No tengo que depender de la producción ni nada de eso. Puedo escribir: "Diez mil caballeros aparecen por la línea del horizonte..." y a nadie le parece caro. Hablando en serio, mi novela no es muy diferente a mis películas. El carácter es el estilo.

-La novela se centra en los atentados terroristas del 11-M, veinte años después, ¿nos falta eso, distancia, para valorar debidamente los hechos?

-Bueno, el 11-M sólo está al final de la novela. He dicho muchas veces que La vida antes de marzo habla más bien de la vida, de vacas, amores, morcillas… La brutalidad, el corte homicida, aparece sólo en las últimas páginas. Es la vida "antes de", no la vida "después de". Pero como usted dice, recordada veinte años más tarde.

-¿De qué manera vivió aquel 11 de marzo de 2004?

-Por circunstancias personales, fue un día triste para mi familia. Entonces llegó la tragedia colectiva y todo se mezcla en el recuerdo. Fue un día en el que el drama se hizo doble.

-Iniciar su carrera literaria con el Premio Herralde le habrá ayudado a disipar incertidumbres, ¿no?

-Bueno, en este país no sale el sol sin que haya un premio. Todo esto hay que verlo con distancia y valorarlo en su justiprecio. Aunque tampoco quiero parecer demasiado remilgado.

-Un premio así, ¿no pone el listón muy alto?

-Un premio es sólo un instrumento, no un fin.

-La pregunta es legítima: La vida antes de marzo ¿fue en algún momento una idea para una película?

-Pues no, creo que empecé a tomar notas cuando estaba en el montaje de mi última película, Todos estamos invitados (2007), y siempre fue una idea para una novela. La verdad es que primero elegí el marco del relato: un tren como el AVE, pero desde Bagdad a Lisboa, haciendo un bucle sin paradas. Y luego dos únicos personajes dialogando en uno de los vagones, encerrados en ese veloz armatoste. Dos desconocidos que... Bueno, ya no se puede contar más.

-¿Y se imagina usted esta novela en la gran pantalla?

-No.

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